Baila, bailarina

BAILA, BAILARINA

Cada sábado por la mañana conduzco cien kilómetros hasta la que fue mi antigua academia de danza. Ahora ya no es más que un local abandonado a las afueras de la ciudad desde que la directora, Elisa, se jubiló hace ya varios años, pero gracias al destino se conserva en perfecto estado desde entonces. No ha sido derruido ni ocupado y las viejas cristaleras con vistas al bosque se mantienen intactas. Para mí este lugar es como la fuente de la eterna juventud, si tuviese que dejarlo me hundiría por completo.

Cada vez que me adentro en su interior y comienzo a subir las escaleras, me parece escuchar con nitidez las voces de las chicas y chicos de la escuela, siempre alegres y activos. Aquí nunca había silencio. La música siempre estaba presente, sin parar ni un segundo, ni siquiera entre clases. Pasé muchísimas horas en este lugar, años de esfuerzo, lágrimas y alegrías, pero sobre todo lágrimas, muchas lágrimas. Pies destrozados, sangrantes, solo por perseguir un sueño.

Pero era mi sueño y nada me iba a impedir conseguirlo. O eso creía yo, en mi ingenuidad. Llegué lejos, más lejos de lo que os podáis imaginar. Yo no era de esas niñas que van a la escuela de danza para pasar el rato. Yo lo daba todo, en cada clase, en cada entrenamiento, en cada festival. Tenía que ser la número uno y lo conseguí. Llegué a ser primera bailarina del Ballet Nacional. Vi mi sueño cumplido durante días, toqué la felicidad con la yema de los dedos. Ya nada importaba, todo el sufrimiento, las lágrimas, las heridas, todo quedaba en el hueco más alejado del olvido mientras bailaba en el último ensayo general antes de nuestra primera función.

Los focos del teatro iluminándome directamente me hacían sentir como si estuviese en el cielo, muy cerquita del sol. Mis movimientos tenían la ligereza de una pluma al caer, me sentía flotar sobre el escenario, cual ágil gacela, carente de peso que me sujetase al suelo. Volaba. Así es cómo me sentía yo, subida en una suave nube de algodón que acolchaba mis movimientos.

Todo pasó en décimas de segundo. Era un movimiento simple que había repetido centenares de veces, un entrechat seises con caída en demi-plié. La caída no fue algodonosa como las demás, fue como el si el suelo se pusiese rígido de pronto bajo mis pies. Al doblar la pierna derecha, en la caída, sentí cómo poco a poco me iba resquebrajando por dentro. El golpe contra el suelo fue espectacular.

Con una doble fractura de tibia y peroné, además de dos fracturas adicionales en el fémur,  todos los años de trabajo y esfuerzo se fueron al traste. Al día siguiente, mientras yo estaba en el hospital, el Ballet Nacional representaba mi obra con la segunda bailarina al frente. Jamás pude volver a dedicarme a ello.

Ahora que regreso aquí cada sábado, en mi mente se recrea aquel día. Los focos, los giros, los vuelos, y la estrepitosa caída que sesgó mi sueño. Las lágrimas continúan escapando de mis ojos semana tras semana, aunque cada vez con menor intensidad. Cuando me repongo, enciendo la música y bailo. Bailo como antes lo hacía y todo vuelve a ser igual. Las clases, los ruidos, la música, el ambiente jovial, todo ello se recrea en mis oídos mientras me deslizo por la sala que tantas veces me vio llorar.

Así, cada sábado cumplo mi sueño. Porque cada sábado me convierto en la primera bailarina del Ballet Nacional.

La última noche

LA ÚLTIMA NOCHE

La nieve lo cubría todo. Las altas ramas de los abetos estaban cubiertas por un gran manto blanco de nieve que, de vez en cuando, caía al suelo, rompiendo con su estruendo el silencio que imperaba en el bosque. Desde la ventana, guarecido por la gran lumbre que ardía en la chimenea, el abuelo José observaba la estampa. Habían tenido suerte aquel año. Hacía años que en el bosque no recibían una nevada así. Eran las primeras navidades blancas que tenían en muchos años.

Dentro de la casa, todo irradiaba felicidad. Era el último día del año y aquella Nochevieja la iban a pasar todos juntos, en familia, cosa que no conseguían desde hacía varios años. La abuela trabajaba afanosa en la cocina preparando la cena y un olor agradable lo inundaba todo. Tres de sus cuatro hijos habían llegado hacía un par de días para celebrar con ellos el fin de año. Los niños correteaban inquietos, jugaban todos juntos con gran algarabía y tiraban de vez en cuando de los pantalones del abuelo para que les siguiese contando aquellas apasionantes historias que siempre les relataba junto al fuego.

Pero el abuelo José tenía un deje de melancolía aquella tarde. Faltaban pocas horas para que la cena estuviera servida en la gran mesa que entre todos habían improvisado, y su hijo menor, Luis, todavía no había aparecido. Preso del trabajo, siempre estaba viajando de acá para allá y apenas tenía tiempo para visitar a sus ancianos padres. Luis les había dicho que intentaría acudir, pero mucho se temía José que sería como tantas otras veces, y al final veía que no conseguiría reunir a la familia al completo como era su deseo.

Una lagrimilla se derramó tras los cristales de sus gafas. Nadie lo sabía, ni siquiera su amada mujer, pero aquellas serían las últimas navidades que podría disfrutar. Por ello su empeño en reunir a la familia para entrar todos juntos en el nuevo año. Veía cómo la noche comenzaba a caer y ya había perdido la esperanza de que Luis estuviese con ellos. Por si acaso, había dejado un candil encendido a pocos metros de la casa para que no tuviese problemas en encontrarla si finalmente decidía acudir. Había intentado hablar con él por teléfono, pero la línea no funcionaba bien y no lo había conseguido.

Ellos vivían en un pequeño pueblo en la montaña y su casa estaba retirada unos cientos de metros del conjunto del pueblo. Lejos de ella quedaba el alumbrado de las farolas y de las escasas luces navideñas que decoraban el lugar. Por ello, el candil prendía su llama colgado de una de las ramas más bajas de un abeto, entre la nieve.

Había llegado ya la hora de la cena. Todos los niños estaban ya sentados en torno a la mesa, mientras que los mayores ayudaban en la cocina. El abuelo José echó un último vistazo por la ventana, perdiendo toda la esperanza de que su hijo Luis apareciese, y se sentó en el sitio que siempre ocupaba en la mesa, presidiendo uno de los extremos.

A pocos kilómetros, un coche quedaba aparcado en un lateral de la pequeña carretera que llevaba al pueblo, dejando sus ruedas hundidas en la densa cubierta de nieve. La aguja del combustible llevaba varios kilómetros avisando de que necesitaba hacer una parada, pero en su afán por llegar al pueblo para la cena pasó de largo la última gasolinera, confiando en que sería suficiente para llegar al pueblo. Eso era lo importante, después ya vería cómo conseguir el combustible. No lo había conseguido. Para colmo, una tormenta de nieve se estaba comenzando a desatar.

La cena ya había terminado. Los niños cantaban villancicos armados con panderetas y botellas de anís. Los mayores ya se estaban encargando de hacer el reparto de uvas, pero el abuelo José volvía a mirar por la ventana con tristeza en su rostro. El candil permanecía en el mismo lugar, irradiando su luz, pero no se veía ningún coche acceder por el camino nevado hacia la casa. La nieve caía en abundancia en aquellos momentos. La abuela se secó las manos en el mandil y abrazó de manera cariñosa a José por detrás.

—Deja de esperar, cariño. Ya vendrá cuando tenga un hueco, sabes que siempre está muy ocupado —le susurró al oído, para que los demás no la escucharan.

El abuelo asintió con tristeza, se giró y se fundió en un abrazo con su querida mujer. Siempre había sido su apoyo, la que había mantenido la entereza en los momentos más difíciles, la única mujer a la que había amado en su vida. Prueba de ello era la preciosa familia que llenaba aquella noche su pequeño salón. Ambos sonrieron y fueron a sentarse junto a los demás.

Todos estaban pendientes de la televisión. Faltaban escasos minutos para que el reloj de la Puerta del Sol hiciese sonar sus cuartos, para pasar después a tocar las doce campanadas. Los más pequeños estaban todos repartidos por el suelo, expectantes.

Apenas había sonado el primero de los cuartos, unos golpes en la puerta desconcentraron a todos de la cuenta atrás. Con cara de ilusión, el abuelo José se levantó renqueante y se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, se encontró frente a él con una persona cubierta por completo de nieve.

—¡Papá! Menos mal que dejaste un candil en el camino, porque con la tormenta de nieve que se ha levantado no hubiera encontrado nunca nuestra casa…

José se abalanzó sobre su hijo Luis, fundiéndose con él en un abrazo mientras le guiaba al interior de la casa. Las doce campanadas sonaban de fondo en la televisión de un hogar pleno de alegría. Al final, el deseo que José pensaba pedir con la entrada del nuevo año, había llegado a tiempo. No podía sentirse más feliz.

Fuera de la casa, la suave luz del candil que continuaba encendida, brilló durante unos instantes con una llama más intensa. La de la felicidad.

La alianza

LA ALIANZA

Nos conocimos en el lúgubre ascensor de un edificio antiguo del centro de Madrid. Íbamos a la misma planta, cada uno en una esquina del mismo, mirándonos de reojo como si temiésemos que nuestras miradas se encontrasen. Si lo hubiesen hecho, habrían saltado chispas allí mismo. Pero decidimos guardar los cortocircuitos para otro momento y dedicarnos a las tareas que nos habían llevado a coincidir allí, la reluciente oficina de un notario.

Por cuestiones del destino, del azar, de la causalidad o como queramos llamarlo, terminamos de realizar nuestras gestiones y nos volvimos a encontrar otra vez encerrados en aquel tenebroso ascensor, que parecía que iba a descolgarse en cualquier momento. Ahora sí, nuestras miradas se encontraron y se reconocieron. Fuiste tú el que dio el primer paso:

—Disculpe, señorita, creo que ha perdido usted un anillo.

Me quedé sin saber qué decir. Miré mis manos, tan impolutas como siempre, con la manicura francesa recién retocada. Vacías de anillos, como siempre; nunca me ha gustado mucho llevar complementos de joyería.

—Debe equivocarse, caballero, pues yo no llevaba ningún anillo en mis manos —contesté, con la mayor educación de la que fui capaz.

—Debe disculparme de nuevo, entonces, pero siendo una señorita tan bella pensé que estaría casada y al no ver su alianza… —me dijiste, con una sonrisa. Todavía me pregunto si aquello era una estrategia que tenías ya preparada o surgió la inspiración en ese momento. Lo que sí sé es que el rubor hizo acto de presencia inmediato en mis mejillas—. Ahora que la miro mejor, creo que usted ha aparecido en mis sueños esta misma noche. Sí, no tengo duda, era usted.

—Siento haberle molestado en sus sueños —te contesté, aún más ruborizada si cabe que hacía unos segundos.

—No se disculpe, señorita, le aseguro que el sueño era de lo más placentero —tuviste la indecencia de decirme—. ¿Me permite que la invite a un café? Como agradecimiento al entretenido momento que me ha proporcionado en mi sueño. ¿Tiene tiempo?

No sé qué ocurrió dentro de mí, pues lo cierto es que siempre he sido bastante tímida y jamás se me hubiese ocurrido aceptar la propuesta de un completo desconocido para tomar algo, pero la realidad es que te dije que sí. En ese momento, supe que estaba perdida por completo.

Ya sentados en los cómodos butacones de un bonito café del centro, rodeados de cuadros antiguos y lámparas encendidas que proporcionaban un ambiente quizá demasiado íntimo, tuve la feliz ocurrencia de preguntarte qué había ocurrido en aquel sueño. Me sentía motivada, desinhibida, con ganas de seguirte el juego.

—Pues, si le soy sincero, apenas lo recuerdo. Visualizo su cara y una experiencia muy placentera, pero sonó el teléfono en mitad de la noche y ya no pude continuar con el sueño —contestaste, para dar a continuación un sorbo de tu humeante taza de café.

El mío seguía sobre la mesa, enfriándose, mientras me iba quedando cada vez más y más hipnotizado por ti. Casi podría decir que me estabas aplicando algún tipo de hechizo, porque aquello no era normal en mí. Siempre he sido una mujer que se ha pensado muy bien las cosas, nunca antes había actuado guiada por la inercia, solo dejando fluir la situación. Si algo no estaba planificado, ni se me ocurría hacerlo. Pero aquel día algo cambió. Tomé mi taza de café entre las manos y casi se me cae al suelo cuando me escuché a mí misma decir:

—Si quiere, caballero, le puedo ayudar a continuar con su sueño.

Tras esas palabras y tras evitar que mi café terminase derramado por el suelo de moqueta del local, solo fui capaz de emitir un sonoro suspiro que en sus formas era lo más parecido a un gemido.

A pesar de que solo nos conocíamos de vista y, para más inri, del encuentro fortuito en el ascensor de la notaría, sentía que ya formabas parte de mi vida, de alguna manera. Por supuesto, aceptaste mi invitación. A las dos horas de conocernos ya habíamos culminado tres veces esa experiencia placentera de tus sueños.

Me diste un suave beso en los labios y, a continuación, extendiste ante mí una cajita. El corazón me latía a mil por hora, no sabía qué estaba ocurriendo allí, sentí miedo de haberme dejado llevar demasiado lejos con un total desconocido, por mucho que me resultase fundamental en mi vida en tal solo poco tiempo. Abrí la caja con temor. Ante mí apareció el anillo más bello que había visto en mi vida. Oro blanco, con diamantes engarzados a su alrededor y, lo más sorprendente, nuestros dos nombres inscritos en su interior. ¡Eran mi nombre y el tuyo los que estaban grabados en la alianza!

Me quedé tan sorprendida que no pude articular palabra. Solo podía mirarte a los ojos intentando comprender algo de lo que había estado ocurriendo durante aquel día.

—¿Ve, señorita, como había perdido un anillo? Lo he estado guardando yo durante todo este tiempo. Ahora que ya lo ha recuperado, ¿me haría el enorme honor de convertirse en mi esposa?

¿Cómo decirte que no? Tenías mi anillo, eras mi vida y con solo un roce me elevabas hasta el séptimo cielo. A lo mejor no fue el procedimiento más común para hacerlo, pero, al fin y al cabo, ¿quién dijo que nosotros fuéramos comunes?

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