No nos queda ni París

NO NOS QUEDA NI PARÍS

Se murieron las promesas que algún día nos hicimos, se quedaron enterradas para siempre en un cajón junto con aquellas cartas mojadas por el olvido, donde las palabras, por estar escritas, parecían resultar eternas. Qué ingenuos fuimos al creer en una perpetuidad que resultó ser tan efímera como la estela que queda en el cielo tras el paso de una estrella fugaz.

Ya ni siquiera nos quedan los rincones que nos vieron abrazados por las calles de París. Se quedaron congelados por el tiempo, a la espera de otros besos que derritan la escarcha acumulada en los balcones a causa de la frialdad que nació entre los dos. Cuántos abrazos quedaron extraviados en las calles del descuido, cuántas risas apagadas al tiempo de caer el sol.

Dónde quedaron las ganas de viajar al fin del mundo subidos en un trineo a la velocidad de la luz. Las auroras boreales no se creerán la leyenda que cuenta que hubo un tiempo en que tú y yo creímos en el amor. Y nos perdieron de vista las calles de Nueva York, las de Estambul, las de Venecia, hasta la más pequeña isla que había en los mares del sur. Igual que nosotros, perdidos, sin ninguna posibilidad de aproximación. Tan perdidos que, a estas alturas, no nos queda ni París.

Cuando te veo

CUANDO TE VEO

Me doy cuenta de que duermo cuando te veo a mi lado, cuando escucho tu respiración pausada en el silencio de la noche, cuando siento tu cálido aliento resbalar sin descanso sobre mi piel.

El insomnio se instaló en mi vida como un indeseado inquilino desde que tú saliste de ella. Noche tras noche aguardo su visita con la insana esperanza de que no acuda, pero es un fiel visitante que siempre llega puntual a esas citas que yo nunca programé en mi agenda. Se desliza entre los pliegues del sosiego nocturno como si fuese un vulgar ladronzuelo que no quisiera ser descubierto. Nunca le veo llegar, pero su presencia me quema, me inquieta, me asfixia.

Mi cuerpo desamparado se retuerce entre las sábanas frías que hace ya tiempo perdieron tu olor. Gira y gira, en busca de la posición acertada que mitigue tu ausencia y sofoque las llamas que prenden mis ojos. Me escondo entre ellas, como si así fuese a ser capaz de evadir la inquietante presencia del desvelo diario, en un cómico juego del escondite en el que siempre llevo las de perder y no tengo compañero que me salve la partida.

Las manecillas del reloj se alían con mi enemigo. Detienen su avance, parecen querer mantenerme en mi escondite en una jugada eterna en la que no hay ningún límite de tiempo ni tan siquiera cuenta atrás. Y giro, giro, giro… Doy las mismas vueltas con la mente que con mi cuerpo en la cama hasta que me introduzco en un hipnótico círculo vicioso del que no puedo ni quiero salir.

Es entonces cuando te veo. Estás aquí, a mi lado, y me abrazas. Me susurras al oído y me besas en los ojos hasta que caen rendidos. Es entonces, y solo entonces, cuando me doy cuenta de que, por una vez más, le he ganado la partida al insomnio.

Duermo.

Sueño…

La mujer de gris

-Ella odia la luz- La mujer del pelo gris asustó a David con su susurro quedo.

– ¿Qué?¿Quién?

– No me hagas decírtelo chaval, ya sabes quién.

David frunció el gesto y con un ademán de la mano hizo por ignorarla. Ya volvían los sueños, pensaba que estaba curado. Tendría que llamar al pscicoanalista otra vez.

-No, el tiempo;

Se va cuando la ténue luz alumbra la estancia.

Un susurro quedo suspira dentro del corazón de David. El miedo inquieto demora la argucia del tedio.

-Ese cuello torcido joder-

-¿Qué dices David?

– No lo ves cago en dios?

– No. Deliras, es la sensación ostia. Relaja.

David intentó respirar.

Uno,dos,tres…

Hasta siete.

Una vez

Dos

Tres…

Respirar

Acallar el silencio y respirar.

David continuaba mirando.

No conseguía salir de ese trance artificial en el que se había metido el solito.

Ya se lo habían dicho sus amigos aquella tarde.

Deja de meterte tanta mierda, terminarás en el inframundo, arrastrándose de un lado a otro, pidiendo luz.

Y ella te hará compañía siempre, sí, ella. Esa mujer de cabellos grises y tez pálida.

Pero él quería seguir viviendo así, era lo mejor, que maravilloso entrar en trance sin tener que meditar ni esas tontas ideas de los frikis.

Su vida era tediosa pero la realidad es que tenía miedo. Le apresaba y le rodeaba de barrotes se acero que no era capaz de atravesar. Pero la realidad era muy distinta, no quería hacerlo.

Su experiencia vital había sido tan desastrosa que se había quedado entre dos mundos y no era capaz de avanzar, necesitaba un impulso y su amigo estaba dispuesto a provocarlo.

Él sabía, por qué lo había experimentado en algún momento de su vida, que el miedo paraliza, bloquea y pasas a ser un muerto viviente vacío de todo y dónde hasta el silencio te crea mas miedo.

Soledad es la palabra que acompaña pero no vencería esta vez.

Le dio un par de hostias bien fuertes, le metió en el aseo, pues se encontraban en la parte trasera de un garito de mala muerte.

Le metió la cabeza en Water al mismo tiempo que pulsaba el botón que ahora sustituía a la cadena y el gruñó y gimió como un niño perdido en una horrenda pesadilla

Le llevó a casa y se acostó a su verá y le observó en cada uno de sus movimientos, de sus gestos.

Cuando abrió los ojos la estancia estaba llena de luz, un hermoso día de otoño.

Sus primeras palabras fueron. ” Ella está conmigo, pero ya no tiene el cabello gris”

Y con ayuda de algunas metódicas y disciplinadas tareas añadidas a su desastrosa vida, caminaría a la luz con ella a su verá. Sería su inspiración o su conciencia.

Su alma había dejado el humo negro, la bestia, en la taza del Water.

Gustavo & Marijose

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