El auditorio era gigantesco, con asientos en penumbras dispuestos de forma semicircular, de forma ascendente. El profesor, de un atractivo innegable, daba la clase con carisma, arrancando una sonrisa a sus alumnos de vez en cuando. Al terminar, todos se levantaron y se marcharon mientras él recogía sus notas. Todos menos una mujer, que se puso en pie en la última fila y lo miró en silencio. Llevaba un traje chaqueta con falda de tubo y el cabello recogido en un moño alto. Él la observó bajar las escaleras con sensualidad y salir del aula. La siguió. Ella abrió la puerta de los baños y le miró un momento antes de entrar. Sin pensarlo, fue tras ella. Cuando entró, sin mediar palabra la empujó contra la pila y una mano recorrió sus muslos, subiéndole la falda. Olía a puro deseo. Con un rápido movimiento le rompió las medias, la hizo volverse hacia él y la sentó sobre la pila. Con un gesto, la mujer liberó una cascada de cabello castaño que cayó sobre sus hombros. Él la penetró sin contemplaciones y entre arañazos y jadeos llegaron al clímax juntos. Ella bajó de la pila, le dio un largo beso, le miró con ojos juguetones y se marchó.

Por la noche, en casa, recibió a su mujer con una caricia y se sentó a cenar.

—¿Qué tal el día, cariño?

—Bien, ha sido interesante… —comentó el profesor, sonriendo entre dientes.

—¿No tienes nada que decirme? —preguntó ella dejando el tenedor sobre el plato y mirándole fijamente.

—No sé a qué te refieres —contestó él, sin comprender—. ¿Por qué lo dices?

—Son las terceras medias que me rompes en lo que va de mes. ¡No ganamos para medias!

©Vanessa Requena