UN PALO – III Una madrileña de pueblo

 

La primera vez que paseé por el campo sin tener mayor conocimiento del tema, más que mi propia pasión por la naturaleza, y lo poco recopilado en algunas salidas esporádicas y excursiones a lo largo de una vida que ha sido hasta la fecha urbanita, fue algo audaz y demasiado valiente, aunque nunca fui consciente de ello a priori. Desde el desconocimiento, teniendo en cuenta todo lo que en estos meses me han ido prestando de su sabiduría los habitantes de este mi pueblo adoptado, a los que nunca dejaré de admirar por su enorme conocimiento del medio en el que viven. Ellos que son tan desprendidos, nada interesados, bondadosos con su cultura y sus haciendas, que me enseñan muchas más cosas en un día de las que haya podido aprender en años en una ciudad.

Les escucho siempre encantada por su gracejo y su forma tan peculiar en el uso del castellano. El acento extremeño es más conquistador que la fama de tal cosa que acarrearan sus antepasados históricos. Tiene una chispa y una rapidez de reacción que provoca siempre mi sonrisa. Aunque me dijeran la mayor barbaridad del mundo, me sonaría simpático, honesto y sincero, tanto que nunca molesta, incluso cuando debería.  Quizás estoy exagerando mis sensaciones, provocadas por el cariño compensando aquel que me devuelven estas gentes, ya mi gente.

Cuando en una de mis primeras caminatas por la dehesa boyal se me abalanzó un enorme perro de color canela que ladraba como si le hubiera hecho algún daño, me quedé paralizada. Afortunadamente para mi, iba precedido de su dueña que le paró inmediatamente, no sin advertirme del peligro que corría al no llevar conmigo un palo, una vara, una cayado con el que poder defenderme en un momento dado tanto de animales como de cualquier cosa que pudiera surgir de los caminos. Me contó algunas de sus experiencias y en ese momento caí en la cuenta de que efectivamente los pocos paseantes de la dehesa con los que en algún momento me cruzaba iban siempre convenientemente armados, mientras que yo, incauta madrileña, me había estado paseando por ahí sin tomar la menor precaución.

Efectivamente me hablaron de los peligros que conlleva pasear una dehesa, de los animales con los que podría encontrarme casualmente, y de los tres tipos de serpientes que hay por estos lares. Afortunadamente sólo una de las tres especies conlleva algún peligro. Los cerdos que hasta el mes que viene no disfrutarán del paisaje de la dehesa, y las vacas que lo han disfrutado desde la primavera, pero que es ahora cuando pueden darte algún disgusto sobre todo si van acompañadas de sus terneros.

A mi vuelta del paseo me dirigí al único bazar del pueblo donde se puede encontrar casi de todo y me puse a examinar los modelos de “palos” que tenían a la venta. cuando su dueña se enteró del motivo, me regaló ella misma el palo, no es que fuera muy caro, pero el detalle de, “yo te lo regalo” me demostró, una vez más, que cualquier cosa que puedan hacer por ti o te sirva de alguna ayuda están dispuestos en cualquier momento a dártelo.

Por cierto, no he vuelto a saber nada de Héctor desde que llegué por segunda vez al pueblo, me contaron que su madre había conseguido un trabajo mediante alguna asociación que ayuda a mujeres maltratadas, y parece que se encuentra bastante contenta en su nueva vida con sus hijos en Madrid.

Se aproximan las fiestas del pueblo y aunque no me gustan los ambientes festivos, ni todo lo que ellas implican, el bullicio, ruidos, músicas estridentes, gritos de adultos y niños, alcohol y voces hasta altas horas de la madrugada, tendré que hacer un esfuerzo y comadrear un poco con toda esta gente que se muestra tan cariñosa conmigo. Son para ellos una de las pocas alegrías del año y reúnen a los de fuera con los que quedaron. Están felices por poder encontrarse con sus familiares.

Debo decir que desde que salgo con mi palo, me encuentro más identificada con los paseantes, en su mayoría mujeres, debo confesaros. Ahora todos tenemos algo en común, además de nuestro amor por la naturaleza, “el palo”.

Y debo añadir que desde que lo llevo he tenido que hacer uso de él un par de veces para amedrentar la efusividad de algún animal fuere o no de compañía. Debo añadir que con las vacas, sus toros mansos y terneros aun no he tenido que hacer uso del mismo. Y hasta ahora la única serpiente con la que me he topado, estaba estrangulada en la verja de un huerto y lamentablemente se había auto estrangulado ella misma al intentar atravesarla. Eso si he encontrado varias camisas, y no me refiero a que la gente se desnude, sino a las pieles que la serpiente cambia de vez en cuando por ahí, en los caminos, parece que dejan ese rastro como queriendo certificar que realmente existen, y no son un mito de los que aquí habitan.

En cualquier caso y si uno de estos días me topo con alguna alimaña prometo contarlo, y espero que el palo, que se ha convertido en mi compañero más fiel en este viaje a la honda Extremadura me saque del apuro con la presteza de un yelmo, y pueda así seguir disfrutando todos los días de mis paseos por la dehesa, ahora que parece empezará a volverse verde y frondosa en este otoño que hoy comienza.

Finalmente si ya me enamoré de ella en Primavera, y nuestra relación se ha consolidado durante el verano, no sé qué será de mi si ahora que según dicen,  resulta más bella aún, reverdeciendo. Me quedaré, como decía Antonio, definitivamente a vivir en este pueblo prendada de sus jaras, encinas, alcornoques y avellanos.

La que suscribe,

una madrileña y su palo

@carlaestasola

Extremadura, 22 de septiembre de 2016 a las 14:22 horas

3 comentarios en “UN PALO – III Una madrileña de pueblo

  1. Jajaja, pobres vacas, pero sí son coloradas, pura dulzura, con las negras, cuando están paridas hay que poner algo más de cuidado y procurar que resuene el palo, a cada paso, contra el suelo, darlas tiempo a que se aparten y no situarse en medio de ella y el ternero. Un pequeño bolso, una navaja, unos caramelos para combatir la sed y convidar a los vecinos, el paquete de pañuelos, un silbato y cuarenta chismes más y ya estás preparada para atravesar con seguridad esa selva en miniatura que es una dehesa. Un beso.

  2. Carla entiendo tu traslado a un paraje precioso lejos del mundanal ruido, es muy bonito como nos trasladas tus emociones, disfruta y llena de letras las páginas de tu vida, besitos primor.

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