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El muro de la vida

El muro de la vida Cap.2

EL MURO DE LA VIDA CAP.2

Sin tiempo a reaccionar mientras pensaba en todo lo sucedido, metió su mano en un bolsillo lateral de su pantalón de camuflaje y sacó una fotografía de su mujer y su hija que se conservaba en perfecto estado después de todo y mirándola les dijo – Pronto nos veremos amores – cuando decidió guardarla otra vez en su pantalón de repente la puerta se abrió y entró un soldado todavía con el casco puesto, solo llevaba unos calzones de color blanco y las botas militares, sonriendo dijo – Jhon nos vamos a casa, aquí ya hemos acabado.- Pero ¿quiénes sois vosotros? – Preguntó encogiéndose de hombros-, somos el tercer destacamento de ayuda humanitaria española-respondió el soldado.
-¿Pero sois españoles?, ¿vosotros me habéis rescatado?, ¿qué ha pasado con mis compañeros?, ¿No hay nadie aquí de mi país?, ¿cómo sabes mi nombre? – pregunté cada vez más intrigado.- Wow , para amigo tantas preguntas de golpe, ya sé que estas lleno de dudas para empezar me llamo Carlos y se tu nombre porque lo pone en tu chapa de identificación, para las demás preguntas poco a poco las irás resolviendo-.De momento confórmate en recuperarte para poder irte a casa- exclamó Carlos, lo único que puedo decirte es que serás trasladado con nosotros a Madrid en cuanto venga nuestro avión a buscarnos, nos lo han confirmado desde tu embajada en España. Ahora te dejo descansar Jhon.

Me desperté a la mañana siguiente, tras una noche larga de pesadillas, no podía quitarme el horror de la cabeza y tenía muchos asuntos por resolver, me incorporé, sentado en la cama esperé unos minutos ya que mi cabeza empezó a dar vueltas como si estuviera subido a un tiovivo de feria, supongo que sería las secuelas de estar tanto tiempo tumbado y sin ingerir ningún alimento nada más que agua. Conseguí ponerme de pie y empecé a andar en dirección a la puerta cuando un dolor agudo acompañado de un sonido provenía de mi estómago, abrí cuidadosamente la puerta y un rayo de sol me cegó por completo, había pasado demasiado tiempo encerrado en aquel barracón. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz del día mire a mi alrededor y pude ver soldados recogiendo todo su material, cajas de madera apiladas una encima de la otra, mochilas y tiendas de campaña solo quedaba en pie el barracón donde yo había estado, lo raro es que no pude ver ningún arma por ningún lado entonces ¿Qué hacían estos soldados aquí? Y si les atacan ¿Cómo se defendían?, no paraban de venirme más preguntas a mi cabeza, seguí andando hacía los soldados cuando una mano por detrás se puso sobre mi hombro, -Hola Jhon ¿cómo estás?, me di la vuelta y era Carlos el soldado con el que estuve hablando el día anterior.
-Mucho mejor, y con mucha hambre – contesté sonriendo, ven sígueme- susurró Carlos, vas a probar la especialidad de la casa así cogerás fuerzas.

Te voy a hacer albóndigas en salsa de tomate- dijo riéndose a carcajadas – Cogió una lata de una caja de las que estaban apiladas la abrió, me dio un tenedor roto y oxidado y me dijo – ahí tienes, nuestra especialidad pruébalas están muy ricas -, pero ¿sin calentar?- pregunté sorprendido, Carlos soltando una larga carcajada me miró, levantó sus brazos y encogiendo los hombros dijo – es lo que hay Jhon-, por lo menos esto te repondrá un poco las fuerzas. Por cierto al alba nos vamos-exclamó con entusiasmo- partiremos en vehículos hasta el aeropuerto más cercano para coger nuestro avión de regreso, así que come y descansa que luego por la noche hay que cargar todo. ¿Pero? ¿Podría hablar con la persona que este al mando por favor? necesito respuestas-, por supuesto que si- exclamó Carlos- cuando acabes de comer ves a aquel puesto de mando que está justo al lado de los vehículos y pregunta por el sargento García,- él te dirá todo lo que necesitas saber y…. se quedó un rato en silencio.- Lo siento por la muerte de tus compañeros y me alegro que estés vivo, no quiero pensar en todo lo que has podido vivir en ese infierno. –Muchas gracias Carlos- contesté mientras le estrechaba la mano.
Cuando acabe de comer esa lata de albóndigas que por cierto sí que estaban muy ricas, me fui hasta el puesto de mando para aclarar mis dudas con el sargento García.

El muro de la vida

El muro de la vida

Os presento el primer capítulo de una nueva novela «el muro de la vida» , os preguntaréis de que va esto, ¿que haríais si os arrebataran a vuestra familia en un atentado? ¿Porque en Italia casi no ha habido ningún atentado terrorista? esta es la historia de Jhon Howard  espero que os guste.

 

EL MURO DE LA VIDA CAP.1
Se pasó toda la noche buscando una salida, como en un laberinto de un bosque frondoso en el que nada más encontraba trozos de cuerpos humanos mutilados y restos de una batalla en la cual él no era protagonista. Sin embargo a pesar de ir tropezando en la profunda oscuridad apartando como podía de su paso el miedo y la incertidumbre de si moriría allí, delante de él había una salida, una pequeña esperanza de que alguno de su escuadrón viniera a salvarle. Pero aun así seguía avanzando y se imaginaba porque había llegado a esta situación, él no quería guerras ni conflictos solo deseaba estar con su mujer y su hija pequeña en un hotel de alguna isla paradisíaca…
De repente Jhon Howard se incorporó respirando fatigosamente viendo un destello de luz que resaltaba en lo alto de lo que parecía una colina. Parpadeó. Notaba las gotas de sudor como caían de su cara ardiendo a pesar de que era diciembre y el año llegaba a su fin. Sin apenas fuerzas, trato de dar un último esfuerzo para poder llegar hasta esa luz, por un momento creyó que se le había parado el corazón y hasta el mismísimo infierno se estaba derritiendo y desplomando en ese preciso momento. Pese a todo las manos le temblaban mientras se frotaba los ojos, respiró profundamente y vio un símbolo que le resultaba muy familiar, era el escudo de las fuerzas de asalto de los estados unidos de América. Sin embargo aún no podía ver nada de lo había detrás y mientras se esforzaba por seguir varios brazos le agarraron fuertemente y empezó rápidamente a ponerse nervioso y lleno de dudas pero era imposible no podía presentar resistencia estaba agotado y herido. Había mucho silencio solo el sonido de un motor en marcha se escuchaba a una ligera distancia entonces Jhon supo que ahí estaría a salvo de lo contrario ya le hubieran matado. Casi no podía andar y lo llevaban arrastrando los pies, dejando un surco en la tierra mojada, le metieron en el coche cerró los ojos y se desmayó. Al despertar se encontraba en un barracón con varias literas repartidas por todo el habitáculo, mochilas tiradas por el suelo y muchas armas agrupadas una encima de la otra, intento incorporarse pero un dolor muy fuerte en el pecho se lo impedía levantó su brazo derecho se tocó donde le dolía y notó un vendaje apretado entonces recordó. Esa maldita bala que recibió al intentar ayudar a su amigo y compañero el sargento Carter en ese momento le engulló la tristeza porque no pudo salvarle la vida, abatido y con lágrimas en los ojos recostando su cabeza a un lado miró hacia la puerta para ver si alguien entraba en esa maldita habitación y pudo leer una frase que parecía estar escrita con los restos de madera quemada y decía..
-Nos vamos a casa…

Al leer esas palabras a Jhon se le empezó a acelerar el corazón en pensar si era cierto o no, pertenecía al séptimo escuadrón de Asalto y lo mandaron a ese infierno supuestamente para limpiar minas y explosivos de la ciudad de Abu Kamal en la frontera con Irak, pero su misión no era ni por un momento la que le habían encomendado, al llegar allí parecía todo estar muy tranquilo ordenaban el tráfico de la ciudad y buscaban explosivos y minas antipersonas para que los aldeanos no sufrieran atentados, Jhon se había especializado en ser francotirador fue el número uno de su destacamento, pero todo cambio cuando dejaron de hacer su cometido y se dedicaban a asaltar casas buscando armas de destrucción masiva, cogían presos a todos los varones sin importar su edad y los metían en un camión pero no se sabía su destino. Poco a poco los ciudadanos empezaron a ser hostiles y su comandante les dio la orden de disparar antes de preguntar, se vio inmerso en una guerra que solo morían inocentes, pero él solo recibía órdenes aunque no estuviera de acuerdo con ellas. Llegó un momento que ya no sabían si un niño les tiraba una piedra o una granada de mano ante la duda siempre disparaban hasta que llegó un día que recibieron una alerta un grupo de armados estaban atacando un escuadrón aliado situado en las montañas y fueron a ayudarles siendo recibidos por una emboscada donde todos sus compañeros murieron y Jhon se salvó milagrosamente.

LA PAGODA ESCARLATA

 

LA PAGODA ESCARLATA

 

Los culitos de las modelos desfilaban por la estridente pasarela iluminando los ojos del público asistente. Todos los bikinis eran un canto a la Divinidad de los cuerpos femeninos, que ahora, caminaban en fila india con desparpajo, en una danza de senos, muslos y glúteos libidinosa más que estética, que no hacía sino enloquecer las miradas de los hombres asistentes.
En mi primer día como fotógrafo de «BluePussy», no quería que se me notasen mis carrillos enrojecidos ni mi cámara encendida y erecta, así que sentado en la segunda fila con las piernas cruzadas, traté de simular que no estaba cachondo. Pero lo cierto es que aquellas panteras semidesnudas multiplicaban mi excitación por mil a cada golpe de cadera y meneo de nalga.
Los cuerpos de dos rubias marcando fielmente un cameltoe bajo letras llamativas en neón fucsia elevaban mi foco por encima del deseo. A continuación, una morenaza de larga melena azabache en tanga iridiscente me hacía vibrar sobre la silla improvisada. Estaba sudando con aquellas bellezas, ángeles del cielo enseñando carita y cuerpo salvajes y, a la vez, urbanos, anhelo en cualquier caso de lo sagrado y de lo mundano.
Casi desnudas, y la poca ropa que portaban, transparencias puras, ¡oh, Afroditas en las alturas!, por mi cámara para ser fotografiadas.
Durante aproximadamente media hora, mi cámara se nutrió del néctar de las Diosas del paraíso, hasta que entre láseres verdes y corazones de espuma azul cristalina, se fue apagando el espectáculo.
Sonó, entonces, el inequívoco timbre tecno de mi móvil: Era mi jefa Judith.
– ¿Sí?
– ¡Hola David, te van a acompañar a la Pagoda Escarlata, no hagas preguntas, te gustará… La contraseña es LILITH, no la olvides! – Y no me dijo más.
Al poco de colgar, dos azafatas me llevaron hasta el Hall, donde me pude tomar un whisky en el bar, mientras una de ella me insistía en que estuviese tranquilo porque ya me estaba pidiendo un taxi.
No tenía ni idea de adónde me dirigía, aunque suponía que se trataba de una fiesta privada para clientes selectos y me mordía la curiosidad.
Pronto tragué el líquido del vaso, mientras apuraba un cigarrillo mentolado y, en cuestión de cinco minutos, apareció el morro del taxi y la azafata haciéndome señas de acudir.
Cogido por la cintura amablemente por la segunda mujer, aceleré el paso hasta la calle. Me comentaron que el taxista ya había recibido toda clase de instrucciones. Sólo tenía que dejarme llevar. Y se despidieron muy elegantemente con besos y abrazos.
Nada más arrancó, lo primero que le pregunté al conductor, un afroamericano de unos cincuenta años, fue si alguna vez había trasladado a alguien a la Pagoda Escarlata. Con mucha naturalidad, me contestó:
– ¡Sí, claro!
Cerca de diez minutos, durante los cuales solamente sonó reggae procedente de la radio, tardó el taxista en dejarme ante una alfombra carmesí desgastada por el uso en una avenida fantasmal.
– Aquí es -dijo el conductor- ya me han pagado, ¡suerte, amigo! – Y se marchó como una lluvia de Verano.
Yo me encontraba solo, excitado y asustado, delante de un portón con un grabado extraído de alguna lámina del Kama-Sutra en grande, a ambos lados dos serpientes enroscadas en sendos falos, y una enorme aldaba que parecía de oro con la que debía llamar para entrar.
Después de tomar una bocanada de aire fresco de la noche, toque tres veces seguidas con golpes secos. Entonces, por una rendija se me entregó un papelito, en el cual debía escribir la contraseña. Saqué la pluma del bolsillo de mi gabardina y anoté: LILITH
Del otro lado se escuchó una dulce voz de mujer que me decía: ¡Adelante, no hay nada prohibido en la Gran Pagoda, nada es pecado, juego es el sexo, la vida es juego…
Ojos azules, sonrisas, yo erecto, desnudas por decenas, las había pelirrojas, rubias y morenas; rasuradas, depiladas y con gafas de secretaria; muslos, glúteos y caderas, morían de gusto los machos y las hembras sobre un acuario de peces y conchas con brillantes perlas, cuadros de libidinosas escenas, como desnudos en acuarelas, bailes de diosas etéreas, cabellos rizados y ondulantes curvas cuyos pechos son ahora mi enredadera, junto al Universo de carnes prietas que sobre mi sexo meneas, ombligos de la delicadeza, derrapo a lo largo de tus curvas y facciones de la belleza, mientras mis dedos acarician los soles de pezones que se endurecen como fruta fresca, y las galaxias son los decorados minimalistas que con decoro nos rodean.
Mi cámara entonces se torna roja y venosa y recoge cada pétalo de mariposa, cada cadencia que la voluptuosidad de tantos cuerpos desnudos me arroja, el agua bendita que fluye por vuestros turgentes senos, el maravilloso manantial de vida que vuestro pubis me inspira, vuestros ojos, mis venidas, vuestras idas, de otros universos melodías…
Instantáneas infinitas rozando el cielo de la noche…
Recorro la espina dorsal de vuestras dobles bocas en derroche, vuestros tres ojos abiertos para mi foco, que no puede penetrar más vuestras almas henchidas de gozo.
Y ardo, y bebo, y goteo, y penetro, y vacío, y vuelvo a vaciar, y vuelvo a arder, y me vuelvo a hinchar y a renacer.
Y vuelvo del espíritu a la piel. La hoguera todavía arde en la madrugada de plata. La masa del sexo muta iridiscencias de todas la imaginaciones posibles en el interior de la gran Pagoda Escarlata.
Dos gemelas de culos hipnóticos y ojos zafiro me susurraron en ese instante: Adoro el sexo. Es la antítesis de la muerte.
En éxtasis, seis sexos me succionaron desde el suelo de mármol rosa hasta un estanque adornado de piedras preciosas. La fuente la constituían tres tríbadas adamantinas, a través de cuyos pezones leche tibia salía. Entre los jardines reinaba sinigual orgía. Sobre el césped, los cuerpos se movían lascivos como sierpes vivas.
Frente a las hogueras artificiales, cinco ángeles me devoraban, mientras yo demostraba mi hombría.
Mi foco no daba abasto. Así que cuando se emancipó un largo tentáculo desde mi ombligo hasta una de sus bocas, no pude por más que alegrarme de aumentar el nivel de placer por encima de los que poseen un sólo sexo. Al mismo tiempo, dos ventosas se adherían a mi ano y mis testículos durante el trance; yo penetraba a una morenaza de ónice y a una pecosita pelirroja a la vez, provisto de mis dos glandes, gordos rojo fuego, otras varias me masajeaban el torso, la espalda, los miembros, sin dejar de lamerme los lóbulos de las orejas y mordisquearme los pezones.
El tiempo lo marcaban los iris de la locura en la noche encontrada que juega desnuda. No había ningún reloj ni dentro de la estancia en la que me hallaba ni en todo el recinto. La eternidad parecía ser la cuarta dimensión en aquellos momentos.
Nunca había visto en vivo y en directo un bukake, ni penetraciones múltiples, ni escaleras de color, ni hasafelas, ni…
Perdí la noción del tiempo después de esnifar las aureolas de polvo blanco de los pezones, cuyos melones, a posteriori, me proporcionaron una sublime paja cubana en mi crecido falo umbilical, que adoraban diez conchas abiertas como posesas.
A estas alturas, yo había orgasmado ya dos veces hacia adentro, mientras una serpiente de ojos verdes me introducía un dedo en el recto. Con el punto G abierto y todos los chakras a punto de caramelo, no pretendí evitar la elevación espiritual del summun en mi acalorado cerebelo.
Y proseguimos, cada vez más jadeos, con el cósmico juego, universales deseos, hasta que sobre la colcha de las pasiones, sudores y carnes, caímos vencidos en los brazos de Morfeo.
– ¿David? – sonó mi móvil.
– ¿Sí, Judith? – contesté.
– Entonces, ¿aceptas el trabajo?

 

Eduardo Ramírez Moyano

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