Ensancha el alma

Ensancha el alma” es un evento cultural que, para quienes aún no lo sepan, lleva dos años dando mucha vida al Parque de las Cruces, a los distritos de Latina y Carabanchel, a los barrios de Las Águilas, Aluche, Cuatro Vientos, Carabanchel y, en general, a Madrid como ente urbano, diverso y cultural.

El “Ensancha” y su gente tienen mucha ciencia y, bondad infinita, se lo trabajan para que la poesía, música y actividades culturales y lúdicas de todo tipo se den la mano con la gente maravillosa de la ciudad y alrededores.

Aquí os dejo la primera parte de mi humilde aportación al 2º Ensancha el alma

Sed felices.

Cara Veloz

Cara veloz

Como cada sábado, Julián hacía bramar su descapotable azul turquesa por la avenida de la alameda. El aire le golpeaba la cara con furia, mientras su acostumbrada terapia contra la timidez le concedía el honor de ser observado allá por donde pasara, para asombro de transeúntes y envidia de los que no manejan millones.
– ¡Ja! ¡Ja! ¡Jódete, cabrón! – mientras esquivaba vehículos a una velocidad propia de videojuego. Mascullando el riesgo conseguía rebajar un poco los efectos del vodka rojo que había estado tragando con Pedro media hora antes.
– A ver si se van las pavas, tío… – comentaba Pedro entre entusiasmo y nervios.
– ¡Je! ¡je! – pleno de vanidad – En dos minutos estamos en el bar,
¡déjamelo a mí! – alegaba al control de las circunstancias, como diciendo:
¡Tranquilo! Voy a domar a esta bestia… Al final la venceré. No te preocupes.
– ¡No! ¡No! ¡Ese no te lo saltes! – gritó el copiloto, mientras sus
palabras quedaban mudas después de rebotar sin interés en los oídos sordos de un Julián excitado.
La impotencia, con un gesto peculiar en su enfadado labio inferior, acompañaba siempre a Pedro cuando éste lanzaba al viento alguna indicación y no era atendida. Pero la impertinente realidad no era otra que un Julián absorto, abriéndose paso vertiginosamente por el nocturno asfalto de Valencia con su máquina de poder.
– ¡Antes de llegar, follamos! ¡Ja, ja, ja! Con este coche caen todas… ¡Je!
¡Je! – reían borrachos, entre bromas de hombres y chistes machistas.
En ese momento, justo cuando volaban cruzando el puente, emergiendo de la nada en un golpe de luz hipnotizante, una niña de no más de diecisiete años, vestida de cuero sobre la majestuosa montura de una Harley recién comprada, les lanzó de golpe a la vista el gesto internacional de “¡Jódete, cabrón!”, con el puño cerrado y el dedo índice en punta afilada de esmalte camaleónico de mujer provocadora.
– ¡La puta pantera quiere follar! – pronunció Pedro, evidenciando la situación.
Clavó el pedal del acelerador, intentando meterle el pie por el culo, y pisó hasta el fondo. Un rugido animal brotó de su fálica extensión de acero. Y la velocidad campó a sus anchas por el puente.  El viento sobre la cara era el aliento gélido de la motorista culona. Las bocanadas actos de fe ciega por alcanzar a verle el rostro. Los motores gargantas huecas de dragones al servicio humano… Inmersos en semejante desafío, los dos amigos olvidaron el semáforo siempre rojo que hay al final del largo túnel.  Apretaba la palanca de cambios y se sofocaba, mientras Pedro, cómplice callado, restregaba la suya. El casco negro giraba hacia ellos a intervalos estudiados, y los ojos absortos de éstos seguían sin poder acceder a la hermosísima cara de su interior.
– ¿La has visto…? ¡Es fea!  ¡Muy fea! – exclamó. Y empezó a toser.
– ¡Que te ahogas, tío! – intentando calmarle Julián.
En ese instante, un frenazo siniestro lanzó a Pedro contra el limpiaparabrisas, atravesándolo y matándolo contra el suelo. La cabeza aturdida de Julián contemplaba borrosa a una mujer acercándose a ellos, agachándose hasta su rostro y diciendo: “Uno… Me refería a que sólo morirá uno… ¡Esta vez has tenido suerte, capullo! Y, antes de que tuviese tiempo para reaccionar, la mujer se quitó el casco lentamente hasta mostrarse: Un cráneo amarillento de largo cabello, podrido y oloroso como la muerte, miraba a Juan tumbado en el suelo, sangrando inconsciente, entre el rugido aplacado de las fieras de metal, unas botas camperas de piel de serpiente y el destello azulado de su prominente e hipnótico culo de mujer asesina.

Cosas de la reflacción, segunda parte

Hace algún tiempo compartí con tod@s vosotr@s el comienzo de mi relato “Cosas de la reflacción”. Aquí os dejo una segunda entrega.

COSAS DE LA REFLACCIÓN

(Segunda parte)

Aparto la cafetera del precario calor de la vitro, meto media taza de leche en el microondas y enciendo el ordenador.

El pitido del calienta-leches llega cuando acabo de teclear la contraseña en el diálogo de la pantalla de bienvenida. Me siento bienvenido, bien hallado, mando al calcetín a la mierda y respondo cortesía por cortesía: “Hola, documento en blanco. ¿Qué ha sido de los folios, de la página en blanco? Ya hablaremos, ahora se aproxima una historia a las diez en punto, como en las películas de acción, francotiradores incluidos.”

Llegas pronto; eso me dice tu voz, apostada en el interior de mi teléfono móvil. No he comido nada desde; no, no he comido nada. Quedan restos de café en mi taza, la ropa sigue tendida, al final han pagado justos por pecadores. He abandonado el resto de prendas, como pensando en darle una lección a esa banda de corporativistas que, al fin y al cabo, han apoyado tácitamente la rebelión del calcetín prófugo. La ventana de la cocina sigue abierta. Entra el rumor de la lluvia. El rumor es a ratos leve y a ratos pura catarata, como el aire frío que también se desliza por toda la casa.

Un coche viejo, tuneado, con un alerón sobre-elevando la parte trasera, arriba, más arriba, con reggaeton de nueva cuña atronando, aún más alto. La calle vibra al ritmo del automóvil que vibra, lunas tintadas completamente subidas. Me imagino que el conductor no quiere dejar que lo que sale de los altavoces escape. Me digo que es una lástima que no consiga su propósito. No me dura mucho el pensamiento; aunque la calle es larga, el tipo circula a noventa, tal vez cien, kilómetros por hora. –Te vendrá bien salir un poco. ¿Has parado de escribir en algún momento?– Me callo. Tú y yo sabemos la verdad. Sonrío. Quedamos en que te recogeré en la estación. Saldremos a tomar algo. No, no me he separado del teclado ni un segundo, no he comido nada, no me he dado cuenta de que me estaba congelando, con la ventana abierta y la calefacción apagada, no he capturado calcetines ni doblado camisetas ni nada más que imaginarme muertos, anacondas y ajuares domésticos conspirando contra mi tranquilidad.

Entramos a comer en un bar de copas remozado, reconvertido en restaurante. Debemos darnos prisa; ha pasado la hora de los desayunos y, en breve, comenzará la de las primeras copas. Comparto contigo lo que estoy pensando. Ya no pienso en el conductor, en el pobre coche disfrazado, contra su voluntad, de calamidad. Ya no recuerdo el reggaeton, el pobre aislamiento de la cabina, el terco recubrimiento craneano del descerebrado que conduce ni cuánto me gusta cantar las bondades de los auriculares. Eso ya pasó. Ahora te miro a los ojos, alargo el brazo derecho para rozar la piel de tu mano izquierda y sonrío, solo un poco, despacio. –Por eso nunca quise poner un bar.–

Y sé que miento. Y tú sabes que miento. Y, si no lo sabes, estoy seguro que lo intuyes. Un tipo como yo ha tenido que penRendez-bluessar, más veces que un par, en poner un bar.

Lo pensé cuando empecé a beber. Lo pensé, lo pensamos, unos pocos, unos cuantos. Lo hablamos entre nosotros, desconocidos, desconectados los unos de los otros. Incluso lo dije en voz alta. Pero, claro, esos eran los tiempos en los que pensaba que mi destino, inefable, inevitable, incomprendido, inconfesable, era ser anarquista. –Tiene gracia.–

Te lo digo. Digo eso, aunque sé que maldita es la gracia que tiene. Creo que, en un momento dado, la cosa parecía divertida. Te cuento, como ya hice otras veces antes de hoy, cómo me imaginé en su momento mezclado en un puré, junto a un reducido grupo de inconscientes, tirados por el suelo, esparcidos a ambos lados de una barra. Nadie más que yo, de entre ese grupo de jóvenes emprendedores, conocía la palabra “anarquía”. Nadie, yours truly incluido, intuía siquiera el alcance del término. Pero bebíamos, pasábamos el rato y, por encima de todo, compartíamos el miedo a volver a la realidad que nos había tocado vivir. Y, como bebíamos, todos los jóvenes emprendedores que acariciábamos la posibilidad de poner un bar, sin licencias, sin permisos, sin salidas de humos, ni de emergencia, nos imaginábamos a nosotros mismos esparcidos por el suelo, rozando el coma etílico, mientras nuestro precario establecimiento era saqueado, seguramente por otros que se hacían llamar amigos.

Así que decido no seguir por ahí, no mentirte, no decirte que nunca quise abrir uno, porque un bar es muy esclavo.

 

“Cosas de la reflacción” abre mi recopilatorio de relatos “Rendez-blues al borde del realismo sucio”. Si te apetece hacerte con una copia dedicada, solo debes dirigirte a mi página: CARLOS BUENO-LEÓN. En pocos días la podrás disfrutar en casa… o donde quieras.

 

Carlos Bueno-León

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