Ensancha el alma

Ensancha el alma” es un evento cultural que, para quienes aún no lo sepan, lleva dos años dando mucha vida al Parque de las Cruces, a los distritos de Latina y Carabanchel, a los barrios de Las Águilas, Aluche, Cuatro Vientos, Carabanchel y, en general, a Madrid como ente urbano, diverso y cultural.

El “Ensancha” y su gente tienen mucha ciencia y, bondad infinita, se lo trabajan para que la poesía, música y actividades culturales y lúdicas de todo tipo se den la mano con la gente maravillosa de la ciudad y alrededores.

Aquí os dejo la primera parte de mi humilde aportación al 2º Ensancha el alma

Sed felices.

Presentación de “Rendez-blues” – Diario de Yo en diferido

Hoy voy a reflexionar, así, como si fuera un madurito interesante y no un pureta que se atrevió a atreverse de verdad un poco demasiado tarde.
Toda la vida echándole un par y resulta que lo que importa no es cómo o cuándo te metes en faena. Toda una vida, media si nos ponemos matemáticos. Dos vidas, un par, si me meto en esa particular rama de las matemáticas que calcula el tiempo que tenía previsto estar pisoteando la el envés del planeta. Tres si cuento las veces que me he visto arruinado. En todos los sentidos. Arruinado de verdad, no en ese sentido restringido, el del ”tronco, estoy sin un duro”.
Qué te iba a decir. Ah, sí, que digo que ya nadie dice “tronco”, “duro ni “un parYo qué sé. Haber estudiao.
Un, dos, tres, catorce vidas y me vienen ahora con el cuento de que lo que importa es venir, venir para quedarse y, mucho más que todo lo anterior, quedarse de verdad. A las duras y a las más duras. Vivir para ver. En eso estamos. Aprendiendo estamos. En eso, en vivir, en aprender y en quedarse.
Y con un par de narices me quedo, literal, cada vez que pienso que hace nueve meses, el parto la burra, no, no creas, que estaba yo acercándome a unos colegas en el parque de Antonio Leyva. No, ese no, el otro, el que tiene un parque, una biblioteca y una peña que se junta a pegar voces por allí de vez en vez. Yo había ido a escuchar a otros recitar y me quedé.
Aquí viene parte del fruto de estos meses convulsos. ¡Que me gusta a mí esa palabra! ¡Convulsos! ¡Arrebato! ¡Que te como! ¡Basta!
Primera presentación, de verdad, cien por cien mía, en marcha, en caliente. Ojo; un millón de gracias a los que estaban, a los que están, a los que me ayudaron a auparme, a los que me ayudan y, claro, a ti. Y gracias también a los que dan por saco y a los que no están. Yo qué sé, todo suma. ¿Que no es verdad? Pos fale.
Ahora, mientras escribo esto, espero que lleguen los días en que presente (me), en La Casa Encendida, el Parque de las Cruces, la Antonio Mingote o el Aleatorio que, dicho sea de paso, conecta directamente con Antonio Leyva y sus colegas. Y mientras escribo esto que estoy pensando mientras escribo, pienso que ya he leído en un par de pubs, en algún que otro curso de creación literaria, en un par de librerías, o librerías-cafeterías, que desde los tiempos del café-concierto no hay quien siga la denominación de los establecimientos del ramo, en un festival en Almagro, en una entrega en Almansa, en unas fiestas de un patrón de no sé qué ciudad, en un par de bibliotecas de aquí y de allí y hasta en el roedor de la Bernarda. Alba, albor, alborada, clarear, como mi cabello desde que cumplí los dieciséis, quién los pillara, yo no, que son agotadores, que no tengo el roedor para tanta zanahoria y tanto farolillo, amanecida, aurora, madrugada, que ahora, siempre, me pilla dormido, maitinada, sin implicaciones, orto, mi favorito, por qué no decirlo. Vamos, que apunta el día a que me quedan muchos días escribiendo y dando la murga.
Como dicen unas que no parecen estar dispuestas a rendirse, voy despacio porque voy lejos. Insisto: Haber estudiao.

Cosas de la reflacción, segunda parte

Hace algún tiempo compartí con tod@s vosotr@s el comienzo de mi relato “Cosas de la reflacción”. Aquí os dejo una segunda entrega.

COSAS DE LA REFLACCIÓN

(Segunda parte)

Aparto la cafetera del precario calor de la vitro, meto media taza de leche en el microondas y enciendo el ordenador.

El pitido del calienta-leches llega cuando acabo de teclear la contraseña en el diálogo de la pantalla de bienvenida. Me siento bienvenido, bien hallado, mando al calcetín a la mierda y respondo cortesía por cortesía: “Hola, documento en blanco. ¿Qué ha sido de los folios, de la página en blanco? Ya hablaremos, ahora se aproxima una historia a las diez en punto, como en las películas de acción, francotiradores incluidos.”

Llegas pronto; eso me dice tu voz, apostada en el interior de mi teléfono móvil. No he comido nada desde; no, no he comido nada. Quedan restos de café en mi taza, la ropa sigue tendida, al final han pagado justos por pecadores. He abandonado el resto de prendas, como pensando en darle una lección a esa banda de corporativistas que, al fin y al cabo, han apoyado tácitamente la rebelión del calcetín prófugo. La ventana de la cocina sigue abierta. Entra el rumor de la lluvia. El rumor es a ratos leve y a ratos pura catarata, como el aire frío que también se desliza por toda la casa.

Un coche viejo, tuneado, con un alerón sobre-elevando la parte trasera, arriba, más arriba, con reggaeton de nueva cuña atronando, aún más alto. La calle vibra al ritmo del automóvil que vibra, lunas tintadas completamente subidas. Me imagino que el conductor no quiere dejar que lo que sale de los altavoces escape. Me digo que es una lástima que no consiga su propósito. No me dura mucho el pensamiento; aunque la calle es larga, el tipo circula a noventa, tal vez cien, kilómetros por hora. –Te vendrá bien salir un poco. ¿Has parado de escribir en algún momento?– Me callo. Tú y yo sabemos la verdad. Sonrío. Quedamos en que te recogeré en la estación. Saldremos a tomar algo. No, no me he separado del teclado ni un segundo, no he comido nada, no me he dado cuenta de que me estaba congelando, con la ventana abierta y la calefacción apagada, no he capturado calcetines ni doblado camisetas ni nada más que imaginarme muertos, anacondas y ajuares domésticos conspirando contra mi tranquilidad.

Entramos a comer en un bar de copas remozado, reconvertido en restaurante. Debemos darnos prisa; ha pasado la hora de los desayunos y, en breve, comenzará la de las primeras copas. Comparto contigo lo que estoy pensando. Ya no pienso en el conductor, en el pobre coche disfrazado, contra su voluntad, de calamidad. Ya no recuerdo el reggaeton, el pobre aislamiento de la cabina, el terco recubrimiento craneano del descerebrado que conduce ni cuánto me gusta cantar las bondades de los auriculares. Eso ya pasó. Ahora te miro a los ojos, alargo el brazo derecho para rozar la piel de tu mano izquierda y sonrío, solo un poco, despacio. –Por eso nunca quise poner un bar.–

Y sé que miento. Y tú sabes que miento. Y, si no lo sabes, estoy seguro que lo intuyes. Un tipo como yo ha tenido que penRendez-bluessar, más veces que un par, en poner un bar.

Lo pensé cuando empecé a beber. Lo pensé, lo pensamos, unos pocos, unos cuantos. Lo hablamos entre nosotros, desconocidos, desconectados los unos de los otros. Incluso lo dije en voz alta. Pero, claro, esos eran los tiempos en los que pensaba que mi destino, inefable, inevitable, incomprendido, inconfesable, era ser anarquista. –Tiene gracia.–

Te lo digo. Digo eso, aunque sé que maldita es la gracia que tiene. Creo que, en un momento dado, la cosa parecía divertida. Te cuento, como ya hice otras veces antes de hoy, cómo me imaginé en su momento mezclado en un puré, junto a un reducido grupo de inconscientes, tirados por el suelo, esparcidos a ambos lados de una barra. Nadie más que yo, de entre ese grupo de jóvenes emprendedores, conocía la palabra “anarquía”. Nadie, yours truly incluido, intuía siquiera el alcance del término. Pero bebíamos, pasábamos el rato y, por encima de todo, compartíamos el miedo a volver a la realidad que nos había tocado vivir. Y, como bebíamos, todos los jóvenes emprendedores que acariciábamos la posibilidad de poner un bar, sin licencias, sin permisos, sin salidas de humos, ni de emergencia, nos imaginábamos a nosotros mismos esparcidos por el suelo, rozando el coma etílico, mientras nuestro precario establecimiento era saqueado, seguramente por otros que se hacían llamar amigos.

Así que decido no seguir por ahí, no mentirte, no decirte que nunca quise abrir uno, porque un bar es muy esclavo.

 

“Cosas de la reflacción” abre mi recopilatorio de relatos “Rendez-blues al borde del realismo sucio”. Si te apetece hacerte con una copia dedicada, solo debes dirigirte a mi página: CARLOS BUENO-LEÓN. En pocos días la podrás disfrutar en casa… o donde quieras.

 

Carlos Bueno-León

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