Relato a dúo – Gocho Versolari.- Marijose Luque.- Solamente una vez.

 

En sus brazos la alzó, dirigiendo su rostro a la luz que desprendía la luna llena. El jefe de la tribu azteca se mostraba sereno, esperando el intercambio de dos almas.

Ella vestía una túnica corta de color blanco intenso rematada por una cenefa de color azulado en el escote de la misma. Él portaba en la cabeza aquel penacho de plumas que impresionaba y en las piernas también, cubrían sus genitales trozos de piel, que con alguna herramienta habrían fabricado afilando los huesos de los  animales cazados para que sirvieran de alimento a la tribu.

Tras aquellas rocas, la luz se refractaba en una gigante pirámide que tras ellos estaba situada.

Un fraile observaba desde una pequeña ventana ojival de una construcción que había sido alzada a las afueras del poblado para alojar a los frailes que junto a los soldados habían arribado a las costas de este hermoso país. Una suave luz de candil alumbraba aquella pequeña construcción de adobe y piedras.

Solamente una vez cada 25 años se producía un milagro como el que solicitaba el Jefe. Y aún faltaban dos años para ese momento.

El ambiente que se respiraba era  húmedo, aún encontrándose en plena selva. De boca en boca, una profecía se extendía entre los indígenas;

“El supremo elige a un pueblo durante un tiempo, lo mima de luz y lo envuelve en púrpura, sembrando en él el germen de grandes hazañas… Después convierte toda su gloria e cenizas, soplando un hálito divino”

Ella antes de que la alborada llegará despertó y se envolvieron en el rito más hermoso de los seres humanos.

Ella, le retiro el penacho mientras él la desvestía, una simple túnica era su segunda piel.

La luna les bañaba de luz y el cielo se cubrió de hermosos colores verdes, purpuras y azules en conjunción con los astros y bajo el universo de estrellas que les servía de manto.

Sobre la hierba e incluso las piedras se acomodaron y recorrieron cada uno de los pliegues de su piel, suavemente, con una sensualidad calma y serena.  Con los ojos cerrados podían recorrer los valles y las montañas, las cordilleras y los ríos de esas geografías que solo ellos conocían a detalle.

Su piel se erizaba al contacto de otra piel, al susurro al oído de deseos conjugados, a los jugos que comenzaban a lubricar sus más íntimos recovecos.

En el ápice  del amor, él pudo recordar  las ofrendas de otra época. Cuando las viviera no había sido con ese cuerpo que ahora se agitaba y atronaba la tarde con  espasmos. Ocupaba el cuerpo del sacerdote, aquel que había recogido la memoria de esas tardes donde el cielo se quemaba como  papiros arrojados a la hoguera.

Se vio a sí mismo y a la amada, aquella mujer que ahora se agitaba entre sus brazos. Se vio caminando con ella cargada hacia el mismo altar señalado por la columna ceremonial.   Él era el sacerdote encargado de cumplir los designios del Dios. Podía ver la grieta roja en la mitad del cielo: como elegido, era capaz de extender el brazo derecho  hasta alcanzar ese vientre púrpura que latía en los cielos. Esa entrada a los mares de sangre en los que aún nadaban los fundadores del pueblo, valientes, osados, que alguna vez tomaran el cielo por asalto.

El invierno terminaba. La primavera no llegaría por sí misma. La mujer desnuda, hermosa palpitaba sobre la piedra. Desde niña las matronas la habían aleccionado. Su muerte era necesaria para prolongar la vida del pueblo. La sangre de la joven debía unirse a la sangre del firmamento para que el sol invicto vuelva a hender el cielo; para que las plantas y los jugos   reverdezcan, florezcan y arranquen gritos a la tierra.

El orgasmo se prolongaba. El hombre había escuchado las palabras de su mentor. El amor es fuente de conocimiento. El ápice del deseo lo  convertía en una chispa, testigo de aquel momento: la misma mujer, la misma desnudez, sólo que ahora el cuchillo de piedra ferozmente afilado se levantaba sobre el blanco pecho. Debía clavarse en medio de los senos, levemente hacia la izquierda. El arma ritual entró con facilidad. Entrenado durante mucho tiempo el sacerdote metió las manos entre las costillas, y arrancó el corazón que siguió  palpitando furioso. La mujer inmóvil, con los ojos entornados y la herida abierta en medio del pecho. Le bastó estirar la mano, alcanzar el firmamento y dejar en la grieta del amanecer el órgano furioso que seguía destilando chorros de sangre. El cielo se hizo más rojo, y un relámpago sutil brillo un instante. Aquello anunciaba que la primavera regresaría. El pueblo podía celebrar jubiloso: aquel año las primicias serían brillantes y claras como los ojos de la muchacha cuando aún vivía.

El orgasmo lo condujo a los últimos espasmos. Senderos de verde oscuridad; una vena brillante y azul dirigida  al firmamento y la eclosión de la piel   increíblemente suave y tibia. Apoyó la cabeza en el pecho de la amada. Aquel corazón latía con fuerza en el pecho. No había tenido que arrancarlo para el sacrificio.

A los nueve meses, de aquella unión nacería un niño. Con el paso del tiempo sería un valiente  chaman que volvería a unir a los hombres con la eternidad de la tierra.

Gocho Versolari & Maríjose Luque

Os dejo el vídeo creado por nuestra compañera de la web Carla para el Reto de relatos en grupo o dúo con motivo del aniversario de la web.

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