Y de repente tú 1.

Domingo, 1 de julio de 2012.

No me lo puedo creer, después de cuatro años en la universidad, compartiendo un estudio con mi mejor amiga Gina, por fin nos hemos graduado. Aún no terminábamos de creérnoslo, pero hoy empezaremos a ser conscientes de nuestra nueva vida.

Gina y yo nunca hemos estado separadas, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y siempre hemos estado la una junto a la otra. Supongo que el hecho de que nuestros padres fueran vecinos, amigos y nos matriculasen en el mismo colegio ha tenido mucho que ver.

Cuando acabamos el instituto, ambas buscamos una universidad especializada en las dos carreras que queríamos estudiar, nos negábamos a separarnos. Por suerte, descubrimos la Universidad de Valdemar, una universidad pequeña situada a las afueras de la pintoresca ciudad de Valdemar. Ambas nos matriculamos, Gina en psicología y yo en historia del arte.

Alquilamos un pequeño estudio que pagábamos trabajando a media jornada en el supermercado de Valdemar hasta que, cuatro años más tarde, hemos conseguido graduarnos.

A ambas nos han ofrecido entrevistas para empezar a trabajar, a ella como psicóloga y a mí en varias galerías de arte. Tras estudiar nuestras opciones, decidimos mudarnos a la capital, Lagos.

En Lagos ambas teníamos ofertas de trabajo y si ninguna de esas ofertas salía bien, era una ciudad grande donde poder encontrar trabajo fácilmente.

Con lo poco que hemos ahorrado durante estos años, Gina y yo hemos alquilado un precioso apartamento en el centro de la ciudad. No tiene muchos lujos y apenas está amueblado, pero está totalmente reformado y poco a poco lo iremos amueblando y decorando a nuestro gusto.

El apartamento tiene tres habitaciones y un baño, un salón-comedor y una cocina con barra americana que conecta con el comedor. Todas las paredes están pintadas de blanco, entre la claridad y la falta de muebles, el apartamento es impersonal e insípido, frío. Es como estar en un hospital. Nuestras entrevistas de trabajo no empiezan hasta septiembre, así que tenemos dos meses para decorarlo a nuestro gusto.

En este momento, el salón está invadido por cajas de cartón llenas de libros, ropa, zapatos y demás objetos de uso diario. Las únicas estancias que ahora mismo están habitables son la cocina y el baño, el resto del apartamento está intransitable.

–  Voy a pintar mi habitación de color azul, acabo de decidirlo. – Me dice Gina dejándose caer en el sofá, justo a mi lado. – Estoy agotada y hambrienta, ¿pedimos comida china a domicilio?

–  Sí, yo también estoy hambrienta. – Le respondo mientras estiro el brazo para alcanzar mi teléfono que está en una mesilla. – Abre una botella de vino y sirve dos copas mientras yo llamo para encargar la comida, tenemos que brindar por nuestro nuevo apartamento.

Tras llamar al restaurante chino que hay tres manzanas al norte de nuestro apartamento y pedir lo mismo que pedimos siempre, dos rollitos de primavera, arroz tres delicias, pollo con almendras y ternera con salsa de ostras, Gina y yo nos sentamos en el anticuado y cochambroso sofá para brindar por nuestro nuevo hogar y nuestra nueva ciudad.

–  Me siento como el día en que acabamos el instituto. – Comenta Gina. – Estoy eufórica por emprender una nueva etapa pero también estoy muerta de miedo. Me he pasado los últimos cuatro años estudiando psicología y, ¿si ahora no se me da bien? ¿Qué haré con mi vida? Si después de haber estudiado durante cuatro años una carrera de psicología no encuentro trabajo, ¿de qué viviré?

–  No te pongas dramática, acabamos de graduarnos. – Le digo riendo.

–  No te rías Mel, ¡no tiene gracia! – Me reprocha Gina furiosa. – Toda mi vida he querido ganarme la vida por mis propios medios y méritos, igual que tú. Si no conseguimos mantenernos a nosotras mismas, tendremos que volver a Villasol con nuestros padres, tú tendrás que trabajar con tu padre en su galería y yo tendré que trabajar con el mío en su clínica. – Coge aire para calmarse y continúa: – No quiero tener que regresar a casa de mis padres como una fracasada. Quiero poder montar mi propia clínica, aunque sé que no va a ser fácil ni rápido, quiero poder sentir el orgullo que siente mi padre cuando me explica que él empezó desde abajo y ha conseguido llegar a lo más alto y mantenerse allí.

–  Oh Gina, por favor. – Le ruego. – Mi intención es trabajar para cualquier galería de arte, mientras más grande y reconocida mejor, pero si no lo consigo volveré a casa de mis padres y volveré a intentarlo, una y otra vez y todas las veces que hagan falta. Y ahora, deja de lamentarte por algo que aún no ha sucedido y brinda conmigo por nuestro nuevo apartamento.

–  Por nuestro cochambroso e insípido apartamento, querrás decir.

–  ¡Qué humor! – Protesto indignada. Gina siempre es la positiva de las dos, si ella se hunde, nos hundimos las dos. – ¿Vas a contarme por qué te tiene de ese humor?

–  Hoy no, estoy estropeando la primera noche en nuestro apartamento. – Me dice apesadumbrada. – Es una tontería, ya hablaremos mañana de eso.

–  Cómo quieras, pero anímate un poco. – Llaman al telefonillo de casa y me levanto de un salto. – Voy yo a abrir, hazme hueco en la mesa.

Miro la pantalla del video portero y veo que es un tipo con el uniforme del restaurante chino, pulso el botón de al lado del telefonillo y la puerta del edificio se abre.

Tres minutos después, la puerta del ascensor se abre y sale el mismo tipo, un hombre asiático de unos treinta años, de estatura media, muy delgado y pálido, de aspecto cansado.

–  Buenas noches. – Me saluda con el más típico acento oriental. – Aquí tiene, son diecisiete con noventa.

Le doy un billete de veinte, cojo las bolsas de comida y le digo:

–  Quédese con el cambio. Buenas noches.

Cierro la puerta y me dirijo al salón con las bolsas de comida, que dejo sobre la pequeña mesa auxiliar de madera que hay frente al sofá. Mientras Gina va a la cocina a buscar otra botella de vino y llena nuestras respectivas copas, yo sirvo la comida en los platos.

Una hora más tarde, Gina y yo estamos bastante achispadas y reímos como dos locas.

Recordamos juntas los buenos momentos que hemos pasado y otros no tan buenos. Bromeamos sobre la obsesión de nuestras madres por buscarnos un novio, a su gusto, por supuesto. Cuando nos vamos a dormir sobre los colchones hinchables que tenemos por camas, ya está amaneciendo.

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