Segundas oportunidades.

Como la vida misma, en las historias que más disfruto, no hay manera de encontrar a los “buenos”, desembarazarse de cierta familiaridad con los que se dedican a caer una y otra vez y, sobre todo, sacudirse el íntimo deseo de que los que sustentan a ley, el orden y lo establecido se vayan un ratito a la mierda. ¿Qué puedes esperar al despertar un buen día para encontrar a tu mejor amigo muerto? ¿Cómo se mantiene la esperanza cuando eres el único al que “la ley y el orden” han podido echar mano?

Me gustan esos personajes a los que nadie quiere en su familia, política o no. Me gustan esos perdedores crónicos que me ayudan a mantener las ganas de sonreír. Me apasionan las personas que no hacen lo que se esperan de ellas y que, a pesar de todo, dejan pedacitos de corazón en cada paso que dan.

Como muestra un botón, os dejo un pedacito de mi novela “Diez años y un día”. 

 

―Esas zorrillas te han regalado una coartada de lujo. Parece que estuviste con la hijita toda la noche, mientras la madre veía la tele en el salón. Te voy a decir la verdad, chaval; no creo que tú mataras a nadie. Simplemente no das la talla. No sé si me entiendes. Pero me juego el cuello a que estabas por allí cuando todo ocurrió. Es una lástima que no quede nadie vivo para reconocerte. Más os vale que no encontremos testigos, o alguna prueba que te coloque en el escenario, porque entonces yo mismo te llevaré flores cuando vaya a visitarte a Carabanchel. Por mis cojones que os vais a pudrir los tres en el talego como se demuestre que mienten.
El policía señalaba a Clara, la chica con la que Lucio llevaba saliendo un par de meses, y a su madre. La chica agitaba la mano derecha, levantada a la altura de la cara, al otro lado de la sala acristalada en la que el policía se disponía a continuar el interrogatorio. La madre sonreía levemente. Una mujer interesante, viuda de un afamado productor cinematográfico, respaldaba todas y cada una de las locuras de su hija. Hasta ahora, Esteban había llegado a una comprensión intuitiva de que este respaldo incluía el consumo moderado de todo tipo de drogas, la total carencia de horarios y convenciones y la asociación con indeseables como el difunto Lucio y él mismo. Aparentemente, el falso testimonio había entrado a formar parte del concepto de maternidad responsable de aquella mujer. Esteban, incrédulo, salió de la comisaría en compañía de las dos, agradeciendo íntimamente la flexibilidad con que aquella mujer afrontaba la vida. Cuando intentó agradecer el riesgo que corrían por él, el voto de confianza, la claridad en la respuesta de la madre le golpeó hasta confundirle aun más.
―Será mejor que no hablemos mucho del tema. Clara me ha contado que eres un buen chico en apuros, que necesitabas nuestra ayuda. No creo que las cosas vayan a resultar más sencillas si intentas abrir tu corazón. Puedes quedarte con nosotras una temporada. Hasta que consigas ponerte en pie una vez más. Cuando la tormenta pase, ya veremos qué viene detrás; esperemos que las cosas se calmen pronto.

 

Si has seguido mis publicaciones, te resultará familiar. Mis entradas relacionadas con “Alfalfa”, “Cosas de la reflacción” y “Diez años y un día”, giran alrededor de esta novela. Si te gusta lo que lees por aquí, puedes ser la primera en tener un ejemplar en tus manos y contribuir a que la publicación sea una realidad. Solo pincha en el link y hazte con un ejemplar. O más.

 

Y, sobre todo, sé feliz.

 

Carlos Bueno-León

 

2 comentarios en “Segundas oportunidades.”

Deja tu comentario, así nos haces grande

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: