Se inundan las noches de brillos especiales incitando al pensamiento a adentrarse en los recónditos lugares por los que la mente atraviesa como explorador y navegante que se lanza a la mar en busca de aventuras en una nave sin timón donde el rumbo lo marca su instinto de supervivencia. Se deja arrastrar por la marea que su mente le genera, la oscuridad no es absoluta, un haz de luz ilumina su interior, un pequeño faro que a lo lejos vislumbra la luz de amor que le guía.

En la noche callada la mente deambula en un contenido inducido por lo místico y misterioso del silencio que de entre la oscuridad aflora. El navegante avanza en su odisea nocturna, se adentra cada vez más en un océano desconocido y extenso; no se detiene en interrogantes, inmerso en sí mismo, aislado del mundo externo profundiza en la inmensidad que le rodea, surcando sin vacilar las incertidumbres, sin miedo a perderse en la travesía.

Intuye que no se leja de sí, intuye que está cada vez más cerca de su encuentro, cuenta con su propia luz, su luz interna que le llevará de nuevo de vuelta provisto de una mágica experiencia en la que despertará de la inconsciencia.

Se inundan las noches de brillos especiales que invitan a la ensoñación con la libertad de imaginar que es creador de su propia realidad, desperezándose del letargo con nueva percepción de ser en la concepción de conciencia plena al regresar de su exploración de nuevos mundos a los que su nave le lleva.

 

 

@Marina Collado