¿Por qué sonríe la chica del acantilado? (Y lo hace suavemente cual suspiro…)

Por aquellos años solía viajar, ir de aquí para allá, recorrer el mundo a mi manera. Llevaba, ciertamente, una vida bohemia en el buen sentido de la palabra, y retirarme temporadas enteras acompañado de mi hermana soledad a las solitarias playas de la costa, nido de fértiles cosechas intelectuales y fértil tierra de bálsamos contra el amor a la sombra del olvido, era una de mis mayores satisfacciones.
Entregado a esta tarea de exquisiteces universales que la juventud me brindaba en cuerpo y alma, sin nada a cambio: ni pacto, ni deudas, sino el más puro de los altruismos, un regalo de los dioses, en verdad un tesoro desenterrado de dentro a fuera de mí. Entregado a esta tarea, encontraba paz, “sentido”, …felicidad.

Vivía y vivía, vivía por vivir, vivía para vivir, vivía existiendo.

Tenía edad y empeño, ilusiones, esperanzas. Armadura sin coraza, pues por fuerte no era menos sensible, como desnuda se muestra la Naturaleza.
Tenía inquietudes desbocadas, y pasiones me acercaban a las cosas más sencillas, y en realidad más bellas, del Todo; que no obsesiones, de esas que se hacen llamar pasión, y cabalgan fuera de los dominios de uno para regresar un momento y hacer creer que llenan.
Recuerdo que antes, cuando sabía hablar con los pájaros, volar, reírme de un payaso, vivía; no como ahora, que sólo albergo penas y derrotas, y además puedo ahogarlas fácilmente en un vaso de vino. Ahora soy aquel payaso desgraciado, falto de público, que llora su llanto real ante nadie o la botella, más o menos lo mismo.
Pero recuerdo que antes vivía. Sí, vivía. Vivía los segundos, las horas, los días…

Y fue durante uno de esos días cuando la vi por primera vez. Una de esas extrañas mañanas en las que, por mucho que lo intentas, nunca logras discernir si se trata de un sueño prolongado de la noche anterior.
Yo paseaba por la orilla mientras, dejándome acariciar por la espuma, recogía plácidamente las conchas que deshijaba el mar en mi travesía… y allí estaba ella.
¡Allí estaba ella más reluciente que un incendio, apoyada sobre el mar! Quieta y muda, existencialmente intensa. Seria, alta, profunda, circunstancial, altiva como una diosa, angustiada como un mortal. ¡Allí la siniestra silueta, estatua de sal en duelo de fuego, azotada por el viento triste figura, ante los ojos del mundo!

¿Qué persona habría sido capaz de resistirse a mirarla? ¿Qué persona habría tenido la templanza suficiente para eludir tan absorbente tentación? Yo no.
Yo no podía dejar de mirarla día y noche. No podía comer. No podía dormir. No podía vivir pensando en la chica del acantilado.

Los días se sucedían y yo sufría, sufría mucho. Digería, a espasmos, el sufrimiento del ignorante deseoso por saber.
Y los días se sucedían de igual forma que las noches, poco sabios como yo, sumidos en el juego confuso del que espera una respuesta, cual jugador de última baza: Un alba, un crepúsculo y ella; porque ella era mujer, pero también castillo clavado en la abstracción, otro astro si se habla con justicia, impasible siempre ella, ocultando (deliberadamente creo) tras sus murallas la extensa filosofía de una obra muy personal, tan humana como ella misma.

Y yo sufría poesías:

“Su presencia me hace suyo,
y si suyo soy, de ella,
más lo hago cada verla,
más me dejo a su influjo.
Su presencia me hace Santo,
tanto que conocerla tiene sangre,
mas lo daría todo por Algo,
y aún con la poca que guardo
de fracasos, fraudes y ascos,
donaríala hoy sin frenarme,
sabiendo el sentir que sólo alcanzo
a ver sus formas de ángel”

Pero cada pregunta que lanzaba al aire, y éste ofrecía al viento, encontraba siempre la misma lánguida respuesta de una mirada, que la barandilla de ornamenta había terminado haciendo suya.

El tiempo se iba tal cual venía, y venía siempre igual. Eso sí, ella impasible desde su mirador, por encima sólo cielo, y su estado anímico indiferente e ileso al desgaste del devenir; y entre silencio y silencio, mudez, y algún que otro verso…

“Su presencia me hace suyo,
y si suyo soy, de ella,
más lo hago cada verla,
más me dejo a su influjo…”

Jamás silencio se hizo himno a la Divinidad. Jamás silencio tuvo motivo tan perfecto: Promediaba entre el Ser y la Nada.

A un paso de la fusión yo esperaba, en vano, desesperando, poder vivir otro segundo más para ver tender sus alas diáfanas sobre mi pecho, lo que nunca sucedía. Tan lejana y tan mía, arañando más allá de la razón la sutil membrana de nuestros universos compartidos.

Así pasaron no sé cuántos siglos, hasta que el cuarto día ocurrió algo: El Sol como de costumbre, como tantas otras veces, descubrió su media yema para dar color al día en su faceta de pintor realista; las olas suspiraron brillo y reflejos al nuevo lienzo, que empezaba a abrirse en abanico y parecíase al amanecer; el horizonte bostezaba con toda la naturalidad de lo vital, y estornudaba espuma contra las rocas; y cuando los últimos rayos hubieron terminado de dibujar el paisaje… ocurrió.
Era brillo, sólo brillo, algo más que simple luz, un poco más de brillo imprimido por lo que estaba empezando a ser una soleada y agradable mañana. Nada fuera de lo habitual, excepto… su ¿procedencia?
Agudicé la vista, mi corazón palpitó y estallaron venas bajo mi piel, fronteriza por roce de mundos interiores, en deliberada complicidad ¡incubada revolución!
Una larga sonrisa en sus labios ardía como nunca; ni siquiera los dos soles semejantes a ojos, que no podían resplandecer más, ardían tanto.

¿Qué estrella por remota que se hallase no habría rendido esclava su áurea blusa, y corrido su velo estelar para ofrecer dignísima la danza de los cabellos del Fuego como reverencia?
¡Qué sonrisa! ¡Dios, qué sonrisa!

Yo salí de la casa y corrí, corrí hacia la escalinata de mármol mientras mi cabeza intentaba comprender por qué lo hacía.
No había pisado el primer escalón, cuando sus pupilas me regalaron una respuesta, su respuesta, la respuesta; la única mirada de verdad en todo este tiempo; el antes, el ahora y el después; el secreto desvelado; las memorias de su alma en un eterno pestañeo.
Y una frase de diamante rondó mi mente de vidrio al estilo de aquellos grabados ancestrales que nunca mueren, milenarios y fugaces peregrinos del destino manifiestos en lo inconsciente, legado que nuestros antepasados quisieron hacer perdurar:

“Destapar el tarro y deshonrar la esencia”

Entonces supe por qué sonreía. Sonreía porque ya no quedaban preguntas. Sonreía porque ya no quedaban respuestas. Sonreía porque el hielo con el tiempo se hace agua y se funde con el mar, y ella había sido hielo, un bloque de hielo con piel.
Por eso sonreía y brillaban de un modo especial las celestes vidrieras de su rostro. Por eso oí un suspiro (ningún justo habría oído grito) cuando abandonaba ese mágico lugar… y, en fin, por eso aquella noche yo crecí, el Genio de los mares durmió tranquilo y algunas flores nacieron negras.

Ha pasado ya mucho tiempo, pero hoy todavía recuerdo lo ocurrido como aquel mismo día, como si tatuado en algún rincón del alma no pudiéramos desprendernos el uno del otro.
Y, a veces, mientras resisto el desafío del invierno junto a la chimenea, cuando paso las largas horas de la poca vida que aún me queda meditando sobre mi pasado, siento su presencia fresca y pura discurrir por los surcos de mis castigadas arrugas.

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