Rosa Eterna

 

Se agotaron los segundos de espera.

Una nueva alma sería acompañada por aquel ángel, cuya misión era guiarlas hacia el camino del cielo.

Aunque las señales emitidas por la estrella polar, las que marcaban el momento preciso, parecían más confusas, inició su intrusión hacia el lugar del encuentro.

Su vista agradeció la calidez del lugar, después de haber visitado cientos de frías salas de hospital o desangeladas habitaciones de algunas residencias, donde una mera cama y un simple cuadro de algún paisaje de dudosa belleza, trataban de dar una sensación acogedora jamás lograda.

Ese lugar lleno de color parecía conseguir hacer un poco más llevadera su dura misión.

Fue al adentrase en la habitación cuando un latigazo recorrió por completo su espalda, sus oídos solo percibían un intenso zumbido y su vista algo nublada apreciaba cómo surgían imágenes a las que no podía dar ninguna estructura.

Extrañado, pero más preocupado por no llegar tarde al momento donde recoger aquel alma y evitar que quedara perdida, consiguió llegar a los pies de la cama. Parado, frente al cuerpo inerte que yacía sobre ella, fue cuando se hicieron aun más fuertes aquellas sensaciones, se alargaron sus visiones hasta comenzar a reconocer que aquellas imágenes pertenecían a una parte de sus recuerdos de su vida terrenal.

-¿Qué ocurría?. ¿Quién era ella?, se preguntó.

No conseguía ver entre aquellas imágenes a quien observaba detenidamente. Sencillamente era alguien más de cuantos había recogido, jóvenes, mayores, jamás había cuestionado ninguna misión.

Seguían sucediéndose cientos de imágenes, tantas como dudas le embargaban, y en una de ellas apareció el lugar donde él se encontraba. Conocía aquella casa, él había vivido allí.

Trató de encontrar entre algunas de las fotos de la mesilla alguna donde poder reconocerse.

Pasó sus manos levemente por cada pared de la habitación, tratando de percibir toda la historia guardada en ellas, sin obtener ninguna respuesta.

Se acercó a ella, preguntándose si era la clave de todo lo que le estaba ocurriendo, y comprobó que respiraba levemente.




Retrocedió rápidamente. No era el momento, se había anticipado.

El zumbido en sus oídos cobró aun mayor intensidad hasta hacerse completamente insoportable, hasta arrodillarle junto a la ventana por la cual pretendía escapar.

Las imágenes se aceleraron como flashes surgidos de un relámpago hasta llegar a una de ellas.

Y cuando parecía que el zumbido acabaría con él, fue bajando de intensidad para terminar por desaparecer por completo. Aunque no desapareció aquella imagen donde se había parado todo.

Su imagen coincidía con lo que aquel ser sujetaba en una de sus manos. Una hermosa rosa de un intenso color rojo.

Junto a ella, una nota escrita, llena de palabras distorsionadas por cuantas lágrimas cayeron sobre el papel:

“Tengo mi recuerdo anclado a ti. En aquella despedida que debía ser breve y resultó ser eterna.

Y aunque no te culpo, aun continúo preguntándome porqué no me dejaste ir contigo.

Guardo cada instante de aquella mañana, incluida aquella rosa de intenso color rojo que no he dejado marchitarse, comprando cada día una igual que ella.

Te empeñaste en ir tú solo a recoger los billetes para aquel viaje que debía ser el que terminara de reconciliarnos.

Mil veces te pedí perdón por mi engaño y mil días he estado perdonándome a mí misma.

Tu última imagen, trayendo el desayuno adornado con aquella rosa, es lo único que veo día tras día junto a esa otra imagen, donde solo me confirmaron que te habías marchado para siempre.

Si hubiera ido yo también en el coche, me habría marchado contigo, nos hubiéramos marchado los dos, allí donde quiera que estés ahora.

Y ahora soy yo quien quiere hacer ese viaje, para salir a buscarte y olvidar estos malditos cinco años sin ti.

Olvidar cada segundo de cada día desde que te marchaste. Poder saborear tu último beso eternamente…”

Lentamente, todos los momentos que allí vivió pasaron por delante de él. Entendió las señales confusas que la estrella polar emitió.

Había llegado anticipadamente, y en él estaba la decisión de esperar, dejando que su vida acabara, o devolverle la vida y volver a despedirse de ella.

En el último anhelo de vida se acercó, esperando no ver surgir de su cuerpo aquel alma que había venido a buscar.

Colocó las manos sobre su pecho, reuniendo todas sus fuerzas hasta conseguir que aquel corazón casi muerto fuera recobrando el ritmo e ir grabando en cada latido su mensaje:

“No te culpes amor mio, la noche anterior a mi accidente pasó por mis sueños ese momento, y cuando desperté ya había decidido que fuera mi vida la única que acabara. Que tú no deberías pasar por el tránsito tan duro para ganarte la paz en el cielo, como el que me tocaría pasar a mí.

A pesar de que no llegué nunca a entenderlo, sabía que así era como tenía que suceder, aun desconociendo cuáles serían las consecuencias para ti.

Y ahora ya lo he conseguido. Seguiré a tu lado de diferente forma, y sabrás que es así cuando esa hermosa rosa no se marchite nunca y luzca bella con su intenso color rojo…”

Rosa Eterna

 

1 comentario en “Rosa Eterna

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