SARITA

SARITA

 Vivía en Sáenz Peña y era hija del tío Óscar.

El tío Óscar, a quien nunca llamamos de otro modo, era tío de nuestro amigo Carlos; amistad que era compartida con Lucho y Germán –“el Chino”-.

 

Sarita, pues, era prima de Carlos: la chica de nuestros sueños porque estábamos en la edad del colectivismo y compartíamos diversión, miedos e historias.

 

 

El “barrio” de Sáenz Peña quedaba equidistante de la casa de Lucho en Las Mimosas, de la de Carlos en Sánchez Carrión, de la de Germán en Tarapacá  y de la mía en Ayacucho. Digamos que quedaba al medio. Nos reuníamos en el Club del garaje de mi casa, para visitar a Sarita en las tardes de verano.

 

 

Éramos bienvenidos por ella, su mamá y papá, por ser el primo y sus amigos. Éramos bienvenidos porque no formábamos parte de la “patota de Sáenz Peña” y éramos también casi unos alienígenas (si ya se hubiera inventado la palabra).

 

Generalmente Sarita bajaba y nos reuníamos sentados en las escaleras de mármol sabiendo que no éramos bienvenidos por un vecindario que se revelaba hostil: invadíamos una zona que no era la nuestra y que los locales defendían, además de considerar una afrenta que fuéramos a visitar a Sarita y que ella nos recibiera.

 

 

Alguna vez fuimos juntos o coincidimos en la playa y yo no puedo olvidar la ropa de baño a cuadritos negro con blanco de Sarita; entrábamos al agua en el viejo establecimiento de baños de Barranco, afirmando nuestras zapatillas en el fondo de piedras redondas donde se decía que había erizos, bien agarrados de la soga que iba desde un riel clavado en la orilla, hasta una de las columnas que soportaban el paseo de madera hermosamente techado que ingresaba, destacando alto, sobre el mar.

 

 

Ya adentro, sueltos de la soga y desafiando los tumbos y las pequeñas olas nos sentíamos lo máximo; y entonces, ésa vez, le “caí” a Sarita entre zambullidas y risas; debe haber sido el noviazgo más corto de la historia, porque en la tarde ella ya no se acordaba y allí, en las escaleras de la casa de Sarita, quedó varado mi amor de verano.

 

Sarita es un recuerdo hermoso de los años en  que no existían ni la televisión ni la computadora y vivíamos las radionovelas de “Tamakún, el Vengador Errante” y “Poncho Negro”, sentados en el suelo de la casa de Carlos, atónitos ante tanta aventura: era el tiempo de las bicicletas y la despreocupación.

 

 

Una vez  nos corrieron de Sáenz Peña: Pacho y su grupo hicieron que retrocediéramos hacia el Club porque eran más que nosotros y mucho más aguerridos definitivamente. Además defendían su territorio y a “su dama”.

 

 

Eran más aguerridos, pero no contaban con un estratega como Carlos, a quien llamábamos “Napoleón” porque  sabía de memoria la historia del pequeño gran corso; él ideó un contraataque que entonces consideramos histórico y que tendría lugar unos días después.

 

Convocamos a varios amigos del colegio y rápidamente los nacionalizamos barranquinos, incorporándolos al glorioso Club Deportivo Unión (sito en el garaje de mi casa como ya dije en algún lugar y herencia del original “Club Unión Deportivo Barranco” que fundaron los hermanos de Lucho, Pilo, mi hermano y otros más); Carlos planteó una estrategia de pinzas y nos preparamos para la restitución de nuestro honor: ahora sí, seríamos más y contaríamos con el factor sorpresa.

 

 

Y así fue. Los de siempre, menos Carlos que comandaría a los nacionalizados indicándoles el camino, fuimos por la avenida San Martín, reforzados con un par de amigos; los demás bajaron por el malecón Paul Harris para subir por las escaleras del final de Sáenz Peña.

 

 

Es decir, los íbamos a agarrar por sorpresa.

 

El final, curiosa o piadosamente, no lo recuerdo; tampoco si hubo pelea. Tengo en mi memoria sí, que tiempo después éramos casi amigos y tolerados por los alrededores del único monumento que estaba en el centro de un cruce de calles en Barranco.

 

Sarita viajó a Inglaterra y se casó. Volví a verla un 4 de noviembre, por el cumpleaños de Carlos, en su casa: reímos y recordamos; sólo faltaba “El Chino”, que vivía entonces en Bruselas.

 

 

Tiempo después me enteré de la muerte de Sarita, víctima del cáncer: para mí siempre estará en Barranco y con su ropa de baño a cuadritos negro con blanco.

 

 

Imagen: Los desaparecidos Baños de Barranco fatimarodriguez.blogspot.com

 

 

 

2 comentarios en “SARITA

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