Una historia cualquiera.-Capítulo I

Una historia cualquiera.-Capítulo IMi niño, sométeme como solo tú sabes hacerlo, despacio, sin prisa, saboreando el momento, desprendiendo de mi piel las caricias que en ella viertes, déjate llevar, bebe los vientos, recorre cada pliegue en los que oso esconder mi ser.
No cejes en tu empeño, sin ser presa del tiempo, descubre el momento en el que en un desenlace mis entrañas y las tuyas sean uno y cubras mis vergüenzas.

Contraluz
Abeto

Piel y reflejo
Ser

Son las palabras en que se baña mi mente cuando el alba llega y en tu regazo dormito.
El contraluz de nuestra silueta en el ventanal de nuestra habitación.

Abeto, el del jardín que en nuestra casa hay, junto a la piscina, donde los pequeños murciélagos se alojan a vivir para cada anochecer descender a calmar su sed con el agua de la piscina.

Quizás aquel bajo cuya sombra descansarán nuestros cuerpos, algún día, creo que ya cercano.

Será deseo expreso de nuestros hijos, que posiblemente nunca visitarán nuestra tumba.

Nuestro deseo es ser ceniza al viento, tal vez abono que ayude a la madre tierra a germinar nueva vida

Tú, yo sin más.

Piel y reflejo, las caricias de tus dedos en mi piel, el reflejo de mi pupila en ese océano que son tus ojos.

Ser, la luz que prende en tus ojos cuando me miras, la vida que haces que sea presencia continua.

Cada mañana sin descontar ninguno, aunque sea festivo, nuestros pies pasean despacio por ese lugar sereno, hermoso paraíso donde la ciudad desaparece, las prisas y el ruido son espejismos.

Coincidimos casi siempre con las mismas personas que de sus labios desprenden un buenos días, hola e incluso ¿Cómo marcha la vida? No son palabras huecas que vuelen cuando el viento mece un poco sus caricias; esperan con calma nuestras respuestas. Humanidad se llama si no recuerdo mal. Comunicación y educación, tal vez, cuelgan todas de la misma rama.

Son los más tempraneros, los perros que disfrutan plenamente del lugar, siempre ambos, dueño y perro educados y pendientes por si a algún otro paseante no le atrae este amigo del hombre que desprende cariño y compañía siempre, sin pedir nada a cambio.

Hace unos años, pensamos coger un cachorrito del que un vecino no podía ocuparse, pero tomamos, creo, una decisión acertada ¿y si no podíamos en unos años cuidar de él?

Ahora sobre nuestro (es curioso, hay cuatro bancos más en la plazoleta, pero siempre nos sentamos en el mismo, no, si ya lo decía algún refrán creo, el hombre animal de costumbres es) banco de madera que ambos ocupamos, jugábamos a una partida de cartas, con cuidado no decidan juguetear ellas con nosotros al escondite, resbalándose por los pequeños huecos que entre las maderas quedan.

Dices en voz alta, con algarabía, pintan los reyes, se ilumina mi pupila con tu presencia.

Dos manos cuya piel arrugada por el paso de los años se entrecruzan, acompasan esos pasos cuyas huellas caminan juntas desde hace tanto tiempo que su mente no recuerda su momento.

Solo sabe que es su paz y su deleite, su bastión y compañía.

Apenas fluyen las palabras, ya se dijeron todo, la mirada, la fuerza del agarre de manos dicen más que el movimiento de sus labios, allí no hay mentiras que esconder, la verdadera esencia fluye sin más.

Continuará…




Marijose.-

Rosa Eterna

 

Se agotaron los segundos de espera.

Una nueva alma sería acompañada por aquel ángel, cuya misión era guiarlas hacia el camino del cielo.

Aunque las señales emitidas por la estrella polar, las que marcaban el momento preciso, parecían más confusas, inició su intrusión hacia el lugar del encuentro.

Su vista agradeció la calidez del lugar, después de haber visitado cientos de frías salas de hospital o desangeladas habitaciones de algunas residencias, donde una mera cama y un simple cuadro de algún paisaje de dudosa belleza, trataban de dar una sensación acogedora jamás lograda.

Ese lugar lleno de color parecía conseguir hacer un poco más llevadera su dura misión.

Fue al adentrase en la habitación cuando un latigazo recorrió por completo su espalda, sus oídos solo percibían un intenso zumbido y su vista algo nublada apreciaba cómo surgían imágenes a las que no podía dar ninguna estructura.

Extrañado, pero más preocupado por no llegar tarde al momento donde recoger aquel alma y evitar que quedara perdida, consiguió llegar a los pies de la cama. Parado, frente al cuerpo inerte que yacía sobre ella, fue cuando se hicieron aun más fuertes aquellas sensaciones, se alargaron sus visiones hasta comenzar a reconocer que aquellas imágenes pertenecían a una parte de sus recuerdos de su vida terrenal.

-¿Qué ocurría?. ¿Quién era ella?, se preguntó.

No conseguía ver entre aquellas imágenes a quien observaba detenidamente. Sencillamente era alguien más de cuantos había recogido, jóvenes, mayores, jamás había cuestionado ninguna misión.

Seguían sucediéndose cientos de imágenes, tantas como dudas le embargaban, y en una de ellas apareció el lugar donde él se encontraba. Conocía aquella casa, él había vivido allí.

Trató de encontrar entre algunas de las fotos de la mesilla alguna donde poder reconocerse.

Pasó sus manos levemente por cada pared de la habitación, tratando de percibir toda la historia guardada en ellas, sin obtener ninguna respuesta.

Se acercó a ella, preguntándose si era la clave de todo lo que le estaba ocurriendo, y comprobó que respiraba levemente.




Retrocedió rápidamente. No era el momento, se había anticipado.

El zumbido en sus oídos cobró aun mayor intensidad hasta hacerse completamente insoportable, hasta arrodillarle junto a la ventana por la cual pretendía escapar.

Las imágenes se aceleraron como flashes surgidos de un relámpago hasta llegar a una de ellas.

Y cuando parecía que el zumbido acabaría con él, fue bajando de intensidad para terminar por desaparecer por completo. Aunque no desapareció aquella imagen donde se había parado todo.

Su imagen coincidía con lo que aquel ser sujetaba en una de sus manos. Una hermosa rosa de un intenso color rojo.

Junto a ella, una nota escrita, llena de palabras distorsionadas por cuantas lágrimas cayeron sobre el papel:

“Tengo mi recuerdo anclado a ti. En aquella despedida que debía ser breve y resultó ser eterna.

Y aunque no te culpo, aun continúo preguntándome porqué no me dejaste ir contigo.

Guardo cada instante de aquella mañana, incluida aquella rosa de intenso color rojo que no he dejado marchitarse, comprando cada día una igual que ella.

Te empeñaste en ir tú solo a recoger los billetes para aquel viaje que debía ser el que terminara de reconciliarnos.

Mil veces te pedí perdón por mi engaño y mil días he estado perdonándome a mí misma.

Tu última imagen, trayendo el desayuno adornado con aquella rosa, es lo único que veo día tras día junto a esa otra imagen, donde solo me confirmaron que te habías marchado para siempre.

Si hubiera ido yo también en el coche, me habría marchado contigo, nos hubiéramos marchado los dos, allí donde quiera que estés ahora.

Y ahora soy yo quien quiere hacer ese viaje, para salir a buscarte y olvidar estos malditos cinco años sin ti.

Olvidar cada segundo de cada día desde que te marchaste. Poder saborear tu último beso eternamente…”

Lentamente, todos los momentos que allí vivió pasaron por delante de él. Entendió las señales confusas que la estrella polar emitió.

Había llegado anticipadamente, y en él estaba la decisión de esperar, dejando que su vida acabara, o devolverle la vida y volver a despedirse de ella.

En el último anhelo de vida se acercó, esperando no ver surgir de su cuerpo aquel alma que había venido a buscar.

Colocó las manos sobre su pecho, reuniendo todas sus fuerzas hasta conseguir que aquel corazón casi muerto fuera recobrando el ritmo e ir grabando en cada latido su mensaje:

“No te culpes amor mio, la noche anterior a mi accidente pasó por mis sueños ese momento, y cuando desperté ya había decidido que fuera mi vida la única que acabara. Que tú no deberías pasar por el tránsito tan duro para ganarte la paz en el cielo, como el que me tocaría pasar a mí.

A pesar de que no llegué nunca a entenderlo, sabía que así era como tenía que suceder, aun desconociendo cuáles serían las consecuencias para ti.

Y ahora ya lo he conseguido. Seguiré a tu lado de diferente forma, y sabrás que es así cuando esa hermosa rosa no se marchite nunca y luzca bella con su intenso color rojo…”

Rosa Eterna

 

Ve más allá

Ve más allá

Rozaba la medianoche, acababa de salir de trabajar como cada día, aunque hoy era más tarde, se había tenido que quedar a hacer balance, ¡Justo hoy! Que hacía una noche de perros, lloviznaba, esa agua fina que no moja pero cala hasta los huesos.

No se veía a nadie por la calle,

—¿A quién se iba a ver en una noche así? —se hablo así misma, más para darse ánimos que por otra cosa—  estamos a últimos de octubre, noche de todos los santos y un pueblo pequeño como este.

 

Las supersticiones eran algo normal en poblaciones como aquella, pero en el pueblo de “Ve más allá” —vaya nombre para un pueblo— quién sería el que lo puso. Era la ley de su subsistencia.

Al pasar por la plaza del pueblo justo al lado del bar del señor Paco entre las cajas y las bolsas de basura. Salio un gato corriendo y se le cruzo por delante. Aquello hizo a Linda pararse y algo en el interior de su mente le hizo ¡clic! y todas las alarmas se le encendieron, comenzó a temblar, paralizada como estaba, no podía más que mover los ojos de un lado a otro.

¿Todo por un gato? Sí, por un gato, un gato negro como el azabache, algo que parecía inverosímil en aquella población.

Una ley municipal tenia totalmente prohibido la cría de animales de este color, cuando una gata paría uno/a, sacrificaban toda la camada, para que los genes no se transmitieran y las madres eran esterilizadas, para evitar que volviera a parir crías de ese color. En todo “Ve más allá” solo había gatos blancos como la nácar, grises, marrones, atigrados, listados, pero negros, ninguno. ¡Hasta hoy!

Linda hizo un esfuerzo e intentar vencer su miedo y comenzó a andar de nuevo, despacio, mirando a todos los lados de la plaza. Ella decía no ser supersticiosa y veía aquello antinatura en aquellos tiempos que corrían, pero una cosa es lo que se decía y otra muy distinta lo que su mente decidía y hoy había decidido serlo.

Dejo atrás la plaza y cogió la calle de la derecha que la llevaba al parque, tenia que cruzar este para llegar cuanto antes a su casa, o bien dar un rodeo bordeándolo, lo que le haría perder unos quince o veinte minutos. Así que opto por la vía más rápida y se interno en el sendero que cruzaba justo en medio del parque. Los árboles movían ligeramente sus ramas con la brisa de la noche, y en la umbría que creaban sus ramas se notaba más frío que en el exterior. Linda se abrocho el abrigo hasta el cuello y metió las manos en los bolsillos. Continuo su camino intentando apresurar el paso, pero no podía dejar de mirar a su alrededor como quien busca algo, y a cada sonido que oía, se quedaba parada intentando averiguar su procedencia.

Casi había llegado a la fuente que corona el centro del aquel inmenso espacio verde, donde confluyen los cuatro caminos que lo atraviesan. Al llegar a escasos cincuenta metros de la fuente vio un resplandor, ¿Habría alguien allí a esas horas? Se pregunto. Miró hacía atrás como preguntándose si no sería mejor volver y rodear el parque, aunque le llevara más tiempo, pero al mirar y ver la negrura que cerraba el camino se sintió peor aún, era como si alguien hubiera ido echando un velo completamente negro a su paso, no se veía más allá de cinco metros.

Se encontraba en un estado de nervios, que si crujía una hoja, se encaramaría en el primer árbol de un solo salto. Dio unos pasos hacia el resplandor que llegaba cada vez con más nitidez. Al alcanzar el final de los árboles y ver el claro que hacía el centro del parque con la fuente vio a varías personas con túnicas totalmente negras, con capuchas, pero lo que realmente la dejo helada literalmente, eran sus caras, totalmente blancas, brillaban a la luz de las antorchas que portaban en las manos, como el suelo de un museo recién pulido.

Al principio pensó que eran mascaras y que algunos jóvenes del pueblo estaban haciendo alguna de las suyas, para celebrar la noche de Halloween, pero se dio cuenta que no era así. Que no eran mascaras, sino la palidez de sus rostros, blancos y fríos como el mármol.

Miraba hacía todos lados intentando buscar un lugar por el que pasar sin tener que cruzar por delante de aquél grupo tan extraño. Cuando por el rabillo del ojo vio que algo se movía a su derecha, giro la cabeza y vio al gato negro que se dirigía derecho al centro de aquellas personas. Dio unos pasos más escorándose hacía la izquierda por donde parecía que podría cruzar sin tener que acercarse demasiado al grupo, que seguía como en trance, moviendo el cuerpo al ritmo de un salmo o rezo que estaban recitando todos a la vez.

 

Linda logro oír parte de lo que salmodiaban

 

Noches de luna llena.

Noches oscuras.

Noches de brujas y magos.

Ven a nosotros, acércate.

Deja de luchar, te vamos a coger.

Déjate llevar, él te esta esperando.

Viene a buscarte ya….

 

Mientras se alejaba de aquel grupo de locos, alcanzo el sendero que llevaba al norte, y se quedo dudosa en coger este camino y perderse de una vez por todas en su interior, salir de aquel parque cuanto antes, pero cuando fue a entrar en él, el gato negro — ¿Era el mismo, o sería otro? No estaba para acertijos ahora— Se encrespo, erizándosele todos los pelos del lomo y bufando de tal forma que Linda sintió pánico, reculo hacía el centro del parque viéndose rodeada por aquellos seres de rostro marmóreo con su cántico hipnótico.

Cerraron el circulo a su alrededor, mientras Linda presa del terror, se quedaba inerte en un estado de shock. Continuando con el cántico que ahora llegaba claramente a los oídos de la chica.

 

… Él será tu salvador.

Él será tu nuevo dios.

A él te abrirás, un hijo le darás.

Da un paso más hacía él.

Ve más allá.

Ve más allá.

 

De repente sintió unos golpes sordos. Toc, toc. Como si alguien golpeara en un cristal. Linda abrió los ojos aturdida. Se encontraba en la tienda, sentada en el taburete que tenía detrás del mostrador, parecía que se había quedado dormida mientras terminaba de realizar el balance del día anterior. Su cabeza parecía que le iba a estallar del dolor que tenía. Miro hacía la cristalera y vio a su compañera haciéndole gestos para que la abriera la puerta.

Aturdida como estaba, recordó lo que había sucedido la noche anterior, no sabía como había llegado de nuevo a la tienda. Pero era todo tan vivido, que dudo que fuera un sueño o más bien una pesadilla.

Es su cabeza aún resonaban aquellas tres palabras que daban nombre a su pueblo.

 

Ve más allá.

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