No nos queda ni París

NO NOS QUEDA NI PARÍS

Se murieron las promesas que algún día nos hicimos, se quedaron enterradas para siempre en un cajón junto con aquellas cartas mojadas por el olvido, donde las palabras, por estar escritas, parecían resultar eternas. Qué ingenuos fuimos al creer en una perpetuidad que resultó ser tan efímera como la estela que queda en el cielo tras el paso de una estrella fugaz.

Ya ni siquiera nos quedan los rincones que nos vieron abrazados por las calles de París. Se quedaron congelados por el tiempo, a la espera de otros besos que derritan la escarcha acumulada en los balcones a causa de la frialdad que nació entre los dos. Cuántos abrazos quedaron extraviados en las calles del descuido, cuántas risas apagadas al tiempo de caer el sol.

Dónde quedaron las ganas de viajar al fin del mundo subidos en un trineo a la velocidad de la luz. Las auroras boreales no se creerán la leyenda que cuenta que hubo un tiempo en que tú y yo creímos en el amor. Y nos perdieron de vista las calles de Nueva York, las de Estambul, las de Venecia, hasta la más pequeña isla que había en los mares del sur. Igual que nosotros, perdidos, sin ninguna posibilidad de aproximación. Tan perdidos que, a estas alturas, no nos queda ni París.

¿A ESO LLAMAS QUERER?

¿Eso es querer? ¿hacerme derramar lágrimas de espina que me queman por dentro al desgarrar la agonía de mis voces ciegas?.

¿Eso es querer?, ¡canalla! ¿Ahogándome en el silencio de las penas y apagando la llama de mi alma por robarme el último soplo de vida?.

¿Eso es querer? ¿dejarme morir olvidada como si no pasara nada, como si nada mereciera por ser sólo a ti, a quien tu sucia existencia solo quiere?.

¡A eso es a lo que tu llamas querer!.

Iván A.

Cuando te veo

CUANDO TE VEO

Me doy cuenta de que duermo cuando te veo a mi lado, cuando escucho tu respiración pausada en el silencio de la noche, cuando siento tu cálido aliento resbalar sin descanso sobre mi piel.

El insomnio se instaló en mi vida como un indeseado inquilino desde que tú saliste de ella. Noche tras noche aguardo su visita con la insana esperanza de que no acuda, pero es un fiel visitante que siempre llega puntual a esas citas que yo nunca programé en mi agenda. Se desliza entre los pliegues del sosiego nocturno como si fuese un vulgar ladronzuelo que no quisiera ser descubierto. Nunca le veo llegar, pero su presencia me quema, me inquieta, me asfixia.

Mi cuerpo desamparado se retuerce entre las sábanas frías que hace ya tiempo perdieron tu olor. Gira y gira, en busca de la posición acertada que mitigue tu ausencia y sofoque las llamas que prenden mis ojos. Me escondo entre ellas, como si así fuese a ser capaz de evadir la inquietante presencia del desvelo diario, en un cómico juego del escondite en el que siempre llevo las de perder y no tengo compañero que me salve la partida.

Las manecillas del reloj se alían con mi enemigo. Detienen su avance, parecen querer mantenerme en mi escondite en una jugada eterna en la que no hay ningún límite de tiempo ni tan siquiera cuenta atrás. Y giro, giro, giro… Doy las mismas vueltas con la mente que con mi cuerpo en la cama hasta que me introduzco en un hipnótico círculo vicioso del que no puedo ni quiero salir.

Es entonces cuando te veo. Estás aquí, a mi lado, y me abrazas. Me susurras al oído y me besas en los ojos hasta que caen rendidos. Es entonces, y solo entonces, cuando me doy cuenta de que, por una vez más, le he ganado la partida al insomnio.

Duermo.

Sueño…

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