El Tubo

– ¡Santo Dios, mirad! – alarmé.
– ¡¿Qué coño es eso?! – gritó estupefacto uno de los cinco amigos que me acompañaban.
– ¡¿Para qué demonios servirá?! – con más temor que duda, exclamó otro.
– ¡Qué cosa más extraña…! ¡Dios! ¡qué raro es! – como hablando por todos.

En los límites de la curiosidad, sentí la sangre desbocada por mis venas. Habíamos dado tantos motivos…
Se oyó un ¡No lo toquéis, por favor!, y en ese instante, me sentí por fin completamente obligado. Mi mente dijo: “Tus órdenes son deseos”.
Me agaché y cogí el tubo. No escuché nada, pero tampoco puedo negar que se hiciesen comentarios. Acerqué el tubo hasta uno de mis ojos y miré dentro: Estaba oscuro, muy oscuro. Agudicé mi vista hasta el umbral de lo casi imposible, y sé que dije: “Parece que hay algo vivo”. Con el ojo libre vi cómo se marchaba el único amigo que aún quedaba. Creo que se despidió con un ¡Hasta Nunca!, y creo, también, que yo ni siquiera lo hice.
Fuertemente agarrado, y sin separarlo de mi ojo, subí a casa y me acosté en la cama.
A oscuras, en silencio, tumbado, y solo, forcé toda mi energía vital intentando profundizar más y más en el tubo. No puedo asegurar si en algún momento, debido al cansancio, me adormecí unos segundos. Pero lo cierto es que estaba despierto y bastante relajado.
De pronto, sentí el tacto de mi cabeza. Moví ligeramente el cuerpo y ocurrió lo mismo. Fue la primera vez que el miedo empezaba a brotar de mis entrañas… No comprendía nada, pero el pánico iba apoderándose de mí: un silencio abisal… oscuridad absoluta… una gota muy fría deslizándose desde mi nuca… y lo más terrible de todo… la agonía de que aquello fuese el paso hacia la inexistencia, el Vacío.
Justo al borde de qué sé yo… como una lejanísima estrella de salvación, apareció un pequeño punto de luz. ¡Dios!, con todos mis sentidos más excitados que nunca y una fuerza increíble, me aceleré hacia la Luz.
No podía pensar, no debía sentir, sólo necesitaba llegar, ¡por Dios!, llegar…
Poco apoco, el punto luminoso se fue haciendo más y más grande. Casi lo tocaba… ¡la salida!, ¡gracias!, ¡la salida!, casi no veía…
Pero, a punto de llegar al final… quedé inmóvil, atónito, rígido, muerto.
Un inmenso ojo me observaba. Tras de sí, una voz gritaba con asombro: ¡Santo Dios, mirad!, ¡Parece que hay algo vivo aquí dentro!

 

(A todas aquellas instituciones, sustancias, personas, etc… que provoquen una alienación del ser humano)

 

Cosas de la reflacción (fragmento)

Cosas de la reflacción

(fragmento)

 

Puta mierda. Hace un frío del demonio. Te has marchado y ni siquiera me he enterado. No hay café. Hecho. No hay café hecho. Me tiemblan los brazos y me duelen las manos al intentar girar las dos piezas de la cafetera. Me acuerdo del tendero al que le compramos el café. “¿Molido?”. Nomolidonoloquieroengranoporqueahoraalavejezviruelasmevoya-dedicaramascarcafédekenia. “¿Y qué cafetera tienen ustedes? Mire, ¿es una de…”. No le dejo terminar. Nunca le dejo terminar. No digo que tenga que conocerme, ni acordarse de mí, que tampoco yo le cuento chistes, ni le doy el aguinaldo, ni le pregunto por sus hijos, ni sé si tiene hijos, una cobaya o un piso lleno de cadáveres de gatos callejeros pero, en serio, por amor de dios, de ese mismo dios en el que técnicamente, ni tú ni yo creemos, me meto en la tienda una vez por semana, a veces algo más a menudo y siempre, siempre, joder, siempre, pido dos paquetes, de cuarto cada uno, medio kilo, coño, medio kilo, separado en dos paquetes, molido fino, para cafetera italiana, para la cafetera esa que nos costó un riñón en el tienduco aquel del mercado de Barceló, que ya nos vale también a nosotros, con la excusa de lo felices que nos hace vagabundear por la ciudad, vamos y le compramos una cafetera a un menda que anuncia descuentos del veinte por ciento que, una vez aplicados, dan un total de atraco a mano armada con noventa y nueve céntimos. “¿Efectivo o tarjeta?” Tarjetaquevoyapagarlacafeteraaplazosjuntoconlafacturadelfisioporquenosécómosehaceparanocerrarlaputacafeteracomosifueraunrefugioantinuclear.

Ya está; cafetera abierta, restos de café húmedo por toda la encimera, la mano izquierda, cómo se llamará la parte de la palma de la mano que está justo antes del dedo gordo, hecha unos zorros.

Antes de seguir con la retahíla de lo asombrosa que me resulta la cortesía de la gente en general, del vendedor de café, cafeteras, italianas algunas, otras no, y pasteles secos y tradicionales, me digo a mí mismo que, puede ser, solo puede ser, no me he levantado con el mejor humor esa mañana en concreto. Me digo que hay que recoger la ropa de la cuerda, que está empezando a llover y, dicho y hecho, dejo el café en el fuego, ojalá, en la vitro, qué cosa más anti-natural la vitro y los microondas, sobre todo en una casa que solo tiene una cafetera italiana, y me echo a la ventana abierta de la cocina.

Habré quitado unos calzoncillos, un pantalón y dos o tres calcetines, cuando un camión que se aleja por nuestra calle me roba la atención y, de paso, el mal humor. Circula con el portón trasero levantado. Ni grande ni pequeño, un camión con un portón que facilite la carga y descarga. Se ve un montón de bultos voluminosos envueltos, tal vez embolsados, en telas de color carne. Sucio, con la carga amontonada y el portón abierto, el camión llega a la esquina de la callecita en que vivimos, se detiene y los bultos se agitan un momento. Apenas una convulsión mínima, efecto de la inercia, como mi sombrío despertar. Hace frío. Me imagino que hay seres vivos, quizá seres muertos, en el interior de aquellos sacos marrones. Pienso en animales, tal vez humanos, seguramente grandes anacondas. ¿Las anacondas son las grandes, las que enrollan sus enormes corpachones alrededor de sus presas, las que asfixian al incauto que ha caído en la trampa justo antes de tragarlo entero?

Suena la cafetera, el camión desaparece de la vista, después de estar a punto de chocar contra un coche que ya se aleja a toda velocidad por la perpendicular. ¿Lo que escupen los altavoces del coche es reggaeton? Sacudo la cabeza. Antes de volver a meterla en la terraza, me tiembla la mano derecha. Un calcetín se desprende de mi presa, como los sacos marrones del camión, el café viejo de la cafetera o el reguetón. No pasa nada. Solo tengo que bajar a la calle, mojarme un poco, ya llueve copiosamente, recoger el calcetín y volver a casa. Dejo la ropa recogida sobre la cama y vuelvo a asomarme por la ventana. Juraría que el calcetín se burla de mí, desde su refugio en lo alto de una tubería de gas, a la distancia exacta para que sea imposible alcanzarlo. Cuánta precisión desde primera hora de la mañana. Qué bien me vendría ahora mismo una anaconda, una copa o un café.

 

Catálogo Biblioteca Antonio Mingote, Madrid

“Cosas de la reflacción” es el germen de la novela cuya última revisión abordo durante estos días. Igualmente, forma parte del recopilatorio de relatos propios “Rendez-blues“.

Sobre el acantilado

SOBRE EL ACANTILADO

Sobre el acantilado, el aire que nutre la respiración se vuelve más puro, el cielo parece estar tan bajo que casi aparenta poderse alcanzar con las yemas de los dedos, los rayos del sol inciden sobre tu rostro de tal forma que parecen llegados de tan solo a unos metros de distancia. El acantilado te hace libre, te purifica, te invade de un sosiego que difícilmente se podría lograr en cualquier otro lugar.

Quizá lo más imponente del acantilado sea contemplar la inmensidad del mar desde la altura. Cuando estás allí arriba, todo lo que la vista es capaz de contemplar, si miras hacia el frente, es mar. Una grandiosa amalgama de aguas que se agita victoriosa, tiñendo el horizonte de diversas tonalidades de índigo, se presenta ante ti como lo que verdaderamente es, desnuda y sin atavíos, una auténtica maravilla de la naturaleza. Si agudizas el oído, puedes escuchar la majestuosidad de las olas al estrellarse contra las rocas situadas en los bajos de la ladera, en un perfecto símil de los rugidos de un bárbaro león. De vez en cuando, el graznido de una gaviota, que planea casi a la altura de tu cabeza, interrumpe el estremecedor silencio que reina en el lugar. Solo el ulular del viento, casi siempre presente, llena el vacío auditivo causado por la lejanía de la civilización.

El acantilado es un escenario sublime para disfrutar de la propia soledad. Es el lugar ideal para huir cuando las obligaciones cotidianas te sobrepasan o cuando la melancolía se apodera de tu ser. Suelo hacerlo casi todas las semanas, habitualmente los viernes al anochecer, en busca de la serenidad que me es privada durante el resto de los días. Siempre regreso a la jungla urbanita dispuesto a sobrevivir al menos durante una semana más.

En ocasiones el acantilado te embruja. Hoy, por ejemplo, sentado sobre el borde como me gusta hacer, envuelto en una quietud que desearía durase por siempre, siento su llamada. El mar, al fondo del abismo, entona un cántico similar al de las sirenas, que penetra en mis oídos como si de un llamamiento celestial se tratase. Me izo sobre mis piernas y, con la mirada dirigida hacia el horizonte, donde un apacible sol se dispone a morir sobre las aguas, extiendo mis brazos en horizontal. Siento la fuerza del viento golpear en mis mejillas, purgando de mi semblante los últimos retazos de desazón que hubieran podido perdurar. Escucho el dulce murmullo del agua al pronunciar mi nombre desde las profundidades.

Sin reflexionar ni un segundo más de lo necesario, un ligero vaivén de mi cadera me proporciona el impulso adecuado para proyectarme hacia el vacío con suavidad y precisión. Y, con los brazos aún extendidos, gozo de la sensación de liberación que otorga la caída libre, mientras una sonrisa plena de satisfacción comienza a formarse en mi rostro a la par que mi cuerpo se precipita hacia el mismo piélago infinito que supondrá el óbito del sol. Y el mío propio.

El acantilado te hace libre, te purifica.

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