Y de repente tú 3.

Lunes, 16 de julio de 2012.

Tras otra semana sin parar de visitar tiendas de muebles y decoración, por fin hemos encargado todo lo que nos hacía falta y por un módico precio. Incluso nos ha sobrado algo de dinero de lo que teníamos apartado para amueblar el apartamento, dinero que guardaremos para futuras emergencias hasta que encontremos trabajo.

Mi madre y Paola, la madre de Gina, se han empeñado en comprarnos los billetes de avión para ir a Villasol y no pudimos negarnos, así que ahora estamos en el aeropuerto de Villasol, esperando que salgan nuestras maletas para encontrarnos con nuestras familias.

En Villasol siempre hace calor, incluso en el mes de enero la temperatura mínima suele estar entre los diez y quince grados, lo que supone que el mes de julio y agosto sea abrasador pero, aun así, me encanta el clima de nuestra pequeña ciudad. Aquí la gente siempre es amable y sonríe, mientras que en las grandes ciudades la gente camina con prisa y siempre está de mal humor. Esa era la única razón por la que dudé en mudarme a Lagos, pero es la ciudad de las oportunidades para los jóvenes, es la ciudad en la que se puede llegar a ser alguien importante en el sector profesional.

–  Ahí están nuestras maletas. – Me dice Gina dándome un codazo en el brazo y sacándome de mi ensimismamiento. – Despierta, que hay que coger las maletas.

–  Estoy por salir corriendo y subirme al primer avión que vea sin importarme el destino, ¿sabes lo que nos espera aquí? – Le pregunto aterrada por lo que nuestras madres puedan estar organizando.

–  Nos espera lo de todos los veranos. – Me contesta Gina encogiéndose de hombros. – Nuestras enajenadas madres organizarán cualquier tipo de evento y nos obligarán a asistir con el único fin de presentarnos a todos y cada uno de los hombres jóvenes que haya alrededor. Tú solo recuerda que son nuestras madres y, aunque están claramente locas, las queremos.

–  Acaba de hablar la psicóloga. – Me mofo.

Ambas nos echamos a reír mientras sacamos a pulso las maletas de la cinta corredera. Desde niña, cada vez que Gina trataba de analizar moralmente un acto, gesto o palabra, todo el que la conocía bromeaba diciendo que no era Gina la que hablaba, sino la psicóloga que llevaba dentro. Y, mira por dónde, Gina ha acabado siendo psicóloga, pese a estar más loca que una cabra.

Nada más salir de la zona de desembarque, nos encontramos con mi padre y con Enrico, el padre de Gina.

Ambos visten una camisa blanca, unas bermudas de color crema y calzan unas menorquinas, al más puro estilo Villasol. Sus caras se iluminan y en sus labios se dibuja una sonrisa en cuanto nos ven aparecer. Nos reciben con un fuerte y reconfortable abrazo, cogen nuestras maletas y nos guían hasta el coche mientras conversamos desenfadadamente.

–  ¿Cómo va la mudanza? – Pregunta mi padre arrancando el coche. – ¿Habéis encargado todos los muebles ya?

–  Sí, ya lo tenemos todo encargado. – Le respondo orgullosa. – En un par de semanas tendremos el apartamento amueblado y parecerá un verdadero hogar.

–  Si os falta dinero, sólo tenéis que pedírnoslo. – Me recordó mi padre.

–  No nadamos en abundancia, pero vamos bien de dinero, papá. – Insisto por enésima vez. – Con el dinero de la beca nos apañábamos muy bien en Valdemar, así que casi todo lo que hemos ganado trabajando en el supermercado lo ahorramos para destinarlo al alquiler del apartamento en Lagos y los muebles. Tenemos para aguantar hasta enero pero para entonces esperamos haber encontrado trabajo.

–  Francesco, tenemos que reconocer que nuestras niñas han crecido y pueden valerse por ellas mismas, aunque nosotros sigamos viéndolas como a nuestras pequeñas. – Le dice Enrico a mi padre.

–  Nos va muy bien, pero siempre es confortable saber que nuestros padres nos apoyan. – Les dice Gina precavida. – Hablando de progenitores, ¿nuestras adorables madres están planeando algo?

–  Me temo que sí, pero no sé el qué. – Dice Enrico encogiéndose de hombros. – No hemos querido preguntar.

–  Eso, lejos de consolarme, me preocupa más. – Le digo a Enrico.

Veinte minutos más tarde, mi padre aparca en frente de casa. Mis padres viven en una amplia casa apareada con la casa de los Veneti, los padres de Gina, con jardín y piscina compartida. Nuestros padres siempre nos hacían la fiesta de cumpleaños en el jardín trasero, junto a la piscina. El cumpleaños de Gina es en septiembre y el mío en agosto, así que la piscina es el mejor sitio donde celebrar una fiesta. Con los años, dejamos de organizar fiestas de cumpleaños en la piscina de casa, preferíamos celebrar nuestros cumpleaños en discotecas, lejos de nuestros padres.

Nada más bajarnos del coche, Paola y mi madre salen a recibirnos con un fuerte, efusivo y cariñoso abrazo, seguido de un montón de besos como lo harían dos abuelas.

Tras pasar al jardín trasero para sentarnos a la sombra de varios árboles mientras nos tomamos un refresco para paliar el calor, nuestras madres nos someten al tercer grado, empezando, cómo no, por el tema que más les interesa: los chicos.

–  ¿Os habéis echado novio ya? – Nos pregunta Paola.

–  Con lo guapas que estáis, no me puedo creer que no salgáis con ningún chico. – Comenta mi madre.

–  Mamá, no salimos con nadie. – Responde Gina con sequedad. – No sé si lo recordáis, pero hemos estado ocupadas estudiando una carrera, trabajando y haciendo una mudanza.

–  Hija, ¡qué humor! – Protesta Paola.

–  Estamos un poco cansadas por el viaje y, francamente, vuestro interrogatorio no ayuda. – Las reprendo. – Voy a deshacer la maleta y a ponerme un bikini, me muero de calor y quiero darme un chapuzón en la piscina antes de cenar.

–  Te acompaño. – Sentencia Gina levantándose de la tumbona de un salto.

Entramos en casa y Gina sube conmigo a mi habitación, quiere alejarse de nuestras madres para evitar que sigan interrogándola. Hace un par de semanas que Gina empezó a estar de mal humor y desde entonces sigue igual. He intentado hablar con ella pero cada vez que le he preguntado su respuesta ha sido “no me pasa nada”, “ya se me pasará” o “ahora no me apetece hablar”. Pero esta vez no se me escapa. Cierro la puerta de mi habitación para que nadie pueda escucharnos y, tras mirarla fijamente a los ojos, le pregunto:

–  ¿Vas a contarme qué te pasa? Y no me digas que nada porque estoy harta. He tenido paciencia pero ya la has agotado toda, así que desembucha.

–  No sé por dónde empezar. – Empieza a decir Gina. – Supongo que por el principio. – Continúa hablando mientras se deja caer sobre mi cama. – Hace tres semanas me llamó Héctor, le han ofrecido una plaza de director de márquetin en la delegación de Lagos de su empresa, un puesto muy importante, al parecer.

–  Su empresa tiene la sede en Lagos, sería el director de los directores de márquetin de su empresa, un puesto demasiado importante para que un tipo como él lo rechace. – Opino. – ¿Quiere seguir viéndote?

–  Sí. – Contesta Gina con un hilo de voz.

–  Gina, no quiero agobiarte. – Le digo a la defensiva. – Pero sabes qué es lo que tienes que hacer, ¿verdad?

Gina me responde asintiendo con la cabeza, una respuesta que no me termina de convencer. Como le he dicho, no la quiero agobiar, pero tampoco pienso permitir que eche su vida a la basura por un cabrón como Héctor. ¿Cómo puede siquiera pensar en volver a verlo? Buf.

Sigo deshaciendo mi maleta sin decir nada, está vez será Gina quién decida hablar, no voy a insistir. Sé que este tema la supera, ni siquiera parece ella misma, más bien es un fantasma de ella misma.

Gina conoció a Héctor en un local de Valdemar. Una cosa llevó a la otra y, después de pasar la noche hablando y bailando juntos, intercambiaron teléfonos. Héctor tiene treinta y dos años, diez años más que Gina, pero también tenía muchas otras cosas más que Gina. Tres días después de conocerse, Héctor la llamó y quedaron para cenar. Parecía un tipo encantador, guapo, educado, inteligente, trabajador, cariñoso y romántico. Gina estuvo saliendo con él seis meses. Héctor vivía en Masten, una ciudad al noroeste del país, pero solía venir muy a menudo a Valdemar, tan a menudo que su empresa le tenía alquilado un apartamento para que él se pudiera alojar. Así que, cada vez que Héctor venía a Valdemar llamaba a Gina y se veían. Y Gina se enamoró de él. En su defensa diré que cualquier mujer se hubiera podido enamorar del tipo que él fingía ser. Sí, fingía. Una noche Héctor recibió una llamada estando con Gina en su apartamento, tenía que regresar a Masten de inmediato y cuando Gina le preguntó por qué se tenía que marchar, él simplemente respondió que su mujer le acababa de llamar para decirle que habían ingresado en el hospital a su hijo para operarle de urgencia de apendicitis. Héctor lo dijo sin pensar pero al segundo se dio cuenta de lo que había dicho y solo le pidió disculpas a Gina y le dijo que hablarían en otro momento, acto seguido se marchó. Gina se quedó destrozada y no volvió a saber nada de él hasta pasado un mes. Se presentó en la universidad y la invitó a comer. Gina aceptó, pues tenían muchas cosas de las que hablar. En esa comida Gina se enteró que Héctor llevaba cinco años casado con su mujer y tenía un hijo de tres años. Héctor le dijo que la quería, pero que no podía dejar a su familia, al menos no ahora. Gina sabía que nunca dejaría a su mujer, pero también quería creer que con el tiempo la terminaría dejando. Por suerte, Gina abrió los ojos. La empresa de Héctor había organizado una gala benéfica y Héctor había invitado a Gina como su acompañante, pero su mujer se presentó por sorpresa y Gina tuvo que quedarse en casa. Ahí se dio cuenta que ella no podía vivir su vida a escondidas, no estaba dispuesta a ser la otra de aquella situación. Así que Gina se armó de valor y lo dejó.

Han pasado dos meses desde entonces y sé que Gina aún siente algo por él. No creo que vuelva a caer entre sus brazos, pero lo está pasando mal.

–  Se ha mudado a Lagos con su familia, me ha llamado esta mañana y me lo ha dicho. – Me dice Gina de repente. – No quiero verle, Mel. No quiero salir por ahí y encontrármelo paseando con su mujer y su hijo, ¿te imaginas? – Hace una mueca y se levanta para mirar por la ventana. – He desperdiciado demasiado tiempo con él y no pienso dejar que vuelva a suceder. Esta mañana le he dicho que no quería saber nada de él, que estaba feliz sin él y que nunca más quería saber de él. Le he pedido que respete mi decisión como yo he sabido respetar su otra vida y no le ha quedado más remedio que aceptarlo.

– Has hecho bien, Gina. – Le digo orgullosa de ella. La abrazo con fuerza y añado: – Creo que ambas necesitamos una noche de fiesta por Villasol. Podríamos ir a la playa, en verano siempre hay chiringuitos, música y mucho turista guapo y soltero.

Eso basta para que ambas nos echemos a reír como dos adolescentes. Estar en Villasol con Gina es como volver a ser adolescentes, con madres controlando a qué hora llegamos, qué hemos comido y, lo más importante, con quién hemos estado. Pero tiene su encanto volver a ver a viejos amigos y a viejos amigos más especiales, por no hablar de las noches de luna llena en la playa, donde celebramos auténticas fiestas chill-out y todo el mundo baila alrededor de una hoguera. Es como volver a revivir toda mi adolescencia, como si los años no hubieran pasado y todo siguiera igual.

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