Prólogo “Universo de esperanza, lucha por la vida” ¿Podéis compartir, por favor?

Prólogo “Universo de esperanza, lucha por la vida” ¿Podéis compartir, por favor?

Quise dar forma a las palabras de una amiga muy especial, a la que pedí escribiera este prólogo, pero no puedo. Quiero dejaros sus palabras tal cual ella las plasmó. Quiere seguir siendo una persona que, desde el anonimato, como muchos, ayudan a los demás, implicando en ello toda una vida.

Deseo que conozcan desde su mundo aquello que se obvia, que, desde el sofá, sentado en nuestra zona de confort no nos preocupa. Si aún te queda un poco de ese ápice de humanidad, sentirás en primera persona sus palabras.

” Aquí estoy para intentar compartir contigo algo de este camino que he elegido o que estaba esperándome, nunca lo tuve bien en claro y con el tiempo siento que tampoco importa esa respuesta. Es difícil, te lo confieso, y di unas cuantas vueltas (ya lo habrás notado) hasta poder traer aquí tantos años de vida, como los que tengo, porque en realidad esta historia, mi pequeña historia de luchas y esperanzas que, a pesar de todo, comienza con mi propia infancia.

Enfermedad, pobreza y dolor, no recuerdo una etapa en mi camino en la que los hospitales y la lucha por la vida no hayan formado parte de mi historia.
He sentido el miedo, el aislamiento (porque no hay nada que aísle tanto como la enfermedad, aún con todas las buenas intenciones y el amor del entorno, el enfermo está solo en su realidad.

Cómo me dijo un gran amigo y colega hace años “esto es como rendir un examen, podes estudiar con alguien, te pueden acompañar hasta la puerta, sabes que afuera te están esperando, pero en ese momento, sos vos y tus fuerzas…”

Las noches con una luz encendida (he visto pocos niños con enfermedades severas que toleren la oscuridad, no tanto por miedo, como generalmente se piensa, sino más bien para ver que el entorno, el cotidiano, aunque sea estando en una cama de hospital, sigue ahí, que sigue existiendo algo a dónde quedarse y que proteja. Los días de mirar por una ventana (real o imaginaria) la vida, el sol, los juegos, todas las comidas ricas que ahora no puedo, mi perro que me espera, mi aula de clases…

Volver a la escuela, a la plaza, a los helados en verano, al río, al mar, a los abuelos, los tíos, los primos, los amigos…

Volver a la Vida que está afuera, ahí, al alcance de la mano y a un millón de kilómetros, pero sonrío, miro a los que están cerca y sonrío, aún en circunstancias imposibles, porque no sé ni encuentro las palabras en esta infancia mía que no me ha dado tiempo para aprender muchas letras, no encuentro la forma para decir.

Por favor, por favor, que no me falte tu mirada que me trae todos los días el reflejo del afuera ahora inaccesible, tu mano con la caricia que me recuerda que mi cuerpo aún puede recibir calor y me sostiene y me abraza para ayudarme a espantar miedos, tantos.

Quiero volver a casa, no importa si tendré que aprender a hacer distinto, o a no hacer algunas cosas, quiero volver a casa para intentarlo, y cuando me gana el dolor y el hastío de agujas, y sueros, y cirugías, y médicos y enfermeros, ese olor a hospital, y corridas y llantos de improviso, y el niño de la cama de al lado que no ha vuelto, y payasos que vienen algunos días y me gustan y no (es una sensación rara, la risa y el llanto porque sé que es sólo un rato y luego yo aquí y el resto afuera).

Y todo eso me recuerda implacablemente que estoy en un lugar indefinido que no entiendo, ahí aparece el llanto, a veces incontenible, y veo las caras de angustia y el miedo en los que me rodean y es peor, hasta que el abrazo de mamá todo lo envuelve.
Y ahí llega esa médica, que me mira con unos ojos que saben, que saben cómo es esto y me sereno. Me están cuidando.

Esto, es para mí la pediatría. He estado a ambos lados. Ahora sé que esa gente que yo veía como bastiones también tiene miedo, tiembla ante una imagen o un laboratorio, siente ganas de correr cuando ve los ojos de esperanza y de confianza de esos padres. Esos, que sabes deberán despedirse. Ahora sé de las noches en vela buscando entre pilas de textos “ese” tratamiento, “ese” diagnóstico que se puede estar escapando y que lo cambiaría todo, “ese” gesto, de “ese” niño que se me puede haber pasado por alto y que quiere transmitir algo que significa mucho para él/ella y que no estoy viendo.

Y además está la pobreza, y el desamparo de los padres, y el verlos dormir en bancas, escaleras de hospital, caminar kilómetros de ida y vuelta en plena selva, en pleno campo, en el silencio de ciudades inmensas y salvajes, sabiendo que ellos también tienen que seguir, en sus hogares humildes (sabes que yo hago medicina sólo en hospitales públicos), con trabajos muchas veces extenuantes, agotados, desolados, absolutamente al límite, pero sonrientes. Cuando llegan a la sala, al consultorio, sonrientes y esperando.

Y mis seres de luz que me miran, nos entendemos de tantas formas. Vamos por una especie de camino paralelo, hemos quedado en una zona que el resto sólo puede presentir.

Lo he vivido desde los dos lados; seguramente este no es el enfoque científico que se acostumbra a mostrar en el cotidiano, todos nos ponemos nuestras máscaras y salimos a cumplir nuestro papel. Yo también lo hago, y hay muchos colegas para los que la máscara se ha transformado en su cara real. La negación del miedo, silenciar las inseguridades.
¡No!, no acepto eso. ¡Claro que existe la esperanza y la lucha y la utopía!

¡Hasta el último aliento, hasta el último latido y después también por los que vienen!
Pero, por favor, no neguemos más el dolor, hay que darle cabida, dejarlo que se exprese y contenerlo, salir con sonrisas de las lágrimas, dejemos que estos niños nos digan TODO lo que tienen que decir.

Tal vez sea rescatar de lo imposible, desde el abismo, todo lo bueno de este incomprensible mundo para SER.

Sólo eso… para SER HUMANOS.

En eso estoy, amiga, esto es lo que he elegido. Es un camino solitario; difícil.

El otro día le comentaba a una amiga que notó cuán intolerante me estoy volviendo a muchas cuestiones cotidianas. Entiendo que muchas veces no me comprendan, o que me juzguen como fría o distante, que lo parezco y mucho.

Es que, ¿sabes?, aún tengo miedo a la oscuridad.

Besos mil. C.M.

 

Gracias mi querida amiga Brisa te acompaño en tu camino y te agradezco de corazón todo lo que aportas en estas letras, como comienzo del libro.

 

Marijose.-

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