Y…

  • Ella se encontraba en el interior de la caverna. Estrechos y oscuros túneles labrados en la piedra, apenas dejaban paso a una pequeña y delgada persona  como ella, reptando.

En su tótem estaba grabado su pasado y  era necesario que  encontrará la verdad en ese rito.

Todo estaba dentro de ella, eso al menos le mostraba el brujo curandero de la tribu que la acogió en su regazo cuando la encontraron en aquella estepa.

La observaron durante largo tiempo. Era una salida de caza para aprovisionarse de carne para ese invierno que estaba pronto a llegar. La muchacha estaba recogiendo raíces y hierbas que masticaba proporcionándole agua y un poco de alimento.  Cogía los peces del río con las manos y  con una honda que se había fabricado con  plantas que eran muy resistentes y un trozo de la piel de una serpiente, cazaba todo pequeño animal que sus instintos la mostraban.

El brujo se acercó y se sentó, ella le imitó. Extendió sus manos que ella recogió.

A ella no la gustaba dormir dentro de la cueva,  prefería hacerlo bajo la noche, arropada con una suave piel  de varios conejos cuya carne fue su alimento. Descansaba mejor así, aunque permanecía siempre en estado de alerta, pues eran muchos los peligros que acechaban en las largas noches.

Nadie la había obligado a beber aquella mezcla realizada con plantas cuyo sabor era agridulce y que nada más bajar por  la traquea inducía al espíritu dormido en cada ser a despertar y buscar su tótem, su fuerza, su origen y su destino también.

No todos lo conseguían.

Aquel rito estaba destinado a las personas, normalmente hombres, en cuyas manos dejaba todo su saber.

En aquel laberinto se encontró perdida y aterida no sabía si por el miedo o por el frió que penetraba hasta los huesos.

No podía portar más luz que la suya propia, es la que debía guiarla hacía las entrañas de la caverna donde debía permanecer durante una luna, sin alimento alguno, en la postura en que todos se sentaban a comer, a trabajar, a conversar con sus gestos y miradas, pues eran incapaces de guturar ningún sonido.

Ella podía escuchar los pensamientos ajenos,  su guía espiritual en el más estricto secreto, la enseño a controlarlos, a poder incluso dejar de oírlos, si era su deseo.  Antaño le indicó su protector que todos se comunicaban por la mente, de repente aquella habilidad había desaparecido. Ambos compartían sus conocimientos. Le fueron mostradas muchas propiedades curativas que él desconocía.

No había pensamientos en su mente, reptaba despacio y tomaba las diferentes galerías siguiendo instintos básicos que la acercaban a la gruta que la esperaba.

Palpaba el suelo e incluso olía la tierra o la piedra, la humedad le indicaba que se estaba desviando, no debía llegar a la fuente de la vida que de las profundidades de la caverna brotaba y  se encaminaba a la superficie, donde aquellos hombre, mujeres y niños, podían tomarla.

Se le hizo eterno el reptar, no podía arrodillarse y menos caminar erguida. ¿Como saber cuanto tiempo llevaba allí? Hubo algunos momentos en que sintió que marchaba, su espíritu la abandonaba, pero su fortaleza la guiaba.

Cuando de repente sintió que podía respirar, palpó con cuidado el suelo, busco las rocas a su alrededor y entonces se puso de pie y su respiración se sosegó.

Intento acostumbrar sus ojos a la oscuridad para saber donde estaba la gran piedra ante la que debía sentarse a buscar su tótem.

Era imposible, solo podía ir moviéndose a un lado y a otro con un ligero balanceo y así fue como encontró aquel sagrado lugar.

Retrocedió despacio paso a paso hasta que su espalda sintió la fría roca y entonces se adelantó unos pasos y se sentó.

Ahora solo podía esperar, no sabía cuanto ni a que. No podía dormirse al menos conscientemente.

Ese instinto primitivo, un  espíritu que ya vagaba fuera de su cuerpo.

Y un sopor profundo en el que cayó sin querer resistirse, la llevó …

Era noche profunda, rodaba por un empinado montículo de piedras desiguales cuyas aristas le rasgaban la piel.

Un estrepitoso ruido y una intensa luz que la cegaba,  un dibujo en la piedra frente a la que había estado sentada

Y…

 

Las ramas temblequeaban en la profunda arboleda, como si algo las estuviera hostigando. Se abría paso ….

Se tumbó y escuchó a la tierra y corrió velozmente  hasta conseguir trepar entre las rocas a la única cornisa que en su fugaz mirada encontró.

Y la tierra tembló …

 

Continuará…

 

@Marijose

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