Tierna Infancia

CAPITULO II

LA BUHARDILLA

La empujó, arrastró y magulló todo el camino. No podía creer la suerte que tenía. Ella estaba perdiendo la fuerza. Y para él era más sencillo manipularla. Qué fácil era una mujer. Sabía que ninguna se le resistía. Pero Sofía, desde el momento que la vió en el chiringuito de la playa supo que esa era la que él estaba buscando. La única.

En su infancia, Sofía fue tratada continuamente como entre nubes de algodón. Jamás vivió la violencia. Ni de puertas para adentro, y mucho menos de puerta para afuera. Sus amigas, desde parvulario, amigos, unos cuantos, que la habían tratado con cariño y con respeto. Y algún noviete, más serio, que hubiera llegado más allá que otros, siempre había sido por expreso deseo de la muchacha, y se habían comportado con ella de un modo muy sutil y cauteloso en no hacer más de lo que ella le fuera guiando. Perdió la virginidad con Pablo, dos años mayor que ella. No se arrepentía. Aunque no lo contó más que a su mejor amiga. No estuvieron más de seis meses después de aquello. Tal vez la diferencia de barrios, de clases sociales, de amistades, les fue separando. Pero incluso él, del que se enamoró perdidamente y podría haber hecho con ella lo que hubiera querido, jamás se propasó.

Raul era distinto. Siempre mostró un carácter retraido. Observador. De los que intenta pasar desapercibido. Y con sus conquistas, nunca escondió la fuerza. Las ganas de dominar. De ser deseado. De amoldar a sus amantes según lo que le apeteciera. Y había tenido suerte. Todas, las tontas, como él decía, habían accedido desde el principio a sus gustos estrambóticos en la cama. Ni se sentían maltratadas, ni jamás lo denunciaron. Ganaba peso el hecho de que fuera muy guapo. De hecho siempre había sido el más guapo de la clase, del trabajo, del gimnasio y de cualquier garito al que accediera. Conseguía atraer la mirada de cualquiera. Las envidias de los colegas crecían, porque se llevaba a la que quisiera. Él echaba un vistazo, y les decía, aquella, la del fondo, o la rubia, o la de rojo, y en menos de una hora estaban en la puerta dándose el lote y haciendo planes de hacia donde acabar la noche. Tenía llaves del piso de José, un colega al que le había reformado el baño, con su arte y conocimientos adquirido con los años, y ahora su amigo estaba estudiando en Londres, lo que le daba carta ancha para que fuera utilizado de picadero, mientras se lo cuidara y dejara siempre en condiciones. Era como una buhardilla.

La de tías que había llevado allí. Si José supiera, le hubiera retirado las llaves de su poder hacía tiempo. Pero para él aquel piso no significaba nada. A pesar de que había conseguido hacer barbaridades a las muchachas, ya nada le llenaba.

Sofía era distinta. Como bien había dicho. Era única.

Mientras la subía en brazos, daba gracias a sus horas de pesas. Ahora las veía bien empleadas. La muchacha había recibido un golpe seco, para que dejara de molestarle en el transcurso de la bajada de la calle. Se había puesto ya muy pesadita. Confiando que había perdido la fuerza, en un momento dado, ella se intentó liberar de la mano que retorcía la suya. Eso hizo reaccionar al muchacho. No podía escapar, ni la dejaría gritar. Así que lo mejor era que durmiera un rato.

Al abrir la puerta, le llegó el caracteristico olor a cerrado, de los pisos antiguos y poco ventilados, de la zona vieja de la ciudad. Por mucho que abriera ventanas no conseguiría hacer nada. Así que simplemente se dedicó a amordazarla y atarla los pies y brazos con bridas que ya tenía preparadas, de otras sesiones mantenidas con algunas de aquellas cerdas que se dejaban hacer de todo.

Tenía claro que ella era distinta. Pero aun así quería comprobarlo. Se erizaba, solo de pensarlo.

Que se resistiera. Zarandearla. Darle un bofetón. Tirarla en la cama. Levantarla, para volver a tirarla. Se lo imaginaba y más emocionado estaba.

Miró la hora. Las cinco y media. Había tardado más de la cuenta, pero aun no era muy tarde para llegar a casa. Total se había evitado oir llegar a su padre, borracho. Escuchar llorar a su madre, mientras él la insultaba. Y oir violarla hasta su padre quedar dormido y ella ir al baño a ducharse durante una larga hora. Siempre los mismos ruidos. Siempre la misma canción. Hoy no la escucharía, y se alegraba de ello. Por un día tengamos la fiesta en paz, se dijo a si mismo. Sabía que un día sucedería algo. Y que él era el salvador de su madre. Pero ¿cuándo? Eso ya se vería.

Cerró la puerta con cuidado de que ningún vecino lo escuchara. Aunque no era la primera vez que lo veían entrar o salir de aquel piso, y ya lo conocían, no le interesaba que esta vez supieran de su presencia allí.

Ya volvería mañana o al día siguiente a ver a su niña. La que había escogido con sumo cuidado, y sabía que era la elegida.

Sofía no despertaría hasta pasadas unas horas. Tal y como la había atado y amordazado era imposible que hiciera nada. Máximo tirarse de la cama. Peor para ella, eso le dolería, si es que con la torpeza no se dislocaba o rompía algún hueso.

 CONTINUARÁ……………….

Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser.
Busca entre mis letras. Así soy yo.

2 comentarios en “Tierna Infancia”

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