Promesa eterna

Cuántas veces hacemos la promesa a amar para siempre.

Esta vez así fue, y hubo que traspasar los límites de las propias vidas para poder reencontrse.

La música de Glen Miller era más lenta que el ritmo que llevaba su corazón en ese momento, cuando lo único que hizo falta fue tomar su mano para saber que era la promesa recibida de aquella otra vida en que se separaron pensando que sería para siempre.

Fue aquella,  una tarde sin sol como todas las del húmedo invierno que se vivía en aquellos días al norte de Francia; cuando, Manuel,  presa de la incertidumbre, esperaba verla salir de las malditas rejas de acero dentro de las que había estado detenida por más de 12 lunas, a causa de una falsa acusación derivada del único pecado de Ana; que había sido enamorarse y enamorar a un hombre a quien otra mujer había querido desposar.

Sin historias previas ni dolorosas,  iniciaron una vida hacía casi 4 cuatro meses cuando Manuel y ella se veían pasar por el ancho puente de piedra que separaba a los alfareros y a los herreros del vecindario condal, siendo al final de un largo día que la tomó, la llevó a la orilla del río y ahí, sin mayor cuestionamiento se amaron, se entregaron y vieron miles de mariposas volar anunciando el nacimiento de un nuevo amor.

Manuel, un simple escudero, Ana una chica del pueblo, de ésas en las que nadie gasta su tiempo, ni siquiera para simplemente voltear a verla; menos para ayudarla cuando se vio presa del tribunal inquisitorio.

A medias en secreto, a medias de manera tan indiscreta que revelaban su amor a los cuatro vientos,  emanando involuntariamente chispas de pasión y justo el día primero del mes, cuando los aldeanos estaban en misa, Manuel y Ana, a la orilla del río, recorrieron su cuerpo desde los pies hasta el alma, como dos ciegos, tocando por última vez su piel, por última vez imprimiendo cada parte de ellos, cada rincón de su amor, cada esquina de la danza rítmica que el pecado les regalaba, tatuando su deseo hasta otra vida.

Ahí, Ana fue hecha prisionera, justo ahí en donde se juraron sin palabras amor eterno; acusada del delito más socorrido en aquellos tiempos, acusada de brujería, acusada por el capricho de una mujer que apoyada  por el señor feudal, reunió pruebas inexistentes para separarla de su amado; mismo al que ella quería metido en su vida, en sus días y en su cama.

Aquella mañana, Manuel soportando la más grande impotencia, presenció la popular ceremonia de la esperada quema de una bruja más. Las brasas fueron envolviendo el cuerpo de Ana quien en cuestión de minutos se fundió en éstas, no en tan corto tiempo que fuera posible impedir que su boca jurara amor eterno a su amado, no sin dejar libre en el aire la promesa que se gritaban los dos para encontrarse más allá del tiempo.

Bastó tomar su mano para saber que era la promesa recibida de aquella otra vida en que se separaron pensando que sería para siempre, tan hermosa dentro de sus abrigo blanco y sus zapatos de tacón, a mitad de la escalinata que lleva a la biblioteca nacional;  tomó de la mano a Manuel y sin palabras le dio la certeza de que esta vida, en donde su amor  está permitido, no harán falta promesas de algún reencuentro porque su fuego logrará fundir su alma y su cuerpo en uno sólo.

Sellando con un beso la promesa eterna de encontrarse en otra vida para amarse hasta la eternidad.

About Nora Arrieta

"Me llamo Nora, vivo en la ciudad de León en México y tengo 51 años. Desde siempre me ha encantado leer y crecí con historias de cuentos y hadas en las que los sueños se hacen realidad. Me encanta la novela histórica y la poesía. En mi juventud escribí y publiqué algunas obras y abandoné las letras para retomarlas apenas hace un año, disfrutando muchísimo pintar en pliegos mi vida y las que me puedo robar en mi andar diario. ¡Gracias por leerme y sentir mis palabras en tu ser!.

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