Sobre el acantilado

Sobre el acantilado

SOBRE EL ACANTILADO

Sobre el acantilado, el aire que nutre la respiración se vuelve más puro, el cielo parece estar tan bajo que casi aparenta poderse alcanzar con las yemas de los dedos, los rayos del sol inciden sobre tu rostro de tal forma que parecen llegados de tan solo a unos metros de distancia. El acantilado te hace libre, te purifica, te invade de un sosiego que difícilmente se podría lograr en cualquier otro lugar.

Quizá lo más imponente del acantilado sea contemplar la inmensidad del mar desde la altura. Cuando estás allí arriba, todo lo que la vista es capaz de contemplar, si miras hacia el frente, es mar. Una grandiosa amalgama de aguas que se agita victoriosa, tiñendo el horizonte de diversas tonalidades de índigo, se presenta ante ti como lo que verdaderamente es, desnuda y sin atavíos, una auténtica maravilla de la naturaleza. Si agudizas el oído, puedes escuchar la majestuosidad de las olas al estrellarse contra las rocas situadas en los bajos de la ladera, en un perfecto símil de los rugidos de un bárbaro león. De vez en cuando, el graznido de una gaviota, que planea casi a la altura de tu cabeza, interrumpe el estremecedor silencio que reina en el lugar. Solo el ulular del viento, casi siempre presente, llena el vacío auditivo causado por la lejanía de la civilización.

El acantilado es un escenario sublime para disfrutar de la propia soledad. Es el lugar ideal para huir cuando las obligaciones cotidianas te sobrepasan o cuando la melancolía se apodera de tu ser. Suelo hacerlo casi todas las semanas, habitualmente los viernes al anochecer, en busca de la serenidad que me es privada durante el resto de los días. Siempre regreso a la jungla urbanita dispuesto a sobrevivir al menos durante una semana más.

En ocasiones el acantilado te embruja. Hoy, por ejemplo, sentado sobre el borde como me gusta hacer, envuelto en una quietud que desearía durase por siempre, siento su llamada. El mar, al fondo del abismo, entona un cántico similar al de las sirenas, que penetra en mis oídos como si de un llamamiento celestial se tratase. Me izo sobre mis piernas y, con la mirada dirigida hacia el horizonte, donde un apacible sol se dispone a morir sobre las aguas, extiendo mis brazos en horizontal. Siento la fuerza del viento golpear en mis mejillas, purgando de mi semblante los últimos retazos de desazón que hubieran podido perdurar. Escucho el dulce murmullo del agua al pronunciar mi nombre desde las profundidades.

Sin reflexionar ni un segundo más de lo necesario, un ligero vaivén de mi cadera me proporciona el impulso adecuado para proyectarme hacia el vacío con suavidad y precisión. Y, con los brazos aún extendidos, gozo de la sensación de liberación que otorga la caída libre, mientras una sonrisa plena de satisfacción comienza a formarse en mi rostro a la par que mi cuerpo se precipita hacia el mismo piélago infinito que supondrá el óbito del sol. Y el mío propio.

El acantilado te hace libre, te purifica.

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