Una solitaria voz humana (2)

En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los
recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se
achicó… A él. Solo a él… Recuerdo a una auxiliar ya mayor,
que me fue preparando:
—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a
su lado y acariciarle la mano.
Por la mañana temprano voy al mercado; de allí a casa de
mis conocidos; y preparo el caldo. Hay que rallarlo todo, desmenuzarlo,
repartirlo en porciones… Uno me pidió: «Tráeme
una manzana».
Con seis botes de medio litro. ¡Siempre para seis! Y para
el hospital…. Me quedo allí hasta la noche. Y luego, de nuevo
a la otra punta de la ciudad. ¿Cuánto hubiera podido resistir?
Pero, a los tres días, me ofrecieron quedarme en el hotel
destinado al personal sanitario, en los terrenos del propio
hospital. ¡Dios mío, qué felicidad!
—Pero allí no hay cocina. ¿Cómo voy a prepararles la
comida?
—Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de
asimilar alimentos.
Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una
persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le
salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las
mejillas… Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron
creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran
unas películas blancas… El color de la cara, y el del cuerpo…,
azul…, rojo…, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él
era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible
escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!…
Lo que te salvaba era el hecho de que todo sucedía de manera instantánea, de forma que no tenías ni que pensar,
no tenías tiempo ni para llorar.
¡Lo quería tanto! ¡Aún no sabía cuánto lo quería! Justo
nos acabábamos de casar… Aún no nos habíamos saciado el
uno del otro… Vamos por la calle. Él me coge en brazos y se
pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa,
ríe…
El curso clínico de una dolencia aguda de tipo radiactivo
dura catorce días… A los catorce días, el enfermo muere…
Ya el primer día que pasé en el hotel, los dosimetristas me
tomaron una medida. La ropa, la bolsa, el monedero, los zapatos,
todo «ardía». Me lo quitaron todo. Hasta la ropa interior.
Lo único que no tocaron fue el dinero. A cambio, me
entregaron una bata de hospital de la talla 56 —a mí, que
tengo una 44—, y unas zapatillas del 43 en lugar de mi 37. La
ropa, me dijeron, puede que se la devolvamos, o puede que
no, porque será difícil que se pueda «limpiar».
Y así, con ese aspecto, me presenté ante él. Se asustó:
—¡Madre mía! ¿Qué te ha pasado?
Aunque yo, a pesar de todo, me las arreglaba para hacerle
un caldo. Colocaba el hervidor dentro del bote de vidrio.
Y echaba allí los pedazos de pollo… Muy pequeños… Luego,
alguien me prestó su cazuela, creo que fue la mujer de la
limpieza o la vigilante del hotel. Otra persona me dejó una
tabla en la que cortaba el perejil fresco. Con aquella bata no
podía ir al mercado; alguien me traía la verdura. Pero todo
era inútil: ni siquiera podía beber… ni tragar un huevo crudo…
¡Y yo que quería llevarle algo sabroso! Como si eso
hubiera podido ayudar.
Un día, me acerqué a Correos:
—Chicas —les pedí—, tengo que llamar urgentemente a
mis padres a Ivano-Frankovsk. Se me está muriendo aquí el
marido.
Por alguna razón, enseguida adivinaron de dónde y quién
era mi marido, y me dieron línea inmediatamente. Aquel mismo día, mi padre, mi hermana y mi hermano tomaron el
avión para Moscú. Me trajeron mis cosas. Dinero.
Era el 9 de mayo… Él siempre me decía: «¡No te imaginas
lo bonita que es Moscú! Sobre todo el Día de la Victoria,
cuando hay fuegos artificiales. Quiero que lo veas algún día».
Estoy a su lado en la sala; él abre los ojos:
—¿Es de día o de noche?
—Son las nueve de la noche.
—¡Abre la ventana! ¡Van a empezar los fuegos artificiales!
Abrí la ventana. Era un séptimo piso; toda la ciudad ante
nosotros. Y un ramo de luces encendidas se alzó en el cielo.
—Esto sí que…
—Te prometí que te enseñaría Moscú. Igual que te prometí
que todos los días de fiesta te regalaría flores…
Miro hacia él y veo que saca de debajo de la almohada
tres claveles. Le había dado dinero a la enfermera y ella había
comprado las flores.
Me acerqué a él y lo besé.
—Amor mío. Cuánto te quiero.
Y él, que se me pone protestón, y me dice:
—¿Qué te han dicho los médicos? ¡No se me puede abrazar!
¡Ni se me puede besar!
No me dejaban abrazarlo. Pero yo… Yo lo incorporaba, lo
sentaba… Le cambiaba las sábanas… Le ponía el termómetro,
se lo quitaba… Le ponía y le quitaba la cuña. Lo aseaba… Me
pasaba la noche a su lado… Vigilando cada uno de sus movimientos,
cada suspiro.
Menos mal que fue en el pasillo y no en la sala. La cabeza
me empezó a dar vueltas y me agarré a la repisa de la ventana.
En aquel momento pasó por allí un médico, que me sujetó
de la mano. Y de pronto:
—¿Está usted embarazada?
—¡No, no! —Me asusté tanto. Tenía miedo de que alguien
nos oyera.
—No me engañe —me dijo en un suspiro.
Me sentí tan perdida que ni se me ocurrió contestarle.
Al día siguiente me dijeron que fuera a ver a la médico
jefe.
—¿Por qué me ha engañado? —me preguntó en tono severo.
—No tenía otra salida. Si le hubiera dicho la verdad, ustedes
me habrían mandado a casa. ¡Fue una mentira piadosa!
—Pero ¿es que no ve lo que ha hecho?
—Sí, pero a cambio estoy a su lado…
—¡Criatura! ¡Alma de Dios!
Toda mi vida le estaré agradecida a Anguelina Vasílievna
Guskova. ¡Toda mi vida!
También vinieron otras esposas. Pero no las dejaron entrar.
Estuvieron conmigo sus madres. A las madres sí les dejaban
pasar. La de Volodia Právik no paraba de rogarle a
Dios: «Llévame mejor a mí».
El profesor estadounidense, el doctor Gale —fue él quien
hizo la operación de trasplante de médula—, me consolaba:
hay esperanzas, pocas, pero las hay. ¡Un organismo tan fuerte,
un joven tan fuerte! Llamaron a todos sus parientes. Dos
hermanas vinieron de Belarús; un hermano, de Leningrado,
donde hacía el servicio militar. La hermana pequeña, Natasha,
de catorce años, lloraba mucho y tenía miedo. Pero su
médula resultó ser la mejor… [Se queda callada.] Ahora
puedo contarlo. Antes no podía. He callado durante diez
años… Diez años. [Calla.]
Cuando Vasia se enteró de que le sacarían médula espinal
a su hermana menor, se negó en redondo:
—Prefiero morir. No la toquéis; es pequeña.
La mayor, Liuda, tenía veintiocho y además era enfermera,
sabía de qué se trataba: «Lo que haga falta para que viva»,
dijo. Yo vi la operación. Estaban echados el uno junto al otro
en dos mesas. En el quirófano había una gran ventana… La
operación duró dos horas.
Cuando acabaron, quien se sentía peor era Liuda, más
que mi marido; tenía en el pecho dieciocho inyecciones, y le
costó mucho salir de la anestesia. Aún sigue enferma, le han
dado la invalidez… Había sido una muchacha guapa, fuerte…
No se ha casado…
Yo iba corriendo de una sala a otra, de verlo a él a visitarla
a ella. Él no se encontraba en una sala normal, sino en
una cámara hiperbárica especial, tras una cortina transparente,
donde estaba prohibido entrar. Había unos instrumentos
especiales para, sin atravesar la cortina, ponerle las
inyecciones, meterle los catéteres… Y todo con unas ventosas,
con unas tenazas, que yo aprendí a manejar. A extraer
de allí… Y llegar hasta él… Junto a su cama había una silla
pequeña.
Entonces se empezó a encontrar tan mal que ya no podía
separarme de él ni un momento. Me llamaba constantemente:
«Liusia, ¿dónde estás? ¡Liusia!». No paraba de llamarme.
Las otras cámaras hiperbáricas en que se encontraban
nuestros muchachos las cuidaban unos soldados, porque los
sanitarios civiles se negaron a ello, pedían unos trajes aislantes.
Los soldados sacaban las cuñas. Limpiaban el suelo; cambiaban
las sábanas. Lo hacían todo. ¿De dónde salieron
aquellos soldados? No lo pregunté… Solo existía él. Él… Y
cada día oía: «Ha muerto…». «Ha muerto…» «Ha muerto
Tischura.» «Ha muerto Titenok.» «Ha muerto…» Como martillazos
en la sien.
Hacía entre veinticinco y treinta deposiciones al día. Con
sangre y mucosidad. La piel se le empezó a resquebrajar por
las manos, por los pies. Todo su cuerpo se cubrió de forúnculos.
Cuando movía la cabeza sobre la almohada, se le quedaban
mechones de pelo. Y todo eso lo sentía tan mío. Tan
querido… Yo intentaba bromear:
—Hasta es más cómodo. No te hará falta peine.
Poco después les cortaron el pelo a todos. A él lo afeité yo
misma. Quería hacerlo todo yo.
Si lo hubiera podido resistir físicamente, me hubiera quedado
las veinticuatro horas a su lado. Me daba pena perderme
cada minuto. Un minuto, y así y todo me dolía perderlo…
[Calla largo rato.]
Vino mi hermano y se asustó:
—No te dejaré volver allí. —Y mi padre que le dice:
—¿A esta no la vas a dejar? ¡Si es capaz de entrar por la
ventana! ¡O por la escalera de incendios!
Un día, me voy…, regreso y sobre la mesa tiene una naranja…
Grande, no amarilla, sino rosada. Él sonríe:
—Me la han regalado. Quédatela. —Pero la enfermera
me hace señas a través de la cortina de que la naranja no se
puede comer. En cuanto algo permanece a su lado un tiempo,
no es que no se pueda comer, es que hasta tocarlo da
miedo—. Venga, cómetela —me pide—. Si a ti te gustan las
naranjas. —Cojo la naranja con una mano. Y él, entretanto,
cierra los ojos y se queda dormido.
Todo el rato le ponían inyecciones para que durmiera.
Narcóticos. La enfermera me mira horrorizada, como diciendo…
¿Qué será de mí? Yo estaba dispuesta a hacer lo que
fuera para que él no pensara en la muerte… ni sobre lo horrible
de su enfermedad, ni que yo le tenía miedo…
Hay un fragmento de una conversación. Lo guardo en la
memoria. Alguien intenta convencerme:
—No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no
es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con
un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre
la sensatez.
Pero yo estoy como loca: «¡Lo quiero! ¡Lo quiero!». Él
dormía y yo le susurraba: «¡Te amo!». Iba por el patio del
hospital: «¡Te amo!». Llevaba el orinal: «¡Te amo!». Recordaba
cómo vivíamos antes. En nuestra residencia… Él se dormía
por la noche solo después de cogerme de la mano. Tenía
esa costumbre, mientras dormía, cogerme de la mano…
toda la noche.

(Continuará…)

About Xavier Hernandez

Encontré en las letras un desahogo de mi mente que se mantiene inquieta en ideas. Vivo un mundo de fantasía, siguiendo muy de cerca la realidad.
Pienso que las historias no deben morir en la nada y darles eternidad plasmadas en tinta y papel.

6 comentarios en “Una solitaria voz humana (2)

  1. Xavier, leer esto es un puntazo en el corazón. Duele cada palabra, pues las imágenes se hacen presentes, pero sentir el gran amor que existía entre ellos, sobre todo la demostración de amor de ella a él es la sublimación del sentimiento.
    Gracias por continuar compartiendo este relato. Esperaré lo que sigue.
    Gracias.
    Saludos.

  2. Xavier, leer esto es un puntazo en el corazón. Duele cada palabra, pues las imágenes se hacen presentes, pero sentir el gran amor que existía entre ellos, sobre todo la demostración de amor de ella a él es la sublimación del sentimiento.
    Gracias por continuar compartiendo este relato. Esperaré lo que sigue.
    Gracias.
    Saludos.

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