Pasarela a la tranquilidad

Pasarela a la tranquilidad

PASARELA A LA TRANQUILIDAD

El día había amanecido espléndido. Pilar daba vueltas cansadas con su cucharilla en el primer café de la mañana, mientras observaba por la ventana el vasto mar que se expandía ante sus ojos. Se la veía agotada, ojerosa. Las primeras canas comenzaban a hacer acto de presencia desde la última vez que se las cubrió, en un intento por pretender aparentar una edad que no le correspondía. Por el gesto ausente de su mirada se podría decir que se la notaba incluso triste.

No era el primer día que Pilar se veía en esta situación sentada a la pequeña mesa de su cocina. Llevaba meses arrastrando esa sensación de cansancio infinito, de quien ya se ha cansado de luchar por alcanzar una utopía. Cada mañana acudía de manera automática a su trabajo, que realizaba maquinalmente, y regresaba de la misma forma a su casa. Ya ni siquiera le apetecía relacionarse con sus compañeros de trabajo, esos que cada vez que se acercaban a su mesa le alegraban el día con comentarios del tipo «qué mal te veo, ¿estás enferma?». Ya no quería dar más explicaciones, no se sentía con fuerzas para pretender dar una apariencia que no correspondía con su estado de ánimo.

Aquella mañana, Pilar, tras fregar el vaso y la cuchara de su triste desayuno decidió que ya no podía continuar adelante. Llamó a la empresa para avisar de que estaba enferma y no podría acudir aquel día. Era la primera vez que lo hacía en toda su vida de trabajadora, y ya eran unos cuantos años. La desgana la había vencido, la apatía había dominado su vida. Sentía que ya no podía continuar con el duro pulso que era su día a día, en el que su mano siempre caía derrotada a su lado de la mesa.

La esplendidez de la mañana fue la que la llevó a tomar aquella decisión. El día era demasiado precioso como para malgastarlo en cualquier otra ocupación que no fuera dedicárselo a sí misma. Puede que ya no tuviese ganas de cubrirse las canas que, junto con las incipientes arrugas de su rostro, delataban su edad. Pero, o precisamente a causa de ello, sentía una necesidad imperiosa de llegar hasta aquel remanso de paz que era la playa a aquellas alturas del año.

Corría el mes de diciembre, en pleno invierno, aunque la temperatura era más suave de lo habitual para aquella época del año. Escasas nubes surcaban el cielo y el mar aparecía con una calma inusual. La pleamar hacía que pareciese mucho más amplio y atractivo. Dirigió sus pasos hasta la arena y dejó que el aire marino inundase sus pulmones en una profunda inspiración. El único sonido que podía escuchar era el de las aguas llegando calmadas hasta la orilla. Dejó que la paz del momento la embargase y buscó un lugar adecuado para sentarse. Extendió el alegre pareo de colores que había llevado sobre la arena y se sentó mirando a la infinitud del mar, con las piernas cruzadas.

Cerró los ojos y comenzó con sus técnicas de relajación, tan bien aprendidas en los últimos meses. Ella practicaba una meditación silenciosa, con la que conseguía aislarse del mundo que la rodeaba y podía dedicarse a ser ella misma. Al cabo de unos instantes de permanecer en aquella postura, apareció ante sus ojos cerrados una inmensa pasarela que se adentraba hacia el mar. Parecía infinita, pues alcanzaba hasta donde llegaba la vista, justo en la línea del horizonte, donde el cielo se unía con el mar y  los azules de ambos se fundían en uno solo. Se visualizó a sí misma caminando en armonía por aquella pasarela, calmada, avanzando con lentitud hacia el horizonte. El camino recorrido se le hizo más corto de lo que aparentaba ser a la vista. En apenas unos momentos se hallaba en el final de aquella larga pasarela de madera. En aquel punto, se iba haciendo invisible gradualmente, hasta desembocar en una especie de neblina donde mar y cielo se unían. Pilar se visualizó dando ese paso. Se sintió evaporar al traspasar la sutil niebla y sintió cómo su cuerpo se fundía con cielo y mar. Los tres pasaban a convertirse en uno. Su cuerpo estaba imbuido de una paz hasta entonces desconocida para ella.




Poco a poco, Pilar fue saliendo de su estado meditativo. Cuando llegó a alcanzar la plena consciencia, abrió poco a poco los ojos para que se fueran adaptando paulatinamente a la luz del sol. Ante ella se extendía la misma pasarela que había visualizado hacía unos segundos. Igual que en su mente, recorría una larga distancia hasta fundirse con el horizonte.

No lo dudó dos veces. Se levantó de la arena y, dejando allí sus cosas, comenzó su avanzar por aquella pasarela que la conduciría de forma directa a la tranquilidad.

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