Y de repente tú 11.

Viernes, 10 de agosto de 2012.

Abro los ojos de golpe, me siento rara. Miro a mi alrededor y la luz del sol que entra por la ventana me deslumbra, así que vuelvo a cerrar los ojos. ¿Qué hora es? Deslizo mi brazo hasta el filo de la cama intentando encontrar la mesilla de noche contigua, pero allí no hay nada. Vuelvo a abrir los ojos, pero esta vez lo hago lentamente para no deslumbrarme de nuevo. ¿Dónde estoy? Esta no es mi habitación en casa de Giovanni, ni tampoco la de mi nuevo apartamento. Oh, no. ¿Estoy en casa de Lucas?

Como si de un acto reflejo se tratara, mis manos retiran la sábana que cubre mi cuerpo y me tranquilizo al descubrir que no estoy desnuda, llevo puesta una enorme camiseta roja de manga corta y mis braguitas, nada más. Recuerdo haberme manchado mi camiseta de vino y que Lucas me dio esta mientras bromeaba diciendo que si volvía a mancharme no se notaría, pero no recuerdo haberme quitado el short en ningún momento. ¿Qué he hecho? ¿Cómo he llegado aquí sin mi short? ¿Dónde está Lucas?

Cierro los ojos mientras mi mente trata de abrir los cajones de mi memoria, pero están cerrados con llave y no logro recordar nada, al menos nada que no pueda ser producto de mi imaginación. No debí beber tanto.

Analicemos la situación. Estoy medio desnuda en la cama de Lucas. Anoche cenamos y bebimos en su salón, sobre todo bebimos. Estuvimos hablando de nuestra infancia, la suya y la mía. Y eso es todo lo que recuerdo. Y ahora estoy aquí, en su cama.

–  ¿Se ha despertado ya la bella durmiente? – Oigo su voz. ¿Está en mi cabeza o es real?

Abro los ojos poco a poco, adaptándome de nuevo a la luz que hay en la habitación para tratar de localizar el cuerpo de donde sale esa voz, su voz.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto cerrando de nuevo los ojos cuando logro vislumbrarle de pie a los pies de la cama. ¿Cómo es posible que esté tan guapo recién levantado?

–  Estás en mi apartamento, en mi cama, para ser más exactos. – Me dice sonriendo. – Gina te ha traído algo de ropa, puedes ducharte si quieres. Por cierto, Giovanni y Gina han ido a tu apartamento a coger algunas cosas, no regresarán hasta esta noche. Voy a prepararte algo para desayunar, estaré en la cocina.

–  Lucas, espera. – Le digo antes de que se marche de la habitación. – ¿Ha pasado algo…? – No sé cómo continuar y me quedo en silencio.

Lucas me mira y me sonríe maliciosamente. Esa sonrisa puede ser igual de peligrosa que su mirada de Iceman, pero en otro contexto.

–  ¿Qué crees tú que ha pasado? – Me pregunta sin disimular lo evidente que resulta que se está divirtiendo con la situación.

–  Lo único que recuerdo es que cenamos, bebimos, charlamos y seguimos bebiendo. – Le digo encogiéndome de hombros. – Ahora estoy en tu cama y medio desnuda, pero no recuerdo cómo he llegado aquí ni dónde están mis shorts.

–  Anoche bebimos demasiado y te quedaste dormida mientras te contaba mis años en la universidad, así que te llevé a mi cama, que es la única cama que hay en el apartamento, y te dejé dormir.

–  Eso no explica dónde están mis shorts. – Insisto. – Y, si solo hay una cama, ¿dónde has dormido?

–  Los shorts te los quitaste porque te molestaba el botón y decías que esa camiseta era como un camisón de tu abuela que te cubría hasta los pies. – Dice intentando controlar su risa sin éxito. – Y yo he dormido en la cama.

–  ¿Hemos dormido juntos? – Pregunto atónita. ¿Cómo es posible que haya dormido en la misma cama que él y no hayamos…?

–  ¿No pretenderías que durmiese en el sofá? – Se mofa. – Tranquila, esta cama es muy grande y ni siquiera nos hemos rozado mientras dormíamos. Ahora dúchate y vístete que voy a hacer el desayuno, o más bien dicho la comida, que ya es mediodía.

Lucas sale de la habitación y yo decido levantarme y darme una ducha. Cuando salgo del baño, Lucas ha dejado una bolsa con ropa, la ropa que me ha traído Gina. Decido ponerme un vestido ibicenco y las mismas sandalias que llevaba anoche. Al agacharme para calzarme las sandalias me doy cuenta de que mis shorts están sobre una butaca, Lucas ha debido traerlos.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando oigo la voz de una mujer procedente del salón y me quedo detrás de la puerta para escuchar.

–  Había pensado en ir a buscarte para salir a comer, pero llamé a tu oficina y me dijeron que no habías ido a trabajar, así que pensé que estabas enfermo y por eso he venido. – Dice la mujer.

–  Mamá, estoy bien. – Oigo la voz de Lucas. – Además, tengo una invitada y no puedo salir a comer contigo, te llamo mañana y vamos a comer donde tú quieras.

– ¿Una invitada? Tú, que aunque seas mi hijo y te quiera mucho, eres el hombre de hielo, ¿tienes a una invitada? ¿Del sexo femenino? – Pregunta la mujer estupefacta. – Eso es lo más parecido al amor que he visto en ti, ¿quién es la afortunada?

–  Mamá, hoy no. – Sentencia Lucas. – No creo que lo que le apetezca en este momento sea conocer a mi madre.

–  Pregúntaselo a ella, a lo mejor no le parece una idea tan descabellada.

No me lo puedo creer, la madre de Lucas está aquí y quiere conocerme. Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí.

Escucho unos pasos acercarse y disimulo empezando a recoger mi ropa para doblarla y guardarla en la bolsa que me ha traído Gina.

La puerta de la habitación se abre y entra Lucas, cerrando la puerta tras él. Me mira desconcertado y por primera vez noto la duda y la inseguridad en su mirada. ¿Dónde se ha metido Iceman?

–  Mel, mi madre está aquí. – Me dice delatando su nerviosismo al pasarse las manos por la cabeza. – Le he dicho que no estaba solo y se ha empeñado en conocerte, pero no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  No me importa conocerla pero, ¿qué se supone que estoy haciendo aquí? Es una situación un poco incómoda, ¿no crees?

–  No te preocupes por eso. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome hacia a la puerta. Se vuelve hacia a mí y añade antes de abrir la puerta y salir al pasillo que da al salón: – Estás preciosa con ese vestido blanco.

Salimos de la habitación y camino por el pasillo con las piernas temblorosas hasta llegar al salón donde, sentada en un sillón está la madre de Lucas. La mujer parece ser de la edad de mi madre, quizá pocos años mayor. Lleva el pelo de color caoba recogido en un inmaculado moño, dejando al descubierto sus perfectas y dulces facciones y sus ojos del color azul del cielo. Va vestida con un traje de falda y chaqueta de color gris perla y una blusa lisa de color blanco nuclear.

La mujer se levanta en cuanto nos ve aparecer y me sonríe ampliamente con los ojos brillantes por la emoción. Lucas me rodea por la cintura con su brazo, ofreciéndome su apoyo, y le dice a su madre:

–  Mamá, te presento a Mel. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Mel, ella es mi madre.

–  Encantada de conocerla, señora Mancini. – La saludo estrechándole la mano.

–  Lo mismo digo, Mel. – Me dice sin dejar de sonreír. – Cuando Mía me lo contó, no podía creérmelo pero, ahora que te conozco, lo entiendo todo.

¿A qué se refiere? ¿Es un cumplido o una puñalada? Busco la mirada de Lucas intentando obtener una respuesta a todas mis preguntas, pero la madre de Lucas interrumpe mis pensamientos:

–  Llámame Leonor, por favor. – Me dice sonriendo. – Mía me dijo que vendrás con Lucas a la fiesta del final del verano, ¿es así? Mi hijo nunca ha asistido a una de las fiestas que organizo ni a las que nos invitan, es un poco asocial, nada que ver con Mía.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Bromeo.

–  Si queréis, os dejo a solas para que me podáis seguir criticando con más libertad. – Se queja Lucas.

– Oh cariño, nadie en su sano juicio se atrevería a criticarte. – Se mofa Leonor. – ¿Por qué no venís mañana a cenar a casa?

–  Mamá, Mel tiene cosas que hacer y no…

–  Bueno pues si no es mañana, ¿cuándo puedes venir a casa? – Me insiste Leonor ignorando las excusas de su hijo. – Te prometo que te haremos sentir como en tu propia casa. Además, invitaremos también a Giovanni y a tu amiga, así te sentirás aún más cómoda.

–  Lo cierto es que mañana no puedo. – Me excuso. – Pero quizás podamos ir el próximo sábado, ¿tú qué dices, Lucas?

–  Yo no digo nada, que luego siempre termino siendo el culpable de todo. – Me dice levantando las manos en señal de inocencia. – Poneros de acuerdo entre vosotras que hasta ahora se os estaba dando muy bien.

–  Leonor, deja que hablemos con Giovanni y Gina y te diremos algo, ¿de acuerdo? – Le digo sin comprometerme demasiado.

–  El próximo sábado, no lo olvidéis. – Nos dice Leonor levantándose del sillón y añade para despedirse antes de macharse: – Me alegra saber que esta visita ha servido para algo, por fin mi hijo se echa novia.

–  ¡Mamá! – Protesta Lucas.

Rápidamente, Leonor nos da un par de besos en la mejilla y desaparece como si la arrastrase un huracán y la sacara del apartamento. Lo cierto es que a mí también me gustaría salir corriendo y huir, la mirada de Iceman ha vuelto y no augura nada bueno.

–  No le puedes decir a mi madre que vas a ir y después no aparecer. – Me advierte.

–  Mi intención es ir contigo y pasar un buen rato, si estás de acuerdo, claro.

–  ¿De verdad quieres ir? Van a hacerte un montón de preguntas y…

–  No te preocupes. – Le interrumpo. – Estoy acostumbrada a tratar con mi madre y con la madre de Gina, tu madre a su lado es como un corderito al lado de un lobo. Aunque creo que tienes que explicarme por qué tu madre piensa que somos novios.

–  No salgo con chicas, en plan citas y esas cosas. – Empieza a decirme poniéndose serio. – No llevo a chicas a lugares públicos y nunca he traído a casa a una chica, es mi santuario, solo para mí. Mi madre y Mía están obsesionadas en que tengo que encontrar novia y si sumas uno más uno…

–  Te acabo de meter en un buen lío. – Le interrumpo arrepentida. – Lo siento, no sabía qué decirle y me pareció feo rechazar su invitación sin escrúpulos. Puede que no vuelva a verla, pero no quiero que se lleve una mala impresión de mí, y mucho menos cuando yo no soy así.

–  Me encanta que hayas aceptado. – Esta vez es él quien me interrumpe. – Por un momento pensé que ibas a salir corriendo y no volvería a verte y sin embargo aquí estás, en medio de una emboscada.

–  Te va a sonar raro, pero tu madre me recuerda mucho a la mía. – Le digo divertida. – Mi madre se pasa la vida buscando posibles candidatos a príncipe azul mientras yo trato de salir airosa. Giovanni vino un verano a Villasol y se quedó en casa unos días, si no llegamos a frenarla, nos hubiéramos casado ese mismo verano. Gina tiene un término psicológico para eso, pero yo simplemente digo que está loca.

–  Creía que entre tú y Giovanni nunca había habido nada.

–  Y no lo ha habido, por eso te digo que mi madre está loca. – Le contesto sonriendo. – Giovanni y yo hicimos un trato, si a los treinta sigo soltera, me casaré con él para que mi madre deje de darme la lata y las mujeres dejen de pedirle más compromiso a Giovanni. Suena un poco frío, pero si lo meditas tiene su lógica.

–  ¿Por qué lo haces? ¿Por qué quieres ir a cenar con mi familia?

–  Me gusta estar contigo y tengo curiosidad por conocer a tu familia. – Le contesto insegura. – Mía y tu madre me caen bien, si tu hermano y tu padre son la mitad de amables y simpáticos de lo que son ellas, nos llevaremos bien.

Lucas y yo pasamos el resto de la mañana cocinando y parte de la tarde recogiendo la cocina. Mientras tanto, vamos charlando y me sorprendo al comprobar que se me da bastante bien la convivencia con él. Le cuento anécdotas de mi madre y sus intentos de buscarme pretendientes y ambos reímos a carcajadas. Iceman vuelve a desaparecer para dejar paso a un Lucas más relajado y sonriente.

 

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!

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