Sin ti.

Una vez que tuve la certeza absoluta de que jamás sucedería nada entre nosotros, me paralicé. Totalmente. No podía moverme de la silla en la que estaba sentada, ni siquiera podía poner mi espalda recta. Acababa de cargar con el peso de una realidad aplastante que adormecía mis músculos y machacaba mis sentidos hasta dejarme ciega y sorda. La cabeza me retumbaba como si tuviese dentro un tambor, cuyo sonido fuese un “¡no!” repiqueteante y punzante en busca del corazón que pugnaba por latir de nuevo en mi pecho, mientras boqueaba luchando por volver a meter aire en mis pulmones. Dejé que pasaran unos minutos, uní mis manos en una silenciosa plegaria mientras una triste lágrima se me escapaba rumbo a la nada y susurré, a un invisible, un por favor con la esperanza de que llegara a ti. Recordé entonces tus palabras, inocentes e hirientes al mismo tiempo,

“No eres mujer de una sola vez…”, susurraste a mi oído mientras mis manos recorrían tu cuello y mis labios luchaban por besarte.

“Por favor, dímelo”.

“Si no fueras quien eres, lo haría. Sin duda. Pero hay cosas que es mejor dejar estar”.

Y te marchaste bajo la promesa de no volver.

Y me derrumbé. Solitaria, dolorida, muerta de miedo por el anhelo que me aterraba sentir, por las horas que ahora debería volver a llenar sin ti.

Y lloré.

Sin ti.

 

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