TIERNA INFANCIA

tierna infancia

CAPITULO 3 – VAMOS A CONOCERNOS MEJOR

Tres días con sus tres noches había estado Sofía tirada en el suelo. Después de haber intentado soltarse, reptar y varios intentos más por llegar hasta la puerta y dar golpes. Perdió la esperanza de que la oyeran. No sabía dónde estaba, pero aquello era un piso, y debía ser un edificio, y vivirían más personas en los otros pisos, así que alguien la escucharía. Pero no. Cualquier intento era en vano. En el de al lado, o el de arriba, o el de abajo, no sabía justo cual, había una persona, que mínimo estaba sorda, ya que tenía la televisión a un volumen denunciable, y la mantenía encendida día y noche, o al menos cada vez que ella estaba despierta. Tenía mucha sed. La voca seca. No demasiada hambre, pero sentía debilidad. Le dolía todo y ya no le quedaban lágrimas. Pensó en sus padres. Los imaginó rotos de dolor, poniendo la denuncia de su desaparición. Ella jamás, jamás había pasado una noche fuera de casa sin avisar con antelación y quedar bien programado dónde podían encontrarla.

¿Su móvil? o mejor dicho, ¿Dónde estaba su bolso? Tal vez así podrían localizarla. No entendía mucho, pero había oido hablar, por ahí, que si querían localizar a alguien podían saber por la ubicación de su móvil. No siquiera tenía claro cuánto tiempo llevaba allí, así que en todo caso, su móvil llevaría apagado ya demasiado tiempo, si es que el tío aquel no lo había destrozado, desde el minuto uno que la había encerrado en aquella habitación. No lo recordaba. Pero probablemente le quitó el bolso. Si, todo fue muy rápido.

Raul, llevaba unos días nervioso y su madre se había dado cuenta. Aquella mañana, cuando su marido dio el portazo de salida, y para ella su liberación del día, se acercó a él, que estaba en la cocina desayunando en silencio con la mirada agachada y le preguntó. “¡Cariño, estás distinto, distante, raro y muy nervioso!” Raul la miró fijamente, pero con ternura. Realmente ¿creía ella que en aquella casa se podía estar de otro modo? Pobre mujer, igual pensaba que él no oia nada de lo que sucedía por las noches.

“No te preocupes por mi, mamá, estoy bien. Algo más cansado. Será esta calor que nos está matando a todos”

Ella lo miró, a esta edad, a un hijo es mejor no molestarlo con preguntas. Si quieren contar algo, hablan. “Será eso hijo” fué lo que se le ocurrió decir y le dio un beso en la cabeza como cuando era niño.

Raul cerró los ojos y lo recibió con media sonrisa. Esa era su madre, la que le amaba de un modo incondicional.

A pesar del gesto de cariño de su madre, se levantó de un modo muy brusco y cogió el móvil de la mesa. “No me espereis esta noche, hay una fiesta en casa de un colega, no vendré a dormir” y el portazó, más suave que el de su padre, pero al fin y al cabo un portazo, la dejó sola en la cocina mirando hacia la puerta y deseando poder cerrarla con mil cerrojos y morir allí sola, sin más presencia que su angustia, y dolor por la vida que le había tocado vivir.

Raul se encaminó al trabajo. Silvó todas las canciones de la radio. Sonrió a los clientes que llegaban a recoger el coche ya arreglado y que les agradecían la rapidez en sus servicios, con generosas propinas. Comentó a su jefe que necesitaba salir antes aquella tarde y a las cuatro en punto, sin siquiera haber comido marchó hacia el piso de José, para ver cómo se encontraba Sofía.

Pasó antes por el super y compró una garrafa de agua y cuatro hamburguesas con una barra de pan. No era una cena elegante. Pero si que sería una cena distinta.

Abrió la puerta igual de sigiloso que la cerró, tres días atrás. Aunque con lo alta que tenía la televisión la vecina de siempre, poco iban a escuchar los de alrededor.

Dejó todo en la cocina. Se dirigió al dormitorio donde debía encontrar en la cama a Sofía. Aunque, por el genio mostrado, sabía que no. Tal y como se imaginaba, estaba en el suelo. Sentada entre la mesita de noche y el armario ropero. Mirándole fijamente. Casi podría adivinar en su mirada, que ansiaba su llegada.

 “Vaya, nadie me había recibido con una mirada más suplicante en mi vida” La ironía no era su fuerte, pero con ella le gustaba emplearla.

Sofía se encogió aun más sobre si misma. No quería ni escucharle. A pesar de que sabía que debía beber e incluso comer. Raul era la única persona que en ese momento iba a suministrarle eso que necesitaba para volver a coger fuerzas y escapar.

-¡Te voy a levantar, espero que no te hayas hecho daño, porque no voy a andar con mucho cuidado! – dijo Raul directo y sin un atisbo de bondad. – Si colaboras irá todo bien, sino, creo que no te va a gustar lo que te puede pasar.

Sofía se dejó levantar. Se encaminaron a un salón muy pequeño. De hecho aquello parecía una buhardilla más que un piso. La cocina tipo americana estaba apenas a un paso del saloncito y divisó la garrafa de agua, que le hubiera gustado echarse encima con sus propias manos. Raul la comprendió y le ofreció un vaso y la garrafa en cuanto la sentó en el sofá.

-¡Te has portado muy bien! Llevas muchos días encerrada y maniatada, te voy a soltar, para que bebas, es primordial que lo hagas despacio. Te repito, no intentes nada Sofía. No deseo, por ahora hacerte ningún daño. Ni grites, ni te defiendas!

Los ojos de la muchacha le imploraban que la soltara.

Le quitó la cinta carrocera de la boca lo más cuidadoso posible. Aun así sabía que le dolería. Las bridas que sujetaban ambas manos las cortó con las tijeras. Una vez se vió suelta, Sofía se tocó los labios, que se notaba secos y rotos por aquel vendaje. Le dolían las muñecas y sentía que su cuerpo estaba entumecido de permanecer tanto tiempo en aquella postura. Deseo lanzarse, pero se contuvo. Necesitaba beber más que otra cosa. Levantó la mano hacia el vaso sin decir nada. Bebió de un trago lo que le había echado. Volvió a beber de golpe la segunda llenada. Después se detuvo a respirar. Se olía a si misma a orines. Despreciaba a aquel muchacho, por verse en aquellas condiciones.

-¡Te voy a volver a poner la cinta en la boca, no me puedo permitir que grites! – Dijo Raul.

En ese momento Sofía se lanzó hacía Raul y lo agarró del pelo de tal modo que lo hizo caer.

Su piernas lo bloquearon en el suelo y lo hizo retorcerse. Pero la fuerza del muchacho la hizo caer de lado. Raul se puso encima de ella, dejándola noqueada y sin poder moverse.

Sofía seguía moviendo las piernas en intentando zarandearle. Pero tal y como la tenía era casi imposible. Sus piernas quedaban presas, y los brazos le dolían de pelear con él.

La violencia de Raul superó todas las espectativas de Sofía. La chica se fue rindiendo a su fuerza.

Las manos aprietan la piel suave del cuello de aquella muchacha y la belleza se va marchitando, y el grita con todas sus ganas.

-¡Zorra, ¿te crees algo? ¿te crees que vas a poder conmigo? ni tú, ni nadie, porque yo soy el que mando aquí!

Y mientras siente que toda esa rabia le hace más fuerte, sigue apretando hasta que la vida de Sofía se evapora, se queda entre sus pulmones y sus labios, entre su mirada perdida y sus manos inertes, agarradas a las de él.

Mientras los días de Sofía quedan ya en el recuerdo de quienes las amaron, su cuerpo yace en el salón del piso de Jose. Y Raul la mira, se lleva las manos a la cabeza, golpea con el puño el suelo y piensa.

“Maldita sea, ni siquiera la he probado”

FIN.

Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser.
Busca entre mis letras. Así soy yo.

2 comentarios en “TIERNA INFANCIA”

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