VII. LA ROSA DE VENUS

Los días son neutrones de tristeza bailando valses de incertidumbre al compás del Nuevo Orden Mundial. Las tardes no existen para los niños-bicho entre los confinamientos y los toques de queda, mientras los niños-cucaracha terminan otro complejo habitable fuera de CoronaTierra.
Entre las medias verdades de los Belcebúes de turno y las acciones criminales de los psicópatas del chip, las calles estaban atestadas de infantes muertos que manaban sangre en forma de bits.
Esta era la cruenta realidad en el interior del laberinto de la ciudad.
Lejos, muy lejos de las metrópolis, en La Laguna, los niños-pez intercambiaban información de alto secreto sobre los poderosos, al tiempo que niños-anfibios retirados, con tantas prótesis como para construir un ejército de robots domésticos, llenaban el club “La Rosa de Venus”, que iluminaban las niñas-luciérnagas cuando estaban disponibles, encendiendo lascivamente, de color picante, sus traseros al caminar en un movimiento de nalgas divino y deslumbrante.
A mí, hoy, aún me quedaban dos horas de “pescar” información confidencial y hacer amigos peligrosos, antes de gozar en el local de vicio otra noche más.

 

 

Eduardo Ramírez Moyano