Se impacienta la espera (Juguete literario)

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Me enamoré de aquella mirada por su fidelidad, porque solo el amor que no se arriesga es sustituible. La sensatez de una imaginación transmite las emociones más íntimas y las angustias generan sofocos de conciencia.

Románticas son las manos que acarician la piel y una vela blanca vigila el nuevo encuentro, aumenta el hormigueo que suena a susurro en un goce de esperanza.

Reviven los deseos y un profundo sentimiento abraza la espontaneidad, unos minutos más tarde…

Miguel García.

Sí, como siempre, el insomnio llega implacable una noche más. Soy mendigo de recuerdos y caricias que saben a sal de olvido. Debo recuperar sueños, para poder resistir entre tanta memoria y vaciar la mochila que un día me colgó el destino. La juventud no vuelve, como tampoco regresa el pasado vivido.

Seré un hombre nuevo, dispuesto a varear miradas en las que quizá encuentre un alma gemela con la que compartir las migajas de vida que me quedan de vida, y comprobar que el mundo tiene un rincón para mí.

Siento que todavía es posible tocar el cielo con los dedos, pienso que ésta puede ser la última oportunidad de coger un tren que me transportará allá donde debí ir en otro tiempo, y el miedo me lo impidió, ese miedo que araña y horada dentro del alma hasta hacer que todo sea un río de dudas; arrastrando mentes débiles hacia mares lejanos.

Pero no es fácil tomar decisiones mirando la luna. Todo tiene su pausa y reflexión, la vida nos empuja hacia pozos de olvido y así me va…

Rosa Velasco.

Ahora lo entiendo sus manos son el foco central de su sensibilidad. Donde se halle su presencia se alternan con miradas sensuales ni alzar la voz, para continuar haciendo tonterías.

Buscar ese espacio de aventura que juega a experimentar con una existencia de intimidad sin desdoblamientos.

Que el alma se abra en canal que no haya necesidad de tanto desvelo y, no perder la ocasión de ir más allá de lo formal. Amor, ¿estás ahí?…

Miguel García.

Unos minutos más tarde el tren hizo su aparición en la estación, Clara iba cargada con una maleta, el portátil, su bolso y con el billete en la mano buscaba el vagón donde colocar el equipaje.

— ¡Clara, Clara!— oyó que la llamaba una voz que no le era del todo desconocida.

Se volvió a mirar hacia donde escuchó su nombre pero no consiguió ubicarla, si se entretenía demasiado perdería el tren.

Acomodada en su butaca respiró profundamente mientras su mente hacía un esfuerzo ímprobo por recordar al dueño de esa voz que tenía archivada en el fondo de la memoria.

Atravesaba el túnel para llegar a la otra estación sin pensar se levantó y fue revisando uno a uno cada vagón a ver si algún rostro le resultaba familiar, eran demasiados y en diez minutos entrarían en Atocha.

Se asomó a la puerta, cosa inútil ante el trasiego de viajeros pero al darse la vuelta oyó de nuevo: — ¡Clara, Clara!—

Giró la cabeza y tampoco vio a nadie conocido, así que se fue a su asiento y miró por la ventana. A lo lejos creyó intuir la figura de hombre con unos rasgos y un porte que le recordaba a alguien lejano…

Toñi Redondo.

Porque sentía sensaciones internas que el tiempo no había conseguido olvidar. Eso no quiere decir que tuviera claro quién podía ser.Reescribir un trecho de su vida le parecía algo superfluo.

Siempre le había gustado jugar al despiste, se declara valiente y rebelde, suele lograr sus propósitos aunque sabe que no ha gustar a todo el mundo.

De su bolso sacó la penúltima nota que le dio su gran amor, en ella le expresa una declaración de intenciones.

Las buenas conversaciones deben hacerse largas.

Ante el sufrimiento hay cierta tendencia a la teatralidad.

Hemos de ser conscientes de cómo una diminuta caricia nos hace recibir

Misteriosas sensibilidades poéticas sobre las que merece la pena

Reflexionar. A ello no hemos de cerrarnos…

Miguel García.

Si mi nombre fuera Gabriela, podría haber escrito un libro titulado “Cien años de encuentros fortuitos”, sí mi querido Miguel, así han sido nuestras vidas llenas de fragmentos y puntos suspensivos.

¿Recuerdas nuestro último encuentro?, mientras permanecía en tus brazos me susurrabas el poema “Se impacienta la espera” ese fue el regalo más bello de despedida.

Juntos tocamos el cielo y separados tocamos el silencio en soledad hasta la saciedad. ¡No puedo seguir así! Vivo de las migajas de un recuerdo…

Ana Daza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8 comentarios en “Se impacienta la espera (Juguete literario)

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