POLVO ERES Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS

La creencia infantil había pasado a la historia para mí, la cruz en la frente me importaba ya bien poco. Tenía dinero lo más importante.

Mis amigos aún creían en golpes de pecho, rezos e implorar para conseguir los sueños. Yo no y me servía de burla.
Con la cerveza en la mano me reí de ellos, haciendo alarde de poderío pagué la ronda, apagué mi cigarrillo y de manera grosera les hice una cruz en la frente.
Les alertó las sirenas, junto aquella columna de humo un coche ardía. Convirtiendo en polvo al que momentos antes se había mofado.
©Adelina GN.                  (100 palabras)

UNA ESCENA SEMEJANTE

La escena que queda clavada en la retina del cinéfilo. Hay escenas que en la vida se parecen. Recuerdo que anclado en el pasado, nos evoca aquel mítico pasaje de la historia en cuestión. Una película, un largo, pero largo, largometraje se asemeja a esta escena…

Una mujer sentada frente a un viejo aparato de radio y entre las manos unos trapos en los que hincar la aguja enhebrada para disimular.
Una visita inesperada que indaga dónde puede estar el jefe de la casa. Sola frente a sus respuestas, pierde los nervios, se lleva la mano al pecho y cierra su puño atrapando parte de su blusa. Sus palabras tiemblan, no acierta a pronunciar palabra, se desatan en ella sentimientos de culpabilidad. Él no quería acudir, pero tenía que ser así, en esas reuniones clandestinas no permiten la presencia de una mujer.
Irrumpe en escena el sufrido caballero que acompañado de dos camaradas lo sujetan para que no de con sus huesos en el suelo. La embriaguez es lo que tiene, ríen los compañeros pasando por delante de los policías y de la asombrada mujer del embriagado, nunca le ha gustado beber.
Sentado en la mesa posa su codo en ella aguantando su cabeza mientras sonríe. Despidiendo a los agentes que ante la falta de pruebas deben irse de allí, esperando volver otro día para pillar al anónimo militante de un partido político ilegal.
El semblante relajado vuelve al rostro de aquella mujer, que pasó de la palidez extrema a la enrojecida piel por miedo a que descubriesen a su esposo. Líder de su casa y protector familiar, que por los suyos aceptaría acudir al centro donde militaban, siendo combatiente a la fuerza de una guerra en un partido con el que no comulgaba.
Cerró la puerta, tras de ella la pasma desaparecía, suspiro hondo y tranquilidad extrema, la llevan hasta su marido. Abrazar su cabeza y caer esta de nuevo en la mesa fue todo una. Lo llamó desesperada, lo zarandeó sin éxito, qué le había ocurrido, se preguntaba. Sus manos ensangrentadas delatan violencia, no se mueve, no respira.
Los gritos se escuchaban de lejos, un ajuste de cuentas lo devolvió a casa, no había consuelo para ella, la que lo mandó a una muerte segura, sin olvidar que de no haber sido mujer, la simpatizante asesinada hubiese sido ella.
©Adelina GN

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