RELATOS

¡PÁNICO!

¡PÁNICO!
Desperté, no recordaba nada, sólo sentía un fuego abrasador en las sienes y un terrible dolor en las muñecas, la frase: «Después te hallarás mucho mejor», repitiéndose una y otra vez en mi cabeza como si alguien me lo estuviera susurrando y el desolador graznido de un cuervo tras la reja de un ventanuco a mi izquierda. Veía borroso y en penumbra, intenté moverme y no podía, estaba atado a la cama, grité: ¡Ayuda! ¡Auxilio! Y el silencio me escupió un desértico graznido desdeñoso. Lloré hasta tragarme mis lágrimas… Parece que la emoción sódica por mis mejillas me hizo reaccionar e intenté levantar la cabeza, el haz de luz de la luna en penumbra me permitía ver medio suelo y una puerta entreabierta…
Entonces comencé a oír lejanamente lo que debía de ser un animal de cuatro patas caminando lenta, muy lentamente hacia donde yo me encontraba. Un perro – pensé – voy a ser devorado sin más por un perro- Pero los minutos pasaban afilados como hojas de afeitar, sin vuelta atrás, y me veía como un moribundo cada vez más cerca de su final.
Por fin, cuando quedaban unos metros, se cerró la portezuela de la ventana en un golpe de viento y el habitáculo quedó completamente a oscuras.
-¡¡Agg!! -grité de pánico…




Duró una Eternidad mi alarido, hasta que intenté tranquilizarme y poco a poco fui bajando el tono de mi propia voz. Entonces hubo silencio. Un silencio sepulcral, que en mí se traducía en agonía… No se le oía. Mi corazón palpitaba como un tambor en una caja cerrada… Intenté levantar la cabeza y mirar hacia la puerta… De repente, un golpe seco abrió el ventanuco y mi mirada cayó en… ¡Dios, Dios! -grité espeluznado: Era un enano deforme, jorobado sería un elogio, con una cabeza completamente quemada, plena de gigantescos bultos y pliegues sobre pliegues, un ojo del tamaño de un balón mirando hacia un lado y el otro mirándome fijamente a mí, dientes exageradamente torcidos, largos y montados, dos agujeros por nariz…¡ Una monstruosidad como no había visto en mi vida! ¡Y me miraba fijamente, Dios sabe qué me iba a hacer!
No tenía tiempo para pensar. De repente, oscuridad total.
– ¡No, no, no! -grité hasta romperme las cuerdas vocales, giré la cabeza a los lados sin parar.
Yo ya era un poseso, no quería que se abriese el ventanuco, pero la sombría noche tenía previsto volverlo a abrir de par en par:
¡La cara de la monstruosidad se encontraba a medio palmo de mi cara, babeándome por un agujero debajo del labio inferior y chorreándome sudores de su carne más quemada de la frente, pareciendo como que se riera con sus enormes y amarillentos dientes montados!
Ya estaba fuera de mí, ya no era yo, sino un pelele sin voz ni oído, ojos cerrados, girando la cabeza a una velocidad nociva.
No sé cuánto tiempo pasó, pero calculo que bastante, hasta que dejé de girar, sin fuerza apenas, la cabeza y ya no notaba líquidos ni pastas sobre mí, ya no se oía nada, por fin, abrí los ojos… Estaba a oscuras, pero yo notaba la presencia de alguien. Levanté con gran dolor y dificultad la cabeza, y en el hueco de la puerta había un hombre gordo apoyado, con aspecto desastrado, cara de alucinado y ojos y mirada de borracho, pero ademanes de romántico, alternado con un movimiento de manos de jugador de Bolsa, una mezcla muy extraña:
– Sabes cuando entras, pero nunca cuando sales -Dice gravemente. Me llamo Carlos. Esta es la primera norma.
– Ahora te lo voy a decir en francés… -Añade ampulosamente: Vous savez quand vous êtes venu, mais vous ne savez jamais quand vous alle.
Al menos, parecía que ya no corría peligro mi vida. Y Carlos entró, me dio la espalda y se sentó en una silla junto a la cama de al lado.
Durante media hora mantuvo una conversación delirante sobre delfines y meigas; yo lo único que pude sacar en positivo es que a mi habitación se le llamaba «la habitación maldita». Cuando terminó su charla, se fue. Y a mí me venció el sueño…
Por la mañana, se nos despertó a todos a la vez, y como en una colmena, cada uno iba saliendo de su celda, a la mía vinieron dos ayudantes y un señor con barba y bata blanca, que me explicó: Estás en un hospital psiquiátrico, lo de las sienes se te pasará, es producto del electroshock, por eso no te acuerdas de nada. Estabas muy deprimido y te rajaste las muñecas: ¡Míratelas!
Entre los tres me ayudaron a salir al pabellón, donde había todo tipo de criaturas: la monstruosidad, cogiendo colillas del suelo, un engendro sin dientes alternando carcajadas y suspicacia, ex presidiarios plenos de tatuajes, muchas cicatrices y mucha deshumanización…
Esta historia me la contaron tal cual, acaecida en el hospital psiquiátrico de San X. Parece mentira que en pleno siglo XXI sigan existiendo «zoológicos» para enfermos mentales como éste.

Eduardo Ramírez Moyano

 

6 Comentarios

  • atardecerensantboidellobregat

    Desde luego el título hace honor al texto, Edu, es escalifriante y transmite ese pánico en el que se ve envuelto el protagonista. Un excelente texto excelentemente narrado.
    Besos todos, compi!!!

    • Eduardo Ramirez Moyano

      Muchísimas gracias por tus palabras atardecerensantboidellobregat, que son un aliento y llegan al corazón. Mil besos, compi!!!🙌🙌🙌👍

    • Eduardo Ramirez Moyano

      Muchas gracias!!! Sí, Antón, me he inspirado en un amigo que estuvo en uno y yo alucinaba, todavía existen los manicomios siniestros de las películas, dices bien, infiernos, que siguen funcionando porque alguien se lucra, en pleno siglo XXI. Saludos!!

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