Quince de noviembre

Quince de noviembre

Cada quince de noviembre, año tras año, me levanto temprano, antes de que salga el sol. Caldeo bien la casa con un buen fuego prendido en el hogar, puesto que el frío de este día siempre parece calar más en mis viejos huesos. Pongo al fuego la cafetera y, mientras, rebusco en el armario mi viejo traje de los domingos. Me acicalo como en aquella nuestra primera cita, incluso me pongo aquella vieja pajarita de color amarillo que a ti tanto te gustaba. El sonido de la cafetera ya es renqueante, como mis pasos al bajar la escalera de madera que siempre cruje en el tercer escalón, y el aroma a café inunda nuestra casa.

Me siento en mi sillón preferido, ese que lleva conmigo casi tantos años como yo mismo, ese que ya parece que forma parte de mí. Apoyo en su costado mi bastón y me dispongo a disfrutar del humeante café junto a las llamas que prendieron hace un rato y que ya han conseguido que el pequeño saloncito adquiera una temperatura más que agradable. Caliento mis manos al fuego, como tú siempre hacías, antes de tomar la taza de loza que contiene mi exiguo desayuno. La misma que llevo utilizando todas las mañanas desde hace más de cincuenta años y que está más desportillada que yo, si cabe. Mi viejo cuerpo entra en calor con rapidez, algo que esta mañana parecía imposible. El frío había calado tanto en mis huesos que parecía querer quedarse conmigo para siempre, como cada quince de noviembre. Pero no, el fuego me reconforta y consigo dar un respiro a mis maltrechos huesos. Caliento mi estómago con el delicioso café, solo, sin azúcar, como siempre lo tomabas tú y que yo tanto odiaba. Pero hoy es un día en el que el café merece tomarse así, a tu manera.

El moderno equipo de música que me regaló mi nieto mayor para mi último cumpleaños me sorprende, como siempre, inundando la estancia con las notas de Beethoven con tan solo pulsar un botón. El único que sé utilizar. Con la única melodía que me gusta escuchar. “Para Elisa” resuena en toda la casa, el volumen estaba subido al máximo, seguramente Carmina moviese la ruedecita la última vez que vino a limpiar. Lo bajo hasta que el volumen de la música concuerda con mi estado de ánimo de hoy, un ligero murmullo de fondo que soy capaz de escuchar con total claridad a pesar de la sordera que va deteriorando mis sentidos poco a poco.

Enciendo un cigarrillo, el único que fumo en todo el año. Mis pulmones responden a la agresión con un fuerte ataque de tos que me hace doblar sobre el bastón. Sé que son solo las dos primeras caladas y que luego podré fumármelo con tranquilidad, mirando por la ventana el soleado y frío día otoñal. Estoy recreando la atmósfera perfecta, con la iluminación adecuada, la única música posible para un día como hoy y el nivel de humo en el ambiente perfecto para poder excusar mis lágrimas, que llegarán sin falta a mis ojos dentro de unos breves instantes, en cuanto apague la colilla en el cenicero que adorna durante el resto del año la sala.

Abro el segundo cajón del aparador. Extraigo con la mayor delicadeza de que soy capaz una pequeña caja de madera que está acomodada en el rincón más alejado. La abrazo, en un lazo fuerte fabricado con mis brazos, contra mi pecho. La primera lágrima comienza a surcar mi rostro cuajado de arrugas. Da igual, continúo con mi tesoro cerca del corazón hasta regresar a mi sillón, ese que está amoldado a mí y en el que he pasado tardes enteras recordándote.

Abro la cajita con cuidado, podría decirse que hasta con miedo, a juzgar por los desacompasados latidos de mi corazón. Aquí estás, tan hermosa como siempre. La vieja rosa seca que guardaste como recuerdo continúa sobre ti, acompañándote, ya que yo no puedo hacerlo. Tus fotografías se van deslizando entre mis torpes dedos con lentitud, saboreando cada una de ellas, llorando cada una de ellas, mientras las notas de “Para Elisa” continúan resonando en la habitación una y otra vez. Una sonrisa se mezcla con mis lágrimas al comprobar que sigues siendo la mujer más hermosa que he conocido en mi vida. Hasta que mis lágrimas la absorben y llueven a raudales sobre mi rostro, mojando mi viejo traje de los domingos, el mismo con el que te llevé al altar.

Hoy, quince de noviembre, hubiésemos celebrado nuestro quincuagésimo aniversario juntos, si aquella maldita enfermedad no te hubiese arrebatado de mi lado sin tan siquiera pedir permiso. Y lloro, y grito, y río, porque no estás junto a mí, pero mi amor hacia ti sigue siendo tan imperturbable como el primer día. Porque te quiero, mi vida.

Soy Ana, financiera de profesión y escritora de vocación. Tratando de cumplir mi sueño. Aprendiendo, siempre aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

2 comentarios en “Quince de noviembre

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