TIERNA INFANCIA

TIERNA INFANCIA

CAPITULO I = SIN PRESENTACIONES

Sofía y sus ojos negros que encandila allá por donde pasa.

La mirada de esa niña era algo mágico, inaudito, inexplicable. A cualquiera que preguntes, en el barrio, así te dirá. Enamoraba a todos. Ella lo sabía y lo explotaba. Comenzó de cuna. Ya sabía que con un parpadeo, su padre dejaba todo y se quedaba embobado ante lo que pidiera su princesa. Fue la consentida de papá y la muñeca de mamá.

A los dieciseis años, su larga melena morena. De un negro azabache. Acabándole en unos rizos imperfectos, la hacía insaciable, indomable y encantadora.

En el instituto no dejó de ser la morena, hasta el mismo día que lo dejó. Su idea, ser peluquera. Y aunque su madre no lo conseguía entender, pues le veía dotes para algo mejor, decidió invertir en lo que la niña deseaba.

Raul creció con el convencimiento de que la vida era un regalo. Y que si él estaba allí, era por algo.

Nunca fue buen estudiante. Su madre desistió en los intentos porque estudiara algo de provecho. Su padre sencillamente se limitó a llegar a casa y gritar. No mirarlo ni a la cara y protestar. Creció con el desprecio continuo. “Este niño no vale para nada. Este niño ha salido a tu familia. Vaya engendro has tenido” y cuanto más crecía, más despectivas eran sus palabras. Y cuántos más años cumplía, más desgraciada era su madre. Ella, que siempre se apoyó en él cuando era un crío. La única salida, el único consuelo a tanto llanto y sufrimiento. Su niño, ese por el que vivía. O más bien luchaba por sobrevivir. Los golpes enmascarados. Los moratones maquillados. El temblor de sus manos cuando servía el desayuno, la comida o las cenas. Ya no podía ser disimulado ante un adolescente.

Raul no era ni ciego, ni sordo, ni tonto. Amaba a su madre más que a nada en este mundo y odiaba a su padre en la misma medida.

Un cinco de julio, como cualquier otro verano, de los últimos vividos, los jóvenes del barrio se reunían en el chiringuito de la playa. Se había hecho viral el encuentro nocturno por aquella zona. Música, buen ambiente y alcohol a precio asequible.

Sofía, con ese agraciado tono de piel que, al primer rayo de sol de esa estación, ya la hacía parecer casi una mulata, se paseaba con un vestido de tirantes floreado que la hacía resplandecer más si cabe aquella noche.

Raul la observaba desde la barra del chiringuito. Preguntó al camarero. “¿La conoces?”. Ni idea, fue la contestación del otro. Siguió recorriendola de arriba a bajo con la mirada. Esas sandalias que la alzaban cual diosa. Ese cabello negro ensortijado. ¿Como olería?. Se dijo a si mismo que hoy lo sabría.

La música estaba especialmente alta para poder conversar, así que tanto las amigas de Sofía como la propia chica decidieron marchar a otro sitio más tranquilo. Ya estaban cansadas de gritarse la una a la otra. Y Sofía aquella noche estaba especialmente feliz, sus padres le iban a ayudar economicamente con su curso, e incluso habían visto un local cerca de casa, que si al finalizar los estudios seguía disponible, sería suyo. “¿Alguien se lo imagina?”, les dijo a sus amigas, ya sentadas en la terraza del bar de la plaza. “¡Mi propio negocio!”

Las risas, los elogios, la alegría se contagió en el grupo y no dejaron de brindar y de sentir que todas pertenecerían a ese negocio. Y pasarían largas horas allí, haciendo compañía a su amiga.

“¡Alguien conoce al chico que nos mira desde el bar?! Nos ha seguido hasta aquí desde el chiringuito! Dijo una de ellas.

Todas observaron y ninguna creyó reconocer a Raul para nada.

“Viene hacia nosotras” Sonrió Sofía ante el descaro del muchacho que la miraba como si la quisiera comer allí mismo.

Justo cuando pensaron que les diría algo, Raul pasó de largo, sin quitar ojo a la chica.

Ella se ruborizó al pensar que estaba por ella, así que giró para mirarlo de arriba a bajo y lo vió desaparecer por la calle principal.

Después de los mojitos consumidos, los secretos confesados, los deseos expresados y la promesa de verse al día siguiente para pasar la mañana en la playa, las chicas se despidieron, marchando dos de ellas hacía el coche aparcado cerca del chiringuito y Sofía camino de casa por la calle principal.

Había sido una bonita noche. Eran las tres. Así que no sería difícil levantarse para ir tomar el sol, con lo que le gustaba. Le mataban los pies aquellas sandalias, y los adoquines de la calle, la hicieron tropezar dos veces. A la tercera se tambaleo de tal manera que se avergonzó porque cualquiera que la viera pensaría que iba borracha.

Escuchó unos pasos. Se giró. Raul no se escondió. Ella gritó. El le tapó la boca. La agarró del pelo y la hizo caer, para cogerla fuerte por el brazo e inmovilizarla. Los ojos de la chica se le iban a salir de las orbitas, temblaba de terror, pero aun así se defendía con todas sus fuerzas. Sintió como la hacía caer, el dolor era insoportable. Si seguía tirándole así del pelo se lo arrancaría de cuajo. Tenía que intentar escapar de aquel demente, era el mismo que las había estado observando en el bar de la Plaza. Maldita sea, tendría que haber aceptado la invitación de su amiga de acercarla a casa con el coche.

-¡Me mirabas con cara de deseo, guarra! – Dijo lamiéndole la cara, mientras ella notaba una arcada que provenía del estómago. Seguía tapandole la boca con la misma mano que agarraba su cabello, y con la otra la inmovilizaba, sin ella poder entender como lo conseguía, porque la altura de la muchacha no era mucho menor que la de él. Pero estaba claro que ganaba la fuerza. La había echo caer en un segundo y la estaba arrastrando, hacia no sabía donde. Ni podía gritar, ni morderle, porque lo había intentado, ni soltarse. Se estaba magullando las piernas y sentía que en cualquier momento se desmayaría. El seguía diciéndole cerdadas, con una rabia que daba miedo.

Raul, que jamás había cometido un acto así con ninguna otra mujer. Aunque conocía sus dotes de macho dominante, se sentía poderoso. Tenía la muchacha más bella, solo para él y solo de él. Aun no tenía claro que sucedería. Pero era suya. Menudo trofeo. Si su padre supiera. Entonces si que no diría que era un desgraciado, malnacido que no merecía haber pisado la tierra. Él era Raul, un tío grande. Y su padre se enorgullecería.

CONTINUARÁ…….

BY Miriam Giménez Porcel.

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