MI OSITO MARRÓN

Cada mañana al despertar lo buscaba. Estiraba sus brazos tanteando dónde podría estar. Al fin lo encontraba, y sus manos lo acariciaban una y otra vez. Siempre en la misma dirección para no estropear tan lindo pelaje.
Aquel osito marrón, regalo como tantos otros, que recibió al nacer. Tenía un aroma especial, un tacto diferente. Al ser abrazado despedía unos sentimientos profundos, vivos y sinceros. Era igual a otros, pero también siempre le había parecido diferente.
Aquella mañana después de encontrarlo entre las sábanas, lo abrazó fuerte, clavando su mentón entre las orejitas del peluche. Pensaba, pero qué era en lo que sus pensamientos estaban ocupados. Una húmeda gotita cayó mojando la cabecita del osito marrón. Era probable que la tristeza lo acompañaba en aquel momento, o pudiera ser que al contrario fuese de alegría.
Bajó de la cama, la brisa de la marisma entraba fresca, típico del mes que corría por aquellas fechas. Cada año desde hacía ya varios actuaba de igual modo. Despertar aquel día era comenzar a celebrar desde el primer minuto. Hasta entonces le habían ayudado muchísimas veces a preparar la fiesta, pero ya no hacía falta. Abrió las persianas y dejó entrar el aroma especial que le envolvía. Un aroma a sur, a playa de marea baja y alta. De pueblo andaluz, blanco y con solera. Sanlúcar de Barrameda el pueblo que lo vio nacer.
Aunque su osito marrón tenía sus mismos años, seguía siendo su peluche de compañía. Siempre lo había acompañado y no por cumplir 18 años sería diferente y aquel año menos todavía. Los dos iban a ser protagonistas de aquella fiesta, una fiesta en la que no faltarían los llantos de pena, y de alegría.
Una fiesta en la que gracias a Dios no faltaría nadie de las personas a las que estaba agradecido por haberle ofrecido una infancia feliz y llena de amor. Por estar estaría quien le regaló aquel osito marrón que permanecía junto a él y sin envejecer.
Este es un relato dedicado a un niño muy especial para mí.
“En este escrito quiero que todos los niños y no tan niños encuentren al osito marrón que cada uno de nosotros tenemos. Un regalo, un objeto que nos recuerde siempre que pese a los años que pasen debemos conservar siempre a ese niño que hemos sido. Y llegar a la edad adulta pensando que la infancia es ese maravilloso mundo que no debe de estropearse nunca, a pesar de que con suerte pasen cien años”
©Adelina GN

 

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