Nuestro castillo de naipes

NUESTRO CASTILLO DE NAIPES

Un día construimos juntos un bonito castillo de naipes. Pasamos un tiempo maravilloso coleccionando todas las barajas de las que fuimos capaces, para, de todas las cartas, quedarnos solo con las del palo de corazones. Y con naipes de corazones, en una tarde lluviosa del mes de noviembre, construimos nuestro castillo, el más bonito del mundo, el más grande, edificado con mimo y con tiento, pero, sobre todo, con amor. Con mucho amor.

En la parte más alta de nuestro castillo, como si fuera en verdad una almena protegida frente a los insidiosos ataques de los enemigos, que los había, guardamos nuestras ilusiones, nuestros sueños en común, tras una puerta invulnerable escoltada por un hermoso y flamante as de corazones y cerrada con una llave que ambos colgamos alrededor de nuestro cuello. Junto a ellos, guardamos en aquella fortaleza, también, nuestros corazones, que latían al unísono llenando de sonidos de repletos de vida las suaves paredes de cartón.

Aquella tarde de frío y lluvia dimos por sellado nuestro amor en un vínculo indisoluble de almas y cuerpos. E igual de firme pensamos que sería nuestro castillo de naipes, ilusiones y sueños. Con la emoción del momento olvidamos construir unos cimientos que lo mantuviesen bien anclado a tierra firme. Y, como no podía ser de otra manera, nuestro querido castillo, poco a poco, se fue derrumbando con la misma laxitud sosegada que una escultura de arena al ser llevada por el mar.

Llegado el momento comprendimos que todos aquellos enemigos de los que nos habíamos tratado de proteger durante todo ese tiempo no habían sido otros más que nosotros mismos. Sin buscar culpables, ambos fuimos soplando con suavidad, provocando que la tenue brisa volase los naipes. Sin apenas darnos cuenta, el castillo se había derruido, sin posibilidad de volverse a reconstruir, pues las cartas se dañaron en el proceso. Intentamos utilizar otros tipos de naipes. Picas, diamantes y tréboles fueron utilizados a modo de parche para las zonas menos dañadas de nuestra construcción. Pero eran débiles, no llevaban consigo la fuerza de los corazones. El fin llegó.

Solo quedaron indemnes nuestros sueños e ilusiones, guardados tras aquella puerta, intactos, aún sin cumplir, y nosotros sin saber en qué momento tanto uno como otro había perdido su llave.

En el iris de tus ojos

 

EN EL IRIS DE TUS OJOS

Contemplo el suave oscilar de tus pupilas en la penumbra del cuarto, tan solo iluminado por las llamas vacilantes de un fuego que arde en la chimenea, después de habernos incendiado a los dos. En la calma que nace tras la tormenta, soy capaz de apreciar en tu mirada la misma ilusión prendida que emanara de tus ojos tantos años atrás. Relajada, sosegada por tus suaves caricias sobre mi costado haciéndome erizar la piel, me pierdo en el profundo ámbar de tu iris que, sin querer, genera plácidas evocaciones a atardeceres sin final en alguna selva densa y agreste.

En ellos me pierdo como un explorador en la Amazonia, en un mundo de recuerdos donde el tiempo se detiene cada vez que atraviesas el umbral con los pies descalzos. A través de su grata transparencia puedo evocar aún las sensaciones del primer beso, de nuestra primera noche juntos, de la vez primera en que hicimos el amor entretejidos con virutas de deseo. Soy capaz de ver nuestra primera discusión, el primer día alejados, el nacimiento de nuestro hijo y la ternura de tus ásperas manos que se volvían de seda a cada instante. Lo veo todo y, a pesar del tiempo transcurrido, aún brilla la ilusión en tu mirada, aún provocas en mí ese eterno escalofrío que me sacude como un terremoto de la cabeza a los pies, aún el ascua se mantiene prendida entre nosotros.

En el fulgente espejo ambarino de tu mirada, contemplo mi reflejo enturbiado por una pasión intacta después de tanto usarla. Y se obra la magia de poder verme a través de tus ojos e imaginarme, aunque solo sea por unos instantes, realmente tan bella como tú me ves. Quisiera evadirme del mundo real y alojarme para siempre en ese cosmos alternativo donde nacen las estrellas tras cada combustión espontánea que entre nosotros, con cariño, llamamos orgasmo. Quisiera quedar perdida en la selva virgen de tu mirar, libre de cualquier peligro, a salvo de mi crueldad.

Y es que no encuentro un lugar más bonito donde perderme que en el iris desvaído de tus ojos.

Cosas de la reflacción (fragmento)

Cosas de la reflacción

(fragmento)

 

Puta mierda. Hace un frío del demonio. Te has marchado y ni siquiera me he enterado. No hay café. Hecho. No hay café hecho. Me tiemblan los brazos y me duelen las manos al intentar girar las dos piezas de la cafetera. Me acuerdo del tendero al que le compramos el café. “¿Molido?”. Nomolidonoloquieroengranoporqueahoraalavejezviruelasmevoya-dedicaramascarcafédekenia. “¿Y qué cafetera tienen ustedes? Mire, ¿es una de…”. No le dejo terminar. Nunca le dejo terminar. No digo que tenga que conocerme, ni acordarse de mí, que tampoco yo le cuento chistes, ni le doy el aguinaldo, ni le pregunto por sus hijos, ni sé si tiene hijos, una cobaya o un piso lleno de cadáveres de gatos callejeros pero, en serio, por amor de dios, de ese mismo dios en el que técnicamente, ni tú ni yo creemos, me meto en la tienda una vez por semana, a veces algo más a menudo y siempre, siempre, joder, siempre, pido dos paquetes, de cuarto cada uno, medio kilo, coño, medio kilo, separado en dos paquetes, molido fino, para cafetera italiana, para la cafetera esa que nos costó un riñón en el tienduco aquel del mercado de Barceló, que ya nos vale también a nosotros, con la excusa de lo felices que nos hace vagabundear por la ciudad, vamos y le compramos una cafetera a un menda que anuncia descuentos del veinte por ciento que, una vez aplicados, dan un total de atraco a mano armada con noventa y nueve céntimos. “¿Efectivo o tarjeta?” Tarjetaquevoyapagarlacafeteraaplazosjuntoconlafacturadelfisioporquenosécómosehaceparanocerrarlaputacafeteracomosifueraunrefugioantinuclear.

Ya está; cafetera abierta, restos de café húmedo por toda la encimera, la mano izquierda, cómo se llamará la parte de la palma de la mano que está justo antes del dedo gordo, hecha unos zorros.

Antes de seguir con la retahíla de lo asombrosa que me resulta la cortesía de la gente en general, del vendedor de café, cafeteras, italianas algunas, otras no, y pasteles secos y tradicionales, me digo a mí mismo que, puede ser, solo puede ser, no me he levantado con el mejor humor esa mañana en concreto. Me digo que hay que recoger la ropa de la cuerda, que está empezando a llover y, dicho y hecho, dejo el café en el fuego, ojalá, en la vitro, qué cosa más anti-natural la vitro y los microondas, sobre todo en una casa que solo tiene una cafetera italiana, y me echo a la ventana abierta de la cocina.

Habré quitado unos calzoncillos, un pantalón y dos o tres calcetines, cuando un camión que se aleja por nuestra calle me roba la atención y, de paso, el mal humor. Circula con el portón trasero levantado. Ni grande ni pequeño, un camión con un portón que facilite la carga y descarga. Se ve un montón de bultos voluminosos envueltos, tal vez embolsados, en telas de color carne. Sucio, con la carga amontonada y el portón abierto, el camión llega a la esquina de la callecita en que vivimos, se detiene y los bultos se agitan un momento. Apenas una convulsión mínima, efecto de la inercia, como mi sombrío despertar. Hace frío. Me imagino que hay seres vivos, quizá seres muertos, en el interior de aquellos sacos marrones. Pienso en animales, tal vez humanos, seguramente grandes anacondas. ¿Las anacondas son las grandes, las que enrollan sus enormes corpachones alrededor de sus presas, las que asfixian al incauto que ha caído en la trampa justo antes de tragarlo entero?

Suena la cafetera, el camión desaparece de la vista, después de estar a punto de chocar contra un coche que ya se aleja a toda velocidad por la perpendicular. ¿Lo que escupen los altavoces del coche es reggaeton? Sacudo la cabeza. Antes de volver a meterla en la terraza, me tiembla la mano derecha. Un calcetín se desprende de mi presa, como los sacos marrones del camión, el café viejo de la cafetera o el reguetón. No pasa nada. Solo tengo que bajar a la calle, mojarme un poco, ya llueve copiosamente, recoger el calcetín y volver a casa. Dejo la ropa recogida sobre la cama y vuelvo a asomarme por la ventana. Juraría que el calcetín se burla de mí, desde su refugio en lo alto de una tubería de gas, a la distancia exacta para que sea imposible alcanzarlo. Cuánta precisión desde primera hora de la mañana. Qué bien me vendría ahora mismo una anaconda, una copa o un café.

 

Catálogo Biblioteca Antonio Mingote, Madrid

“Cosas de la reflacción” es el germen de la novela cuya última revisión abordo durante estos días. Igualmente, forma parte del recopilatorio de relatos propios “Rendez-blues“.

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