Una historia cualquiera capitulo III

Esas sombras, es cierto, no son figuraciones mías, esas cosas de viejos, charlotean.

Negros retazos que desencadenan murmullos, suspiros que vuelan con el aire en movimiento, latidos que envuelven las huellas de todo aquel que a su vera pasa, sobre los adoquines de esa ciudad que viste caricias de antemano, antes de acercar sus garras.

No tengo miedo a este ahora, si a la próxima baza que debo jugar con mis cartas, la soledad sellará mi vida con sus cadenas, encorsetando los sentidos.

Sombras vacías de emociones que difuminan la esencia, a veces, consiguen que prenda la desconfianza, dejando la mente a la deriva, sembrando miedo.

Siempre fui mujer valiente y es la fortaleza que hoy me acompaña, la única forma en que yo puedo afrontar este amargo momento.

Te acompaño y te sonrío, entrelazo nuestras manos, limpio los restos de sudor en tu frente, mis labios en los tuyos.

Un largo invierno, tal vez se cierne sobre nosotros, ya no desvirga el silencio nuestras caricias

Todos nuestros recuerdos nos acompañan en este momento, toda una larga y placentera vida, con sus momentos grises, claro, como las de todo el mundo.

Magia plasmada que recitaba el aire en nuestros encuentros.

Palabras, personas, lugares, de todos ellos aprendimos algo nuevo cada día, todos o cada uno de ellos dejo huella en nuestro ser.

En la cama permanecimos aquella mañana, el día estaba gris, las nubes cubrían el cielo, ocultando a nuestro querido amigo el sol.

Estabas helado, a ratos, caliente, no sabía si encender la calefacción, pero no deseaba moverme de tu lado. El calor de mi cuerpo seguro sería la mejor medicina.

De fondo el ruido de aquella antigua radio que como si fuera su trono, durante toda nuestra vida juntos, estaba en la estantería de la salita de estar, donde hacíamos la mayor parte de nuestra vida

Aquella cajita mágica que provocaba deleite y compañía vistiendo nuestros momentos de café y tertulia.

Construimos nuevos mundos, pero siempre solo nuestros, como si fuera una película de esas antiguas, una cinta que cuenta historias.

Allí quedaron grabados nuestros secretos, si también aquellos en los que desvestíamos nuestros cuerpos, a veces, mientras escuchábamos a través de las ondas, esas otras historias, aquellas que eran deleite para los sentidos.

A nuestro libre albedrio, sin ser juzgados por nadie, plasmamos compañía y deseo.

Paseos que se llenaban de risas y carcajadas en esa complicidad conseguida.

Ese arroyo junto al molino, entre el trigo y los carrizales donde hacen su nido los ánades, esa garza imperial nos miraba con su orgullo para después dedicarse a sus quehaceres, conseguir alguna trucha de esas frías aguas.

Caminando y charlando nos acercábamos a su vera, en mi mano unas espigas de trigo, en la tuya unas hojas del rosal que trepaba junto al sauce llorón.

Nos quitamos los zapatos y caminamos sobre las piedras en esa pequeña hoya que el río había horadado en su camino. Junto a ella otras más grandes, una cascada preciosa bajo la cual el deseo se hizo vida.

Te quitaste tu camisa blanca con las iniciales bordadas en el bolsillo, cosa de tu abuela seguro. Nos besamos como nunca antes lo hiciéramos, mi cremallera se enganchó en un lateral del vestido.

La gasa color azul como mis ojos acarician nuestros rostros, nos tiramos bajo la cascada y cartografiando nuestros cuerpos, nos deleitamos del néctar de nuestra pasión, la humedad que en nuestras entrañas se aunaba a la fría hoya donde por primera vez fuimos latido y vida, sincronizando nuestra respiración, dejando fluir alcanzamos el clímax.

Marijose.-

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