RELATOS

Viaje al pasado

VIAJE AL PASADO

Diego salió de la casa con un fuerte portazo a sus espaldas. Apoyada en el dintel de la puerta del salón, Lucía se dejaba resquebrajar por dentro y por fuera después de la entereza que había tratado de demostrar hasta hacía tan solo unos momentos. En sus oídos aún quedaban los ecos de los gritos que habían llenado la vivienda hasta el instante en que Diego se había ido. De pronto, el silencio fue devastador.

Comenzó a temblar como nunca antes había hecho, mientras se desmoronaba sin remedio. No le quedaba otra que afrontar aquellas situaciones, cada vez más frecuentes, con una aparente valentía que, en realidad, estaba muy lejos de sentir. Se dirigió hacia el sillón más cercano y se desplomó sobre él. Jamás permitiría que Diego la viese en aquel estado, pero ahora, en su soledad, precisaba dejar salir la vulnerabilidad que sentía para poder reponer la entereza hasta la siguiente disputa.

Buscó una distracción con la que evadir la mente, buscando con la mirada un libro o una revista de las que siempre solía dejar sobre la mesa baja donde reposaba el teléfono. En el camino, se encontró con unos ojos que la miraban con fijeza y no pudo evitar un sobresalto. Se quedó contemplando aquella tierna mirada que la observaba con una media sonrisa y solo logró encontrarla desconocida. Poco tenía que ver con aquella que había podido distinguir momentos antes. Pequeños retazos, quizás, muy en el fondo, eran lo que quedaba de aquella mirada tan distante de la de hoy y que, sin embargo, era la misma.

Aquella sonrisa cautivadora actuó como un catalizador en los recuerdos de Lucía. Cuanto más miraba aquellos ojos, más evocaba unos tiempos pasados que, sin duda, habían sido mucho mejores, por mucho que el refranero se empeñase en decir lo contrario. Lucía viajó. Viajó sin moverse del sillón hacia tardes de risas y juegos sobre una alfombra, a cucharas voladoras que soñaban con ser aviones entre nubes de puré, a columpios que se alzaban hasta el cielo, hacia abrazos, achuchones y besos, hacia divertidas explicaciones de la división, a cariños de cura sana y eternas noches de consuelo, hacia chocolates compartidos frente a una película.

Poco quedaba ya de la inocencia de aquella mirada. Diego, su Diego, se había hecho mayor.

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