Un Viaje Inesperado II

Un Viaje Inesperado II

Recuerdo despertar bajo un manto de estrellas y una luna cálida que resaltaba las sombras de la noche. El aire era denso, se masticaba. Y sabía a hielo.

Me palpé la cabeza con la palma de la mano y noté que tenía un mojón bajo la coronilla despoblada del tamaño de una manzana. Y dolía. Parecía tener pulso propio y retumbaba como una batucada de tambores.

Un vaho totalmente opaco que rezumaba de mis poros me decía que todavía estaba vivo. Aire y frío extremo traía la despejada noche.

¿Qué cojones me ha pasado?

Recordaba estar en el salón del refugio leyendo el libro que había tomado prestado, sí, había leído los primeros siete capítulos donde se narraban las aventuras de unos pequeños habitantes de un país lejano llamado La Comarca, la historia de unos Hobbits, que parten en busca de consejo para escapar de un peligro que asoma al mundo libre, una historia de magos, elfos, jinetes negros con oscuros caballos de ojos de fuego, enanos, orcos, trasgos y un sinfín de criaturas perversas, por lo que iba leyendo, una historia de aventuras al más puro estilo de Guerra y Paz pero con tintes oníricos, con una poderosa atracción a no dejar de leer, a no dejar de imaginar.

Eché una pequeña ojeada alrededor y el paisaje dejaba entrever unas colinas y un pequeño bosque al noroeste, lo que parecía un río que lo cruzaba y unas estribaciones semi-cubiertas de lo que parecía un mar de nubes más oscuras que la noche.

No vi nada extraño en un paisaje que aunque me resultaba familiar, no conseguía ubicarme. Lo que no me cabía duda era que no estaba en la cabaña del refugio invernal.

El libro y la vela, encendida aún, pese a la ventisca, se encontraban a mi derecha, tal cual lo estaban en el salón de la chimenea. Y la mesita de escritorio y la butaca también. Nada quedaba del viejo caserón.

De repente me envolvió un temor como nunca había sentido. No un temor como el que teme a la muerte no, ni como el de perder a un hijo, un terror infinito, un temor silencioso y lúgubre.

Algo me llamó la atención en el libro, una línea se iluminaba en un parpadeo continuo:

¡Despertad ahora, mis felices muchachos! ¡Despertad y oíd mi llamada!

 ¡Que el calor de la vida vuelva a los corazones y a los miembros!

 La puerta oscura no se cierra; la mano muerta se ha quebrado.

 La noche huyó bajo la Noche, ¡y el Portal está abierto! (1)

La bruma comenzaba a inundar las estribaciones montañosas y el bosque se agitaba a la falda de aquella extraña cordillera.

Me sentía como un fantasma, de mis manos parecían nacer halos fluorescentes que iluminaban mis pasos, mis pies…

¡Qué decir! Los tenia, los veía y sentía pero eran independientes del resto de mi cuerpo. Permanecían clavados firmemente al suelo mientras yo intentaba avanzar a través de los riscos buscando refugio al frío.

Los árboles se estremecían, gemían, aparecían nublados, borrosos o empequeñeciéndose en lo que creía ver la creciente niebla que con vida propia los quería engullir.

Oía rumor de voces a lo lejos y sonidos de animales noctámbulos, quejidos sombríos.

Me senté a descansar un rato en una gran piedra extraña, fría como témpanos, situada de pie en la cima de una colina.

Creo que me quedé dormido hasta el amanecer, porque todo desde aquí es confuso. Cuando desperté, la niebla había crecido bajo el naciente sol de la mañana, el cual no se distinguía más que por el alejamiento de las estrellas. Intenté volver al camino y de pronto sentí cómo unas voces me llamaban por mi nombre pidiendo auxilio.

Fui corriendo tropezando con las piedras y raíces en busca de las voces que me llamaban cuando noté de súbito como una especie de garra gigantesca me agarraba y detenía mi paso apretando mi pecho hasta casi dejarme inconsciente.

Cuando la presión de esa misteriosa mano cesó, caí de bruces contra el frío suelo de roca de una caverna y de mi boca brotaron ligeras unas frases que no recordaba haber aprendido, pero resurgían de mi garganta con la fluidez de un manantial bajando por la ladera de la montaña.

¡Oh, Tom Bombadil, Tom Bombadilló!

 Por el agua y el bosque y la colina, las cañas y el sauce,

 Por el fuego y el sol y la luna, ¡escucha ahora y óyenos!

 ¡Ven, Tom Bombadil, pues nuestro apuro está muy cerca! (2)

 

De pronto se hizo el silencio y un estruendo sonido de rocas resbalar colina abajo, un atisbo de luz tapado rápidamente por un hombre más bien bajo de estatura que lleva un abrigo azul, unas grandes botas amarillas y un sombrero adornado con una pluma azul. Su cara rojiza está enmarcada por una larga barba marrón y ojos de color azul brillante. Entró cantando:

¡Fuera, viejo Tumulario! ¡Desaparece a la luz!

 ¡Encógete como la niebla fría, llora como el viento

 En las tierras estériles, más allá de los montes!

 ¡No regreses aquí! ¡Deja vacío el túmulo!

 Perdido y olvidado, más sombrío que la sombra,

 Quédate donde las puertas están cerradas para siempre,

 Hasta los tiempos de un mundo mejor (3)

 

Luego se escuchó un largo chillido y el silencio volvió a la sala.

Pasó delante de mí como si no existiera y se dirigió a un pequeño personaje que había tras de mí, pidiéndole que le ayudara a transportar a otros tres pequeños bultos, que parecía niños al verde del exterior de la cochambrosa cueva.

¡Pero bueno! Exclamé. ¿Alguien me puede decir qué es lo que pasa aquí?

Silencio, me ignoraron.

Salí por la boca del redil y observé cómo mis pies seguían clavados al suelo, como si caminara como los fantasmas de Cuarto Milenio.

Observé al hombre cómo despertaba a los tres jóvenes con otra dulce canción y cómo les explicaba que habían sido presas de un tumulario, que estaban en las Quebradas de los Túmulos y que los advirtió que no se adentraran en las mismas.

Llamando a su viejo poney dejó marchar a los cuatro compañeros hacia Bree.

Esto es una locura me dije. ¡Estoy viviendo en un libro! Como Bastian en la Historia Interminable, donde soy capaz de sentir, ver y oir y donde nadie advierte mi presencia.  Definitivamente, me tuvieron que dar buen golpe, me dije.

Se acababa el día y la noche volvía con su luna plateada  cuando al girarme para recostar un poco mi maltrecho cuerpo en el tronco de un gigantesco pedrusco, un jinete negro montado en un caballo negro de ojos de fuego se detuvo frente a mí.

Su voz se introdujo en mi mente como un puñal hirviendo:

¿Bolsón?.¿ Hacia donde ha ido?. Si en algo estimas tu vida, habla.

Un escalofrío invadió mi cuerpo y de repente la oscuridad…

Continuará…o no.

Notas

1 Estrofa usada para despertar a Merry, Pippin y Sam tras sacarlos del túmulo.

2 Tom enseña a los hobbits qué deben cantar si se encuentran en problemas.

3 Tom canta esta estrofa para ahuyentar al tumulario.

Como autor de estos relatos quiero mostrar mi respeto y admiración a toda la obra de Tolkien .

Para eso sirva este pequeño homenaje en el que intentaré hacerla un poquito mía.

 

About Gustavo Garcia

Si escribo es para apartar de mi la tristeza, La amarga conciencia.Dejo atrás con letras .El olvido de la memoria.En estos poemas cuadriculados.Que no entienden de métrica.Mis silencios engañan a los sentimientos.Quebradizos, adoptados.Y escribo y no hablo Y lloro tinteros Resultado de imagen de tinta y plumaLágrimas de tinta.Resbalando por la pluma.Hacia donde reside el poema. Desde donde nace el poema.

3 comentarios en “Un Viaje Inesperado II

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