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VIDAS DE PAPEL

vidas de papel

El viento del atardecer eran chutes de adrenalina atravesándole las sienes. Andaba sin querer ser mirado, como un reptil… Era finales de Marzo, pero para él era comienzo de Abril.
Empezaba a lloviznar y los charcos salpicaban cabreo entre los transeúntes. A decir verdad, había estado lloviendo intermitentemente a lo largo del día y los telediarios también se habían encargado de advertir sobre vientos huracanados procedentes de a quien le importe. Porque a Tomás sólo le importaba ahora Dani.
– Los días nublados me gustan –cavilaba Tomás, mientras conducía hacia el parvulario para recoger a su hijo de la guardería.
– La lluvia me altera algo en la sangre que me vuelve más activo, pero el viento, el viento me mueve hacia mi destino como las velas de un barco pirata en mitad de un temporal oceánico -se decía Tomás volviendo del trabajo.
En ese momento, la radio del coche emitió la canción preferida de su…
– Tengo que llegar a tiempo, ¡maldita sea!, sólo me quedan 2 horas para recoger a Dani y aún tengo que atravesar el dichoso túnel –se decía Tomás enfadado.

Con música clásica para intentar relajarse, salía del túnel en dirección a la guardería. Ahora se encontraba más tranquilo porque sabía que, a pesar del ajetreado día, no iba a llegar tarde para recoger a su hijo Dani.

Eran las 9 menos diez y Tomás, apoyado en su Ford, esperaba deseoso poder abrazar a su hijo. Desde el fallecimiento por cáncer de su madre, Dani era lo único importante que le quedaba en la vida.
– Tengo que enseñarle lo que es la vida… -se decía- Ya había dejado de llover y la noche era preciosa ahora. Dani sonreía mientras se dirigían a la casa de campo.
– Luna redonda, papá -decía el crío señalándola con la mano.
– Sí, redonda y blanca, luna llena…
– Quiero ir árbol bueno, papá –decía Dani en su reducido lenguaje.
– Claro, cariño, ya vamos –Y tranquilizó a Dani dándole besos y haciéndole cosquillas.
Tras aparcar entre los “árboles buenos”, lo bajó del coche y, después de caminar unos 100 metros entre la maleza, lo plantó delante del árbol bueno.
Se encendió un cigarro y contempló disfrutar a Dani jugando con la corteza del árbol, buscando el agujero de las bolitas.
De repente, Tomás se percató de que alguien se acercaba…
-No hay bolitas… -decía Dani- bolitas, bolitas…
– A ver si están aquí, más abajo, ¡sí, aquí hay, Dani!




Y aprovechó para atravesar veloz, pero con cautela, la maleza…
Era un vagabundo sentado. Se acercó despacio desde atrás y, con la maestría de haberlo hecho ya en ocho ocasiones, sacó un enorme machete y degolló sin problemas al anciano.

– ¡Papá, papá! -gritaba Dani, mientras su padre extraía con su experiencia de cirujano los ojos del muerto.
Dani empezó a llorar, pero su padre corrió hasta él, atravesó el follaje y le abrazó:
– He encontrado dos, ¡mira!, toma, este árbol esta malo, ya no da bolitas.
Y, mientras Dani jugueteaba con los ojos del asesinado, Tomás se encargaba de valorar y limpiar toda la escena con una asepsia indescriptible, estudiada durante años, justo los mismos que la madre de Dani, su amada mujer, llevaba enterrada.

Eduardo Ramírez Moyano.

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