Y de repente tú 10.

Jueves, 9 de agosto de 2012.

Cuando Giovanni regresa del trabajo, decido actuar. Llevo dos días encerrada con Gina en casa de Giovanni y ya no puedo más. Gina ha estado entrando y saliendo con Giovanni con la excusa de ir a casa a por ropa y demás enseres necesarios, pero a mí me tienen en clausura. Según Gonzalo, hasta que confirmen que la mafia sureña ha abandonado el país, lo mejor es que me quede aquí y procure no salir a la calle, cosa que Gina y Giovanni se han tomado al pie de la letra.

Por si fuera poco, no he visto a Lucas desde el martes, cuando se marchó sin despedirse de mí tras traerme a casa de Giovanni. Llevo dos días viviendo en frente de su casa y ni siquiera ha venido a verme. Giovanni no me ha dicho nada sobre Lucas y yo tampoco he querido preguntar, aunque me muero de ganas por verlo.

Pero de esta noche no pasa, tengo que aclarar con Lucas todo esto, al fin y al cabo él me ha estado ayudando. Aunque cabe la posibilidad que al escuchar mi historia haya decidido alejarse, sería lo más sensato en su situación.

–  ¿Qué tal el día, chicas? – Nos pregunta Giovanni nada más entrar en casa.

–  Aburridas. – Contesta Gina. – Y tengo antojo de comida japonesa, ¿no podemos ir a cenar a un japonés? En plan rápido, solo esta noche.

–  No, Gonzalo ha sido bastante claro: Mel no puede salir a la calle. – Responde Giovanni.

–  Yo no puedo, pero vosotros sí. – Le digo sonriendo. Sé que a ambos les encantará salir juntos a cenar y yo necesito un poco de vía libre. – Id vosotros a cenar, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gina. – No me hace gracia que te quedes sola.

–  Estaré bien, coge el bolso y largaros, venga. – Les apresuro.

–  Voy a cambiarme de ropa, tardo dos minutos. – Dice Gina.

–  Eso quiere decir media hora. – Murmura Giovanni sacando un par de cervezas de la nevera y ofreciéndome una. – ¿Has tenido noticias de Gonzalo?

– Sí, ha llamado esta mañana y hace un rato. Cree que cómo mucho estarán en el país una semana más, así que vas a tener inquilinas unos días más. – Bromeo.

–  Estoy encantado teniendo inquilinas. – Me contesta Giovanni sonriendo para acto seguido preguntarme socarronamente:- ¿No quieres preguntarme nada?

–  ¿Qué pasa con Lucas? ¿Está enfadado conmigo? ¿Ha pensado en todo lo que le conté y no quiere saber nada de mí? – Le pregunto sin contenerme.

–  Eso deberías preguntárselo a él.

–  Se fue sin despedirse y no he sabido nada más de él, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Vive en el apartamento de en frente, solo tienes que cruzar el rellano. – Me dice con tono burlón y le da un trago a su cerveza antes de añadir: – Ahora mismo está en su apartamento, ¿por qué no vas a verle?

–  A lo mejor ha quedado con alguien.

–  Lucas no lleva chicas a casa, es su regla número dos.

–  ¿Y cuál es la regla número uno?

–  No llevar a una chica a casa de sus padres.

–  Quizás debería mandarle un mensaje y decirle que quiero hablar con él. – Propongo.

–  Como quieras, pero si quieres un consejo, es mejor que vayas tú a buscarle.

Gina aparece en el salón lista para salir a cenar y ambos se despiden de mí. Por supuesto, Giovanni me recuerda que solo estoy autorizada a salir del apartamento para ir al apartamento de Lucas.

Voy al baño antes de salir y me peino un poco. Me miro en el espejo consciente que no voy muy bien vestida, un short tejano y una camiseta blanca de algodón con tirantes cruzados por detrás, pero no me cambio de ropa, no quiero que piense que me he arreglado para él.

Media hora más tarde, me armo de valor y salgo al rellano decidida a llamar al timbre del apartamento de Lucas. Me paro frente a su puerta y noto como las piernas empiezan a flaquearme, estoy un poco nerviosa y presiono el botón del timbre con el dedo índice antes de perder el valor y salir corriendo. En pocos segundos, la puerta se abre y tras ella aparece Lucas vestido tan solo con un pantalón del equipo local de fútbol y desnudo de cintura para arriba. Su pelo está mojado, igual que su pecho y su abdomen, debe de acabar de salir de la ducha.

–  Mel. – Me dice con frialdad en los ojos cuando me ve.

–  ¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo. – Le digo con un hilo de voz. – Si estás ocupado, puedo volver en otro momento.

Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice echándose a un lado para dejarme entrar:

–  Adelante, pasa.

Camino con mis piernas temblorosas hasta llegar al salón mientras echo un rápido vistazo para comprobar el lugar, que tiene la misma distribución que el apartamento de Giovanni. La decoración es minimalista, utilizando el negro y el blanco combinado por algún toque de color rojo. Bonito, pero demasiado masculino para mi gusto. Sin embargo, me llama la atención el cuadro que hay colgado en la pared sobre la chimenea. Se trata de una réplica exacta del Guernica de Picasso.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta Lucas. – Puede que no sea el mejor cuadro para decorar un salón, al menos eso decía el decorador que contraté, pero a mí me gusta donde está.

–  “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.” Al menos, eso fue lo que dijo Picasso. – Le respondo sin dejar de observar el cuadro. – Está considerada una de las obras más importantes del siglo XX y su valor artístico está fuera de discusión, pero nadie menciona su valor simbólico y lo que representa.

–  Olvidaba que estaba hablando con una experta. – Me dice sonriendo. – Giovanni me ha dicho que acabas de graduarte en historia del arte.

–  Sí, pero aún no he encontrado trabajo, aunque tengo dos entrevistas concertadas. – Le informo sin esperar a que me pregunte. Me vuelvo hacia a él para mirarle directamente a los ojos y le pregunto con voz calmada: – ¿Por qué estás enfadado conmigo?

–  ¿Qué te hace pensar que lo estoy? – Me pregunta enarcando las cejas.

–  El martes te fuiste sin despedirte, ni siquiera me miraste. – Le respondo encogiéndome de hombros y volviendo la mirada al cuadro.

–  No estoy enfadado. – Me dice zanjando el tema. – ¿Te apetece una copa de vino?

–  ¿No vas a contarme que pasó? – Insisto.

–  ¿De verdad quieres saberlo? – Me espeta. – Te pedí que confiaras en mí, te hice una sola pregunta y te encerraste en banda de repente. Me diste a entender que yo no era nadie para hacer preguntas y no las hice. No me lo tomé muy bien en ese momento, pero comprendo tu posición. Al fin y al cabo, ¿qué me importa a mí lo que estuvieras haciendo? Sexo, drogas, dinero, ¿qué más da? Es tu vida y tu pasado, yo no soy nadie para entrar en él.

–  Estaba allí porque una compañera de la universidad me llamó pidiendo ayuda. Su novio era uno de los mafiosas sureños y ella le había dejado esa misma noche, pero él la retuvo allí por la fuera. – Empiezo a contestar a la pregunta que me hizo hace dos días. – Apenas hacía diez minutos que había llegado cuando empezó el tiroteo. – Miro por una de las ventanas del salón para desviar mi mirada de la suya y añado con un hilo de voz: – Mi amiga fue a la primera que vi cuando el tiroteo cesó. Estaba en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre. – Me vuelvo hacia a él y mirándole a los ojos susurro: – Si no te contesté no es porque no confiara en ti, sino porque no me gusta hablar de ello.

–  Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? – Me pregunta sosteniéndome la mirada.

–  Supongo que es mi manera de demostrarte que confío en ti, aunque no necesariamente te cuente todo lo que me haya pasado. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Te apetece cenar conmigo? No puedo salir del rellano, así que tendríamos que cenar aquí o en casa de Giovanni.

–  Me encantaría cenar contigo. – Me contesta cogiéndome de la mano y arrastrándome a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. – Mejor cenamos aquí, así podremos charlar más tranquilamente.

–  Gina y Giovanni han salido a cenar, podemos charlar tranquilamente en cualquiera de los dos apartamentos. – Puntualizo divertida.

–  ¿Se han ido a cenar y te han dejado sola? – Me pregunta indignado.

–  Me ha costado un poco convencerlos, pero al final lo he conseguido. – Le contesto devolviéndole una sonrisa pícara.

–  Así que te las has apañado para que se vayan a cenar fuera y has venido a verme para disculparte y ¿cenar conmigo? – Me pregunta socarrón.

–  Ese sería un resumen bastante breve y escueto, pero sí, más o menos. – Paso a su lado y abro la puerta de la nevera, que está a rebosar de comida pese a que vive solo. – Con lo que tienes aquí puedo hacer cualquier cosa, ¿alguna sugerencia?

–  Muchas, pero ninguna culinaria. – Susurra con voz ronca justo detrás de mí. – Puedo llamar al Bistro y que nos traigan algo de comer, así no tendremos que cocinar.

Como no deje de hablarme así, me va a dar algo. Cada una de sus palabras suenan a sexo, o al menos yo las interpreto así. Su voz ronca y sexy susurrando detrás de mí es más de lo que puedo soportar, al menos sin lanzarme a su cuello. “Logro resistirlo todo salvo la tentación”, Óscar Wilde.

–  ¿En qué te has quedado pensando?  Me pregunta Lucas, medio burlón y medio preocupado.

–  En Óscar Wilde.

–  ¿Óscar Wilde? – Me pregunta, ahora confundido.

–  Olvídalo, cosas mías. – Le respondo divertida. – Me parece buena idea pedir comida a domicilio, así tendremos más tiempo para charlar tranquilamente.

No debería pensar en esto, pero se me ha venido a la cabeza otra gran frase de Óscar Wilde: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y eso es todo lo que necesito para relajarme y disfrutar de una copa de vino en compañía de Lucas, que parece que hoy le ha dado el día libre a Iceman.

Lucas llama por teléfono para encargar comida a domicilio y cenamos mientras hablamos animadamente, consecuencia de la botella de vino que nos hemos bebido y parte de la segunda botella que nos vamos a beber.

 

Quince de noviembre

Cada quince de noviembre, año tras año, me levanto temprano, antes de que salga el sol. Caldeo bien la casa con un buen fuego prendido en el hogar, puesto que el frío de este día siempre parece calar más en mis viejos huesos. Pongo al fuego la cafetera y, mientras, rebusco en el armario mi viejo traje de los domingos. Me acicalo como en aquella nuestra primera cita, incluso me pongo aquella vieja pajarita de color amarillo que a ti tanto te gustaba. El sonido de la cafetera ya es renqueante, como mis pasos al bajar la escalera de madera que siempre cruje en el tercer escalón, y el aroma a café inunda nuestra casa.

Me siento en mi sillón preferido, ese que lleva conmigo casi tantos años como yo mismo, ese que ya parece que forma parte de mí. Apoyo en su costado mi bastón y me dispongo a disfrutar del humeante café junto a las llamas que prendieron hace un rato y que ya han conseguido que el pequeño saloncito adquiera una temperatura más que agradable. Caliento mis manos al fuego, como tú siempre hacías, antes de tomar la taza de loza que contiene mi exiguo desayuno. La misma que llevo utilizando todas las mañanas desde hace más de cincuenta años y que está más desportillada que yo, si cabe. Mi viejo cuerpo entra en calor con rapidez, algo que esta mañana parecía imposible. El frío había calado tanto en mis huesos que parecía querer quedarse conmigo para siempre, como cada quince de noviembre. Pero no, el fuego me reconforta y consigo dar un respiro a mis maltrechos huesos. Caliento mi estómago con el delicioso café, solo, sin azúcar, como siempre lo tomabas tú y que yo tanto odiaba. Pero hoy es un día en el que el café merece tomarse así, a tu manera.

El moderno equipo de música que me regaló mi nieto mayor para mi último cumpleaños me sorprende, como siempre, inundando la estancia con las notas de Beethoven con tan solo pulsar un botón. El único que sé utilizar. Con la única melodía que me gusta escuchar. “Para Elisa” resuena en toda la casa, el volumen estaba subido al máximo, seguramente Carmina moviese la ruedecita la última vez que vino a limpiar. Lo bajo hasta que el volumen de la música concuerda con mi estado de ánimo de hoy, un ligero murmullo de fondo que soy capaz de escuchar con total claridad a pesar de la sordera que va deteriorando mis sentidos poco a poco.

Enciendo un cigarrillo, el único que fumo en todo el año. Mis pulmones responden a la agresión con un fuerte ataque de tos que me hace doblar sobre el bastón. Sé que son solo las dos primeras caladas y que luego podré fumármelo con tranquilidad, mirando por la ventana el soleado y frío día otoñal. Estoy recreando la atmósfera perfecta, con la iluminación adecuada, la única música posible para un día como hoy y el nivel de humo en el ambiente perfecto para poder excusar mis lágrimas, que llegarán sin falta a mis ojos dentro de unos breves instantes, en cuanto apague la colilla en el cenicero que adorna durante el resto del año la sala.

Abro el segundo cajón del aparador. Extraigo con la mayor delicadeza de que soy capaz una pequeña caja de madera que está acomodada en el rincón más alejado. La abrazo, en un lazo fuerte fabricado con mis brazos, contra mi pecho. La primera lágrima comienza a surcar mi rostro cuajado de arrugas. Da igual, continúo con mi tesoro cerca del corazón hasta regresar a mi sillón, ese que está amoldado a mí y en el que he pasado tardes enteras recordándote.

Abro la cajita con cuidado, podría decirse que hasta con miedo, a juzgar por los desacompasados latidos de mi corazón. Aquí estás, tan hermosa como siempre. La vieja rosa seca que guardaste como recuerdo continúa sobre ti, acompañándote, ya que yo no puedo hacerlo. Tus fotografías se van deslizando entre mis torpes dedos con lentitud, saboreando cada una de ellas, llorando cada una de ellas, mientras las notas de “Para Elisa” continúan resonando en la habitación una y otra vez. Una sonrisa se mezcla con mis lágrimas al comprobar que sigues siendo la mujer más hermosa que he conocido en mi vida. Hasta que mis lágrimas la absorben y llueven a raudales sobre mi rostro, mojando mi viejo traje de los domingos, el mismo con el que te llevé al altar.

Hoy, quince de noviembre, hubiésemos celebrado nuestro quincuagésimo aniversario juntos, si aquella maldita enfermedad no te hubiese arrebatado de mi lado sin tan siquiera pedir permiso. Y lloro, y grito, y río, porque no estás junto a mí, pero mi amor hacia ti sigue siendo tan imperturbable como el primer día. Porque te quiero, mi vida.

Y de repente tú 9.

Martes, 7 de agosto de 2012.

Salimos del restaurante y Lucas me acompaña hasta la puerta del coche pero sin accionar el mando, para que yo no pueda abrir la puerta y tenga que esperar a que sea él quien la abra. No puedo evitar poner los ojos en blancos.

–  No hagas eso, no es propio de una señorita. – Me dice burlonamente.

–  Le encantarías a mí madre. – Le digo sin que suene a un cumplido.

–  Tendrás que presentármela cuando venga a verte. – Me dice de repente.

–  No creo que esa fuera una buena idea. – Le contesto aún aturdida por su respuesta. – Créeme, a ti no te caería tan bien.

–  ¿Por qué? Estoy seguro de que si tu madre se parece mínimamente a ti, me encantará.

¿Desde cuándo la conversación se ha convertido en una insinuación? A lo mejor solo son ilusiones mías y Lucas solo está siendo amable conmigo.

–  Supongo que me parezco físicamente a mi madre, pero todo el mundo dice que tengo el mismo carácter que mi padre, lo cual no es ningún cumplido. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Tendrás que presentarme a tus padres un día de estos para que pueda tener una opinión al respecto sobre el tema. – Me contesta divertido.

Lucas arranca el coche y conduce en dirección a mi casa, está poniendo fin a nuestro encuentro y yo no quiero alejarme de él.

Su teléfono móvil empieza a sonar y Lucas contesta con el manos libres puesto:

–  Lucas Mancini.

–  Lucas, soy Giovani. Dime que estás con Mel. – Se escucha la voz de Giovani conectada al bluetooth del coche.

–  Tengo el manos libres activado en el coche, puedes hablar con ella, te está escuchando. – Contesta Lucas mirándome y arqueando las cejas intrigado.

–  Giovani, ¿qué ocurre? – Pregunto preocupada.

–  Estoy en mi casa con Gina, dile a Lucas que te traiga aquí y ni se te ocurra entrar en tu casa, ¿de acuerdo? – Me espeta Giovani.

–  Giovani, dime ahora mismo qué está pasando. – Grito furiosa. – No puedes llamarme, asustarme y dejarme con la intriga. A menos que quieras que te mate en cuanto te vea.

–  Gonzalo intentaba localizarte pero como no pudo, llamó a Gina y ella me llamó a mí. – Comienza a resumirme rápidamente. – No sé en qué cojones estará metido tu ex esta vez, pero está preocupado por tu vida. ¿Dónde cojones estabais que teníais los móviles sin cobertura?

–  Giovani, los golpes de uno en uno, por favor. – Le recrimino. Me vuelvo hacia a Lucas y le pregunto con un hilo de voz: – ¿Puedes llevarme a casa de Giovani?

–  Estaremos allí en diez minutos, Giovani. – Contesta Lucas antes de darle a un botón del volante y colgar la llamada. Sin apartar los ojos de la carretera y me pregunta como si fuera el mismo Iceman: – ¿Te encuentras bien? Te has puesto un poco pálida.

–  Lo siento, Lucas. – Logro contestar con un hilo de voz apenas audible.

–  ¿Por qué te disculpas? – Me pregunta sin dejar de mirar la carretera.

–  Porque estoy apartándote de tu trabajo, metiéndote en medio de mis problemas y porque cada vez que nos vemos pasa algo malo, estoy empezando a creer que somos gafes cuando nos juntamos.

Mi culpabilidad parece alegrarle hasta tal punto de dibujar una tímida sonrisa en su rostro, lo cual viene siendo un auténtico logro tratándose de Iceman.

–  Si tan culpable te sientes, puedes dejar que te invite a cenar y te demostraré que no somos gafes cuando nos juntamos. – Me dice repitiendo mis palabras para después preguntar: – ¿Puedo preguntarte cuál es el problema con tu ex?

–  Supongo que tienes derecho a saberlo, teniendo en cuenta que estás conmigo en este momento. – Le digo armándome de valor. – Conocí a Gonzalo en una discoteca, hubo un tiroteo en la sala VIP donde yo me encontraba y él me sacó de allí para escondernos en el armario de una habitación contigua. Cuando todo se quedó en silencio y salimos, todos los que estaban en la sala VIP estaban muertos, había sangre por todas partes y no podía creer lo que estaba viendo. Tuvo que sacarme en brazos de allí, me quedé totalmente petrificada. No había visto a Gonzalo en mi vida, pero acababa de salvarme la vida y yo estaba en estado de shock. – Suspiro profundamente y añado: – ¿Quieres que siga o prefieres alejarte de mí y de mis problemas? Aún estás a tiempo de salir corriendo.

–  No tengo la intención de ir a ninguna parte. – Asevera mirándome a los ojos y posando su mano derecha sobre mis rodillas. – Si Giovani quiere protegerte, yo también, ya sabes cómo funciona eso de la amistad. – Me sonríe y añade divertido: – Además, le caes bien a mi hermana y a mi hermana no le cae bien ninguna mujer, excepto sus amigas, y si no apareces conmigo en la fiesta de mis padres, tendré muchos problemas con ella. – Me mira fijamente a los ojos y me dice con tono serio: – Confía en mí, solo quiero ayudarte en lo que pueda.

–  Gonzalo trabaja para el SS (Servicio Secreto), estaba infiltrado en la mafia sureña tratando de conseguir información suficiente para detenerlos. Me sacó de la discoteca y me llevó a un piso franco, donde pasamos más de tres días esperando que nos dieran luz verde para volver a nuestras vidas. Por precaución, el SS puso al corriente de lo sucedido a mi familia y amigos más cercanos, ya que la mafia sureña se había llevado el listado de la discoteca que contenía los nombres de las personas que esa noche se encontraban en la sala VIP. – Le resumo rápidamente. – Dieron por hecho que Gonzalo les había traicionado y también sabían que me había salvado, pero no sabían quiénes éramos. Eso es lo que nos mantiene vivos. Después de todo lo que pasó, Gonzalo me llamaba y venía a verme bastante a menudo, así que una cosa llevó a la otra y el resto te lo puedes imaginar.

–  Tengo mil preguntas que hacerte, pero hay una que necesita una respuesta urgente. – Me dice Lucas con el rostro desencajado. – ¿Qué cojones hacía alguien cómo tú en una sala VIP de discoteca rodeada de mafiosos? ¿Es que estás loca?

–  Eso es algo de lo que no voy a hablar. – Le respondo rotundamente.

Lucas no dice nada, simplemente me observa con sus fríos ojos y el agradable y amistoso Lucas desaparece dejando en su lugar a Iceman.

Conduce hasta llegar al parking subterráneo de un lujoso edificio de la zona rica de la ciudad y aparca en una de las pocas plazas libres que hay.

–  Ya hemos llegado. – Dice saliendo del coche.

Abro la puerta y bajo sin esperar a que él venga a ayudarme, pero esta vez ni siquiera hace el intento de acercarse. Camino hasta llegar a su lado y le sigo cuando se dirige hacia el ascensor, el cual abre sus puertas en cuanto Lucas introduce su llave. Ahora recuerdo que Giovani me dijo que el edificio tenía dos áticos, el suyo y el de su socio. Subimos hasta el último piso y las puertas del ascensor se abren para abrirnos paso a un amplio rellano con una puerta en cada extremo. Lucas camina directamente hacia la puerta de la izquierda y llama al timbre. Dos segundos después, la puerta se abre y aparece Giovani con el rostro contraído de preocupación.




–  ¿Estás bien? – Me pregunta.

–  He estado mejor. – Respondo encogiéndome de hombros.

–  Vuelvo a la oficina, llámame si necesitas algo. – Le dice Lucas a Giovani antes de marcharse sin despedirse de mí.

Giovani me mira sorprendido y espera a entrar al salón de su casa para preguntarme delante de Gina, que está sentada en el sofá:

–  ¿Qué ha pasado con Lucas? No parece nada contento. De hecho, estoy seguro de que está bastante furioso. – Me encojo de hombros a modo de repuesta y Giovani continúa hablando: – ¿Quieres hablar de ello con nosotros?

–  Eso es lo que ha pasado. – Recapacito.

–  ¿A qué te refieres? – Pregunta Gina sin entender nada.

–  Le he contado cómo conocí a Gonzalo y lo que sucedió, me ha preguntado qué estaba haciendo en una sala VIP llena de mafiosos y… – Les respondo dejando la frase a medias para que saquen sus propias conclusiones.

–  Oh, no. – Murmura Giovani.

–  ¿Se lo has contado? – Me pregunta Gina, directa al grano como siempre.

–  No. – Respondo dejándome caer en el sofá lanzando un largo y sonoro suspiro. – Estaba nerviosa, tenía miedo de su reacción y no me esperaba que me preguntara lo único que no quería que me preguntara.

–  ¿Qué le has dicho, Mel? – Me inquiere Giovani.

–  Creo que las palabras exactas han sido: “Eso es algo de lo que no voy a hablar”. – Consigo decir con un hilo de voz al mismo tiempo que me cubro la cara con las manos. – Soy idiota, lo sé.

–  No creo que esté así por eso. – Opina Giovani. – ¿No le has dicho nada más?

–  No, lo último que le he dicho ha sido eso y desde entonces se ha puesto en plan Iceman. – Le respondo tras pensarlo durante unos instantes.

–  ¿En plan Iceman? – Me pregunta Giovani divertido.

–  Mejor no preguntes. – Le responde Gina, que sabe perfectamente a qué me refiero.

Giovani decide que tenemos que pasar la noche en su casa y a mí, para ser sincera, no me hace ninguna gracia, aunque la única razón es que Lucas vive en el apartamento de en frente, pero no digo nada y obedezco dócilmente, ya he causado bastantes problemas.

 

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