No me quería rendir a admitir una derrota. Pero así fue. Todo cuanto hice, lo perdí. La ilusión, la desmesurada entrega por una pasión enfermiza, tal vez irreal. Brutal el perder la confianza en una misma.

Aquel cuaderno se convirtió en un cementerio de letras. Pensamientos efímeros. Amores muertos. Errores mugrientos. Deseosos todos ellos de emerger del infierno. Para llevarme con ellos.

Cerré de un manotazo toda tentación de seguir publicando. Lo oculté en lo más recóndito. Lejos. Un lugar oscuro, húmedo e inalcanzable para cualquier humano.

Pasado el tiempo acudieron falsos vendedores de sueños. Buscaban mis versos. Los escritos, escupidos, vomitados desde el alma. No dormía. Vigilaba cualquier ruido. Fue la cobardía la que pudo con mi historia.

Confeccioné una coraza crubiendo todas las bandas, hasta conseguir hundirme y que desistiera de mi hazaña.

Ya no escribo. Ya no cuento lo que quiero, lo que duele o lo que mata.

Ahora muero en vida.Con un secreto. Y otros muchos esperando mi entierro.

Se convirtió en mi cementerio de textos y no quise verlo.

 

Estas son las distintas etapas, contado a mi modo, que puede pasar cualquier escritor en un momento dado. Perder toda noción. Hundirse en sus propios versos. Llegar a pensar que cuanto hace, dice y comparte es ridículo. Y pasar a la total oscuridad de su pensamiento, donde quiere seguir escribiendo pero algo lo impide, y se siente muerto.

By Miriam Giménez Porcel.

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