¿San Valentín o San Ballantine’s?

¿San Valentín o San Ballantine’s?

 

¿SAN VALENTÍN O SAN BALLANTINE’S?

El amor flotaba en el ambiente. Era un catorce de febrero, día de San Valentín, y el restaurante estaba lleno de parejitas enamoradas que tenían que ir a demostrar su amor a los cuatro vientos y avivar el consumismo auto impuesto por la sociedad. ¿Acaso ese día se quería todo el mundo? Supongo que el resto del año no debían de quererse. Qué duro debe ser estar un año esperando a que llegue el día del amor para hacerse manifestaciones de ese tipo. Yo nunca he celebrado San Valentín, jamás. Me parece una absurda fecha comercial que no merece que se le dedique ni la mínima atención. Como mucho habré celebrado ese día con una buena copa de Ballantine’s combinado. Es lo que más se parece a San Valentín.

En cualquier caso, el restaurante estaba a rebosar y, ¿quién soy yo para decirles a las absurdas parejitas que se intercambian regalos, regados con botellas de vino de cincuenta euros, que tienen todo el año para hacerlo? Al menos yo esa noche hice una buena caja. El menú especial que preparé surtió el efecto deseado, unas cuantas velas por aquí y por allá, un joven violinista paseando entre las mesas… Nadie tiene por qué saber que el violinista era mi hijo y que la actuación me salió gratis, a cambio de los cinco suspensos que había traído ya en la convocatoria de febrero, y eso que aún le faltaban exámenes por hacer. Me estaban saliendo caros sus estudios universitarios, junto con el Conservatorio de Música, pero aquella noche le saqué mucha rentabilidad. Es de recibo decirlo, yo siempre hablo con franqueza.

Las parejas fueron abandonando el local una por una, imagino que para celebrar su San Valentín en lugares más cálidos y con menos ropa. Como si no pudiesen hacerlo otro miércoles del año, seguro que más de una de aquellas parejitas se limitaban al consabido «sábado, sabadete». Lo cierto es que yo lo empecé a agradecer. Divorciado y sin pareja, y con la opinión que tenía acerca de la fecha de marras, tanta parejita acaramelada en mi restaurante me empezaba a resultar ya demasiado empalagoso. Casi se podía respirar purpurina y ver unicornios voladores con los colores del arco iris mientras portan globos con forma de corazón.

Comencé a hacer caja cuando apenas quedaban dos o tres parejitas en el local. No me apetecía tener que quedarme mucho tiempo después. Notaba el cansancio también en los ojos de mi hijo, que ya llevaba varias horas de pie tocando entre las mesas. Fue entonces cuando la vi.

En una de las mesas más apartadas, junto a la cristalera, una señorita esperaba sola en su mesa. La observé durante unos minutos, hasta que la vi sacar un pañuelo del bolso y enjugarse unas lágrimas retenidas durante horas. Algún estúpido debía de haberle dado plantón. Mira que hay que ser rastrero para hacer una cosa así. Aún no sé por qué lo hice, fue impulso que me salió sin pensar. Además, yo no había cenado  y mi estómago llevaba ya un rato regañándome, así que me acerqué hasta su mesa y con delicadeza le ofrecí una cena conmigo. Ya que llevaba toda la noche esperando a su «enamorado» sin probar bocado, me pareció lo más correcto en aquel momento. Solo una botella de agua mineral con gas descansaba vacía sobre la mesa.

La muchacha estaba tan abatida que creo que aceptó mi alocada proposición solo porque precisaba de un hombro en el que descansar y soltar todas las penas que la abatían. Aquello duró hasta el postre. A partir de ahí, su estado de ánimo mejoró de forma bastante ostensible. Nos volvimos cómplices en tan solo unos momentos, aquellos que yo supe utilizar para calmar a su maltratado corazón. Fiel a mi tradición, terminamos la noche en mi restaurante con varias copas de Ballantine’s, que hicieron el resto.

Despertamos juntos a la mañana siguiente en mi casa, haciéndole pedorretas al «sábado, sabadete» con una nueva manifestación de lujuria entre mis sábanas de algodón barato. De esto han pasado ya doce meses. Todo un año en el que nuestras vidas han dado un giro de ciento ochenta grados, desde que nos tenemos el uno al otro. Mañana vuelve a ser San Valentín. Y mi pregunta es, ¿tendré que celebrarlo o nos seguirá bastando con nuestro particular San Ballantine’s?

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