Virginia y el viento

VIRGINIA Y EL VIENTO

El viento soplaba con una fuerza inusitada aquella tarde, convirtiendo el día en algo más que desapacible. Las nubes viajaban con tanta celeridad que bien podía lucir el sol, que al instante siguiente el cielo se encontraba por completo cubierto y las gotas de lluvia golpeaban con violencia contra todo aquello que se encontrase en su camino. Las ramas de los árboles se agitaban con vigor y las vallas de una obra cercana amenazaban con derribarse sobre la calzada de un momento a otro.

En el interior de su casa, Virginia contemplaba el espectáculo por la ventana, envuelta por completo en una manta y con una taza de café bien caliente entre las manos. A pesar de estar todo bien cerrado, el sonido del viento entraba en la casa ocasionando gran estruendo. Aun sabiendo que estaba resguardada y protegida en su hogar, no podía evitar sentir miedo. Siempre había tenido miedo al viento. Se sentía como cuando era pequeña y corría a refugiarse en el regazo de su madre. Ahora, siendo adulta como era, no podía evitar seguir sintiendo ese miedo casi irracional y carecía de regazo al que acudir.

La cuerda de la pequeña cortina que colgaba en un lateral de su terraza golpeaba los cristales de la ventana con insistencia y con tanta fuerza que Virginia pensó que terminaría por romperlos. Esa sería su perdición, con todo el viento arremetiendo dentro de la casa y elevando sus temores al máximo, por no hablar de los destrozos que causaría. Iba a tener que salir a la terraza y recoger bien aquella cuerda que no hacía más que ponerla más nerviosa de lo que ya estaba por el propio viento.

Sintió un escalofrío. Por nada del mundo quería abandonar la calidez de su manta, esa especie de regazo que había elegido para auto protegerse de sus propios miedos. Pero era una mujer adulta y no podía quedarse allí arremolinada sin hacer algo para evitar lo que ya le parecía inevitable.

Hizo acopio de valor y se levantó con un sonoro suspiro que casi compitió en fuerza con el ulular del viento colándose por las inexistentes rendijas de su hogar. Se acercó a la puerta que daba salida a la terraza con movimientos lentos, cargados de mil temores, como si el hecho de arrastrar los pies hasta su destino fuese a hacer que transcurriese el tiempo suficiente para que ya no fuera necesario hacerlo. No fue así. Llegó hasta la puerta justo cuando una fuerte racha de aire cubrió el cielo de grandes nubarrones oscuros y desapareció el rayo de sol que un instante antes atravesaba los cristales. Aquello le pareció un mal presagio.

Armándose de un valor que realmente no sentía, cerró los ojos y abrió la puerta. Las cortinas comenzaron un baile salvaje alrededor de su cuerpo, como si estuvieran tratando de impedir que saliese al exterior. Ya no había vuelta atrás, pensó. Tenía que salir y evitar el destrozo o después se podría arrepentir de no haberlo hecho.

Fue poner un pie en el exterior y ocurrió lo impredecible. Como si el viento hubiese notado su presencia, se arracimó en torno a ella. Pequeñas rachas la recorrían de arriba abajo, acariciándola, envolviéndola. Jugaban con sus cabellos elevándolos hacia las nubes, cruzándolos por delante de su rostro, enredándolos. Parecía que quisieran convertir en una bonita melena rizada el pelo liso de Virginia. Sentía cosquillas por todas partes y un frescor que la embriagaba por completo.

Virginia permaneció muy quieta. Contra todo pronóstico, se sentía bien. Parecía que el viento le estuviese pidiendo que abandonase sus temores, decirle que quería jugar con ella, limpiarla de tensiones, hacerla sentir viva. Y, con una última ráfaga que despejó su rostro del galimatías en que se había convertido su cabellera, Virginia sonrió. Y, con su sonrisa, un nuevo rayo de sol se volvió a colar entre las nubes.




Mis fantasmas

MIS FANTASMAS

Todos esos fantasmas que planean sobre mí todas las noches son las sombras de las dudas que me envuelven y me agitan por el día. Son cobardes, traicioneros, y aprovechan mi descanso para cernir sus espectros siempre que bajo la guardia.

Algunos llevan tu nombre. Otros, sin más, se pasean por mi cuarto vestidos de anonimato, creyendo que de esta forma no los voy a descubrir. Los más astutos van lentos, se ríen a carcajadas mientras les miro la cara sin saber si de algún modo yo les podría espantar. Otros, en cambio, van raudos y pasan sin detenerse, no vayan a ser reconocidos en algún extraño momento que tenga de lucidez. Y todos visten de oscuro, para perderse en las sombras y evitar al centinela que hace ya bastante tiempo coloqué en la entrada de mi guarida sin voz.

Piensan que les tengo miedo, que cuando cierro los ojos es para no verles el rostro o que en mi ingenua locura creyese que de este modo fuesen a desaparecer, como hacía cuando era niña y cubriendo mi cabeza lograba cerrar la puerta del armario donde alguno ya tenía su escondite.

Solo te daré un consejo, no intentes jamás detenerlos, que nunca han sido partidarios de aceptar ese tipo de intromisión. Son mis fantasmas. Nos entendemos. Ya lucho yo con ellos.

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