Dama de alto linaje

 

DAMA DE ALTO LINAJE

El carruaje avanzaba despacio por entre las empedradas callejuelas haciendo sonar sus ruedas a compás. Dos caballos percherones tiraban de las riendas que manejaba con soltura el cochero, enfundado en un grueso gabán de lana, para dirigirles hacia donde quería. Ya era noche cerrada y no se podía encontrar a ninguna persona por las calles. Todas estaban ya refugiadas en el interior de sus hogares, al calor de la leña que ardía en las chimeneas de todas las casas del pequeño pueblo. En el interior, Thomas estaba inquieto. Temía que el más mínimo error de cálculo fuese a dar al traste con su tan arduamente trazado plan. Hizo una seña al cochero para que aminorase la marcha, y el carruaje emprendió el camino por la calle de la familia Habbot, la más poderosa del lugar. El ruido de las ruedas y el pisar de los caballos se había vuelto de una sutileza tal que podían pasar perfectamente desapercibidos entre el ruido que el viento provocaba entre los ramajes de los árboles.

Thomas subió el cuello de su gabán y lanzó el aliento a sus manos para intentar que entrasen en calor. El frío era muy intenso aquella noche y en las zonas verdes ya se podía apreciar una gruesa capa de escarcha. La helada caía sobre ellos. Él, al menos, estaba cubierto por el carruaje, pero el pobre cochero tenía que sufrir las inclemencias de la intemperie. Y todo por su mala cabeza. Una punzada de remordimientos atenazó su estómago, pero quedó anulada de inmediato cuando recordó la perspectiva de la noche que tenía por delante. La temperatura en el interior de la cabina subió un par de grados.

Thomas creyó que se volvería loco cuando conoció a la mujer del señor Habbot. Hacía poco que se había instalado en el pueblo, donde había montado su negocio de pedrería. En cuanto la vio, deseó a aquella mujer como nunca había deseado a nadie. Y no podía decirse que hubiesen pasado pocas mujeres por su vida, pero aquella tenía algo que le volvía frenético. Quizá fuese lo prohibido de la situación, pero había algo más. Algo más que no podía definir, pero desde el primer día supo que quería tener a esa mujer en su cama y, si fuese posible, en su vida. Lo que jamás imaginó en aquel primer encuentro fue que ella se lo fuese a poner tan fácil y aceptase una cita con él a espaldas de su marido. Era muy consciente de los riesgos que corrían, tanto él como ella, pero su subconsciente se encargaba de tranquilizarle con el pensamiento de que, en el peor de los casos, en caso de que se descubriese la situación, los dos podrían huir de allí a compartir una vida juntos en cualquier otro lugar.

Repasó mentalmente su plan. El señor Habbot partía de viaje de negocios a las ocho de la tarde. Ella, Madelaine, le había pedido una hora de margen para poder organizar su salida de casa sin levantar sospechas. Ambos habían acordado en encontrarse en la esquina de su calle a las nueve en punto. Aún faltaban nueve minutos para la hora señalada cuando el carruaje se detuvo en el lugar convenido, sin hacer el más mínimo ruido. Desde allí podía divisar las ventanas del gran caserón, todas encendidas, y dedicó unos minutos a intentar adivinar en cuál de ellas estaría la mujer de sus deseos. Aún faltaban cinco minutos para el encuentro.




Los candiles del carruaje advirtieron a Madelaine de que Thomas había acudido a la cita. Cubierta con una gran capa que le cubría la cabeza, salía por la puerta de la casona después de haber advertido al servicio de que iría a pasar la noche con su amiga Lorraine, que había quedado viuda y vivía sola desde hacía dos años. Lorraine sostendría su coartada si fuese necesario sin necesidad de pedírselo. Una acusación de adulterio podía acabar literalmente con su familia y su reputación, pero deseaba a aquel misterioso hombre que había llegado hacía dos escasas semanas al pueblo. Había determinados riesgos que valía la pena correr. Además, todo estaba tan cuidadosamente preparado que el riesgo que corrían ambos era mínimo.

Madelaine salió por la puerta principal, después de haberse despedido del servicio, como si en verdad fuese a pasar la noche con su amiga, que vivía dos cuadras por encima de la suya. No precisaba que la llevase ningún cochero y todos conocían de la afición de la señora a los paseos, tanto de día como de noche. Así que salió sin levantar ningún tipo de sospecha. Nadie la vio subir al carruaje que la esperaba unos metros más arriba.

El corazón de Thomas se aceleró cuando vio a aquella figura aproximarse por la callejuela, abrir el portón del coche de caballos y sentarse con elegancia a su lado. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Thomas le deslizó la capucha hacia atrás para contemplar el rostro de mujer más hermoso que había visto en la vida. Esa piel nívea, esos ojos negros tan expresivos, esos labios rojos tan jugosos. Hizo una señal al cochero para que comenzase el avance y se aproximó a su rostro. El perfume de Madelaine le embriagó de tal manera que creyó llegar al éxtasis con solo acercarse a su mejilla de porcelana. Podría decirse que era lo que más cerca que había estado nunca de una verdadera dama, una dama con todas sus letras, una dama de alto linaje y de buena cuna.

Thomas acarició su mejilla y la besó, aun arriesgándose a recibir una buena bofetada por ello. Todo lo contrario, Madelaine no solo correspondió al beso sino que le hizo llegar una muda invitación a continuar. La mano de Thomas inició un viaje por el cuello de la mujer, adentrándose con delicadeza en el generoso escote que había quedado abierto tras desembarazarla de la capucha. Sonrió para sus adentros y continuó besándola mientras su mano tomaba sola el recorrido correcto hasta llegar a sus pechos, tras comprobar que su querida dama debajo de la capa… no llevaba nada.

La amistad no se pierde en la sombra

LA AMISTAD NO SE PIERDE EN LA SOMBRA

Cuando te encuentres aterido, entre tinieblas profundas, y parezca que se rompe el cielo en dos mil pedazos fracturando el único resquicio que quedaba de tu lastimada dignidad, ahí estaré entre las sombras. Solo tendrás que llamarme.

Cuando te encuentres vacío, silente, carente de motivaciones para continuar caminando en los campos de batalla de esta guerra diaria que nos ha tocado vivir, ahí estaré en el silencio. Solo tendrás que llamarme.

Cuando te encuentres enfermo, cargado de nostalgia, soltando poco a poco las lágrimas que guardabas enfrascadas por no haberlas dejado salir, sumergido en ese río de agua salada en el que se habrán convertido tus ojos, ahí estaré entre las olas. Solo tendrás que llamarme.

Cuando te encuentres prisionero, atado con duras mordazas, sin salida de la cárcel en que notas que se ha convertido tu vida, atado de pies y manos, sudando tu sangre a borbotones, ahí estaré, cuidando de tus heridas. Solo tendrás que llamarme.

Cuando encuentres que tu vida deja de tener sentido, que no encajas, que no faltas, que tu ausencia en este mundo a nadie le causará dolor, ahí estaré vigilando. No tendrás ni que llamarme.

Pero el día en que te encuentres feliz sin ningún motivo, que agradezcas a la vida el regalo que te dio y repite cada mañana. Si te apetece una caña y reírte un poquito de la vida, de la gente, de todo lo que pasó. Cuando el sol abra su paso dentro del mundo nublado, cubriendo la vida misma con brillos tornasolados, y sonrías sin motivo e ilumines con la mirada, y todo parezca alegre en un mundo de colores, de esperanzas y de amor, ahí estaré entre las risas. Solo tendrás que llamarme.

Estoy para acompañarte, compañero, camarada, en cada etapa de tu vida, llueva, nieve o haga sol. Iluminaré tus noches y gozaré de tus días, sin reproches, sin explicaciones, sin que haga falta nada más. Con una simple llamada, acudiré rauda a tu lado, jamás dejaré que dudes de la palabra amistad.

La amistad es mi regalo, ese que siempre perdura, que nunca se pierde en sombras para volver con la luz. Es imperecedero, altruista y cariñoso, incondicional y sublime. Amigo del alma, el mejor regalo que puedo hacerte será, hoy y por siempre, ofrecerte sin tapujos mi más sincera amistad.

Madre Tierra

Madre Tierra

 

MADRE TIERRA

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, la Madre Tierra era humana. Recorría con gracia los ríos, los campos, los bosques, los jardines y los valles, llenando todo de vida, de naturaleza a su paso.

En una de estas excursiones en las que Madre Tierra regalaba con cariño vida a la naturaleza por doquier, llegó a un bosque cargado de tristeza muerta. Sus árboles se habían secado, los pájaros ya no ocupaban sus ramas, no había vida entre los arbustos, solo restos de hojarasca. La mano de los humanos había hecho su magia, tan contraria a la suya, y había matado al bosque con sus descuidos, con su inmadurez, con la mayor arma que portaban entre sus manos. Una diminuta chispa y el bosque quedó incendiado.

Madre Tierra fue posando en cada árbol sus manos, pero ninguno vivía, no había perdón para tanto pecado. Y posando sus suaves rodillas sobre el suelo de tierra y piedras, lloró como solo sabe hacerlo una madre. Lloró por aquella criatura que ella misma había dado a luz al mundo, criatura poderosa que se había vuelto cruel, avariciosa, celosa, guerrera, envidiosa, pecadora. Lloró porque los humanos, que con tanto cariño había creado, se habían vuelto inhumanos.

Y tanto lloró y lloró, regando el suelo de lágrimas, que en aquel lugar brotó vida nueva bajo sus manos. Brotó un pequeño arbolito que ella convirtió en humano. Lo vio crecer ante sí y al instante se enamoraron. Juntos fueron de la mano, poderosos y confiados, acariciando los árboles, devolviéndoles la vida que los hombres habían sesgado.

Convirtieron el bosque muerto en otro bosque animado, al que acudieron con premura los animales a habitarlo. El bosque reía feliz, trinaban todos los pájaros, las ardillas daban saltos con las nueces en las manos. Y, terminado el trabajo, Madre Tierra y aquel árbol humano se enredaron en un beso, propio de enamorados.

En el hueco entre dos árboles, su amor dejaron sellado, se amaron humanamente, hasta quedar abrazados. La calidad de su amor, hizo que de ellos brotasen raíces muy vigorosas que a los árboles se enlazaron. Y allí quedaron prendidos, Madre Tierra y Hombre Árbol, para siempre enamorados, sellando su amor perpetuo, haciendo magia con las manos.

Los humanos en la tierra quedaron desamparados, siguieron matando a su antojo cuanta naturaleza se interponía en su paso. Gracias a Madre Tierra, que ama a su Hombre Árbol, el planeta aún no está perdido, tiene salvación entre sus manos. Si en cualquier lugar del mundo vemos brotar una flor, será porque los eternos amantes han vuelto a sellar su amor.

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