Pícaros recuerdos

REPÍTEMELO OTRA VEZAquella tarde, había poco tráfico en la carretera a pesar de ser sábado, día en que todo el mundo decidía acercarse a pasar el día en la playa.

Imagino que el día lluvioso tampoco acompañaba demasiado. La luz se iba atenuando mientras el sol entre nubarrones negros se terminaba de ocultar en el horizonte.

En algún momento el arco iris se abrió paso entre aquella jauría de suaves algodones.

Un cartel de tamaño considerable con la ilustración de un bosque acompañaba una leyenda “Valle de Ricote”

No se porque a mi mente llegaron  pequeños fogonazos de recuerdos lejanos de aquella pasión intensa de la que estaba llena la vida.

Siempre escribía porque hablaba poco, en su lugar actuaba “La vida sin pasión era algo vacío”.

Cada mañana una chispa encendía su motor y duraban sus brasas hasta el amanecer siempre ardientes para volver a revivir de nuevo.

En el hogar, el fuego absorbe el calor de dos cuerpos que yacen a su vera deleitándose mutuamente, dando rienda suelta a un mundo de sensaciones, de vibraciones incontroladas, de pasión extrema, de las más intimas, secretas fantasías.

Dos hermosos cuerpos bañados en sudor, sus labios entreabiertos, sus ojos brillantes, pupilas dilatadas.

Recorriendo con sus dedos suavemente cada pliegue de piel, absorbiendo intensamente su olor.

De vez en cuando él hacia una brevísima pausa para volver a sus ojos, sus pechos. Sus pezones hermosos, erguidos como altas torres en sus senos, lindos, pequeños, que casi podía envolver con sus manos.

Le gustaba sentirlos duros, eso le provocaba aún más.

Retornaba para deleitarse mientras su lengua húmeda arrancaba gemidos de aquella dulce garganta cuyos labios habían subido la libido de tal manera que él no había sido capaz de controlarse, era tal el fuego que le hacía sentir, en su interior que no podía parar.

La deseaba como a ninguna, no era un tópico, días atrás chateando se desbordaron y acabaron solos, ahogando el deseo de permanecer el uno al lado del otro, durante segundos, minutos, mejor horas.

Ahora se sentía extraño, la tenía debajo de él, su clítoris estaba erecto y su cuerpo se estremecía en cada caricia.

Prometió llevarla hasta las nubes, eso si que fue una tontería, pero él sin saberlo iba camino de hacerla disfrutar como nunca antes lo había hecho nadie.

La noche anterior recibió un mensaje, cuando ya había descartado totalmente un encuentro con ella.

Un lugar y una hora, nada más.

No estaba seguro de aquello, ella sentía pánico, se lo había reconocido.

El no lo entendía muy bien, pánico ¿Por qué? Una extraña circunstancia los había conectado y desde aquel momento surgió algo que él en ningún momento quiso evitar, si bien ella esquivó.

Pánico, por que un perfecto desconocido estaba despertando sentidos dormidos en el tiempo. Porque intensas sensaciones recorrían su cuerpo sin control alguno.

Porque su pasión, esa con la que ella realizaba cada faceta de su vida, se había intensificado.

Ponía pasión en todo, pequeñas, amenas, aburridas cuestiones. Porque sin pasión decía la vida no era tal, pudiendo llegar a convertirse en algo anodino.

Cada mañana una sonrisa y una gran dosis de paciencia la acompañaban a la oficina donde intentaba darle un poco de brillo a su actual tedioso trabajo, antes divertido, interesante, creativo como era ella.

Una loca soñadora de la vida, del amor, de la pasión, de la amistad. Una mujer atrevida, luchadora dispuesta a cambiar la vida, mantener amistades o crear lindos momentos.

Si  no hay sensaciones, si tu cuerpo no vibra, si tú corazón no late, no estás vivo, estás muerto en vida.

Pero él no la conocía, no sabía como era, cual era la chispa que le daba vida cada nuevo día.

El llego puntual pero ella ya se encontraba en el lugar. Aunque solo había visto alguna foto de ella, supo que era aquella mujer.

Morena, bajita, como se había descrito. Lo recordaba perfectamente. “No soy tu tipo, soy bajita y no llevo una talla 36”.

Era cierto, pero le pareció hermosa.

Por un momento dudo, ella se había colocado tras la columna del capitolio y apenas podía verla.

Su corazón palpitaba demasiado rápido, aunque su mente no quería reconocerlo.

Se acerco por detrás y la observo con discreción.

Estaba fotografiando un lindo cisne negro, allí junto a la estatua de la Diosa Griega.

Guardo la cámara y dirigió una mirada hacia el camino que partía del eje central de los jardines, por el que se suponía habría de llegar.

Sonrío pícaramente y se acercó a ella, la abrazo y la llamo en un dulce susurro por su nombre, mientras besaba su piel detrás de sus pequeñas orejas, bajando después delicadamente hacia la nuca.

Ella se volvió y le beso en la boca. Le revolvió el pelo cómo a el tanto le gustaba. ¿Cómo podría saberlo? pensó.

Se miraron a los ojos y se besaron primero despacio, delicadamente, buscándose, después apasionadamente.

Era septiembre y refrescaba. Había poca gente aquella mañana en el jardín, pero aquello tampoco era algo que les importará.

Él la atrajo fuertemente hacía si, como aquella noche la sintió mientras chateaban.

Sus lindos ojos traspasaban los suyos buscando una respuesta pero solo sus cuerpos respondían.

De repente, unas risas de niños les devolvió a la realidad. Ambos se pusieron rojos y corrieron hacia los laberintos mientras sus cuerdas vocales emitían una divertida y contagiosa risa.

Él  ya conocía aquel sitio que para ella era un refugio, y no le extrañaba que le gustara tanto acudir allí. Un lugar tranquilo lleno de calma y quietud. Repleto de sensaciones para la vista y el olfato.

Flores, lindas praderas, y aquel estanque donde peces de colores, ánades y cisnes, negros y blancos sin conflictos convivían.

No tenía ojos nada más que para ella.

El roce de su piel, su mano le producía sensaciones olvidadas.

Un camino medio oculto en la espesura de aquel bosque, fue el lugar donde volvieron a buscarse mutuamente.

Sus manos, sus cuerpos, sentían el latir de sus corazones, su respiración entrecortada y sus ojos brillantes le deslumbraban.

Sus labios se unieron mientras en su interior sus lenguas se encontraron y juguetearon unos segundos que les pareció una eternidad.

La apretó fuertemente contra él y sintió sus pechos duros debajo de aquel vestido azul celeste, morado, que tanto le llamo la atención, cómo ella distinto.

Su mano fue guiada con precisión bajo la fina y suave tela hasta uno de sus pechos, aquello estaba pasando en realidad.

Pero aquello no era lo que deseaban. Hacerlo en aquel lugar, le producía  morbo, tanto que el placer era muy intenso, no sabía si podría contenerse.

Quería sentirla, tenerla dentro de él pero no así.

Su mente decía una cosa pero su cuerpo, su deseo era otro y al final se dejó abandonar.

Sus dedos jugueteaban con sus pezones. De vez en cuando paraban al oír el ruido de voces, de la hojarasca al pisarse, para después continuar más intensamente.

Mordisqueó sus pechos, lleno su boca de esos senos cuya firmeza le recordaban a la fruta madura y fresca.

Y ella le besaba para no hacer ruido pues no podía evitar gemir de placer.

Aquello se había desbordado como ocurrió durante aquella conversación noches atrás, pero ahora estaban juntos, y no querían separarse.

Metió la mano por debajo de su vestido, palpo su tanga, el suave encaje, aquello ya no podía volver atrás.

Tiro de ambos extremos con fuerza y se lo guardo en su bolsillo. Ella no hizo gesto alguno de disgusto.

Metió su pezón en su boca mientras llevaba su dedo hacia su clítoris. Él pudo comprobar que estaba totalmente húmeda, esperándole.

La apretó más fuerte hacia sí y ambos sintieron una palpitación extrema en sus partes más íntimas.

Ya nada les distraía. Ningún ruido les asustaba. Sólo se sentían a si mismos uno parte de otro, como antes habían deseado.

Marijose.

#Recuerdos  #picaros #Marijose

About María José Luque

Mi pasión las letras "siente la música de la vida, aún en el desierto,cuando el viento te envuelve, suave, cálidamente"

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