RELATOS

VIDEOCÓMIC NINE


Se encontraba sentado, algo despistado, ladeado mientras acariciaba a su mascota, un conejo-zeus blanco de grandes ojos rojos, una de las pocas especies que no había desaparecido en el planeta, y en verdad el número era elevadísimo. Entonces miró hacia la esquina derecha del monitor. Era una señal de aviso. Dejó con cuidado, aunque no sin celeridad, a la mascota en su cesta y fue al baño corriendo.
Luces artificiales llenas de contaminación entraban por la ventana del salón de forma oblicua. Ni un sólo árbol se veía desde la misma. Sólo calles, transportadores de todo tipo y edificios a los cuales no alcanzabas a ver el final, plenos de hologramas y carteles luminiscentes con algunas letras tapadas por nubes de humo que manaban las alcantarillas. Los niveles de radioactividad en el exterior de la casa eran los normales, no obstante.
Terminaba de untarse la pomada especial para Videocomics y a continuación se enfundaba en la doble piel, llena de sensores y cables. No quería entrar tarde… Y además, por alguna razón especial, tenía la intuición de que esta nueva mazmorra, creada esta misma semana, no sería demasiado difícil, desde su punto de vista de amplia experiencia en tantas otras.
Como todos los miércoles a las ocho de la tarde, se tomó la pastilla para el mareo virtual y se colocó las gafas craneales. Cerró el puño izquierdo y gritó su contraseña con tono de guerrero: Axón-346J
– ¡Listo! ¡Ya estoy listo! -agregó al grupo, que todavía esperaba a dos más: un paladín y una druida.
Vicente también era un paladín, pero se necesitaban varios para tirar a un demonio de primera clase, para conseguir llevar a término una mazmorra de clase heroica, y aún así pocas veces se conseguía pues la organización y coordinación debían ser perfectas (y siempre se colaba algún nuevo con energía y esperanzas, pero se necesitaban 15 personas y no siempre estaban disponibles todos los miembros del clan). Además, las instrucciones que circulaban por la red eran a menudo confusas, cuando no contradictorias. Es normal, los pocos que habían conseguido hacer con éxito una mazmorra, mostraban en sus indicaciones más o menos hincapié en lo que ellos creían que había sido más crucial para tirar al Mal.
El cielo era oscuro y anaranjado en el exterior. Y los pequeños puntos no eran estrellas sino aeronaves pululando como polillas hacia las débiles luces del horizonte.




– Tranquilo, Celsius (su alter ego), aún faltan dos por llegar -le dijo el líder al grupo.
– ¿Qué? ¿Son nuevos? -contestó malhumorado.
– Sí -agregó con resignación- un paladín y una druida.
– De paladines vamos sobrados, pero la druida como no tenga mucha experiencia…
– Dice que ya hizo esta mazmorra… El lunes -interpeló.
– Entonces me callo y recemos al dios de la cibernética.
– Y a nuestras propias habilidades… -añadió el cuarto paladín en importancia del grupo.
El cielo del inframundo era más vistoso que el natural. También más imprevisible y atractivo. Por ello tantos se adentraban. La gente necesitaba vivir otro mundo al margen del real y la empresa inframundos-dax ofrecía todo lo imaginable. Es cierto que había otras, realmente había muchas pero ninguna con el éxito de inframundos-dax. Y el Videocómic Neworld Nine era, con mucho, el más famoso y usado en todo el planeta, a pesar de que estuviese al margen de la legalidad. Pero sólo éste lo estaba, el resto de videocomics eran completamente legales, incluso los había, y no pocos, para niños pequeños. Únicamente se trataba del videocómic Nine. La empresa, por su parte, se escudaba en que el videocómic nine no había sido creación de ellos, y en cierta medida tenía razón pues los ejemplares había que comprarlos de manera ilegal cada mes a los piratas del metro.
– Un momento -dijo Celsius. Y se quitó las gafas craneales.
Aprovechó para acariciar a su conejo, mientras pensaba: Los druidas son muy importantes para tirar al Mal. Mientras fruncía el ceño.
Fue y se lavó la cara. A continuación se puso las gafas.
Levantó los brazos y unas alas cristalinas le permitieron alzar el vuelo. Ascendía desde un cementerio donde fantasmagóricas figuras se acercaban. Alcanzó una altura considerable, desde la cual se veía el bosque entero, semiquemado, pleno de blanquecinos troncos que parecían fantasmas y esqueletos de animales muertos. Allí no estaba en peligro, al menos por ahora. Y se dispuso a ordenar su equipo, mientras oteaba a su alrededor. El grupo había quedado en el altiplano de la perla ensangrentada y hacia allí volaba, sintiendo el aire en su cuerpo, la gravedad, los olores. Cruzándose con otros adictos al videocómic…
El ritual de la llave ya se estaba procesando, es decir, estaba el grupo preparado.
Celsius afirmó al tiempo que observaba desde las alturas una lucha entre orcos y elfos en el valle de las lágrimas.
Todos hablaban de la forma de realizar la mazmorra, pero Celsius se fumaba un cigarro mientras flotaba hacia su destino con sensaciones de fluir por su cuerpo sin igual y algo de vértigo. Adoraba esa sensación.
Por fin estaban todos juntos ante el pórtico de la mazmorra. Y, tras los correspondientes saludos y alardes, entraron…
Era un pasillo ancho que se dividía en dos. Antes de pensar en algo, comenzaron a salir arañas gigantescas sin cesar. Apenas les dio tiempo a reaccionar y cada cual hizo lo que pudo: Los paladines atacar, los druidas sanar a los paladines y guerreros…
– ¡Ah! -gritó Vicente. Un rasguño apareció en su brazo, se agachó y una guerrera zombi le golpeó en el estómago con una quijada.
Vicente tenía puesto el nivel de riesgo máximo en el fixi, pero luchaba con todas sus fuerzas como un Atila del siglo XXI, y seguido a ser herido, las sacerdotisas y las druidas le sanaban. Todo iba bien.
Escaleras abajo, habían recorrido las estancias y un tétrico teatro del horror. Algunas magulladuras del brazo izquierdo ya no podían curarse, así como los moratones.
Vicente refelxionó mientras esperaban escondidos el gran final, una especie de sapo gigantesco, lleno de tentáculos y espinas afiladas como sables; el sólo hecho de mirarlo, de verlo ahí quieto, aterraba. Vicente tenía helada la sangre. Era la primera vez que usaba el nivel de riesgo máximo jugando con nuevos. Y tenía miedo de que no tirasen al Mal y el Mal les tirase a ellos.
Por el momento, las indicaciones del líder y las aportaciones de la druida estaban funcionando correctamente.
Volvió a pensar en el instrumento de riesgo, hasta que lo resolvió suponiendo la partida como una más.
A la órden del jefe, entraron todos, en primera línea guerreros y paladines, estratégicamente sacerdotes y druidas… El monstruo había sido atrapado con una red magnética y una serie de hechizos, mientras las espadas, mazas y demás arte de la guerra le despedazaba el vientre. Todos coordinadamente. En perfecta comunión. Hasta que el conejo-zeus dio un salto y se sentó encima del intercomunicador.
– Ahora sale el rey de los Sapos, ¡no lo toquéis… ! Se tiene que quitar la corona -decía el líder.
Recién surgido semejante monstruo, Celsius, es decir, Vicente, comenzó a blandir su espada. Entonces el monstruo comenzó a agrandarse cada vez más hasta tener el tamaño de un edificio y le dio un pisotón.
Una descarga eléctrica provocaba un paro cardíaco en Vicente, que yacía muerto sobre la silla al lado de su conejo blanco, sin haber oído la indicación del líder.

Eduardo Ramírez Moyano

 

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