Por la capital de la Toscana

Por la capital de la Toscana

Era su primera noche en Florencia no dejaba de mirar por la ventana para cerciorarse de que estaba realmente en ella. Estaba cansada se tumbó en la cama y comenzó a respirar lento y profundo necesitaba descansar.

Consiguió quedarse dormida pero su sueño distaba mucho de ser apacible. Con las primeras luces del alba se despertó empapada en sudor con los cabellos revueltos y más cansada que cuando se acostó.

Una buena ducha templada la espabilaría, vestida con ropa deportiva y calzando sus viejas zapatillas salió con el mapa en busca del embrujo de Florencia. Descubrió una taberna de sabor añejo con sus mesas de mármol y patas de hierro forjado, que le recordó las del antiguo Madrid tomó un gran desayuno para continuar su recorrido.

Llevaba las entradas para los museos en la mochila, las pidió por Internet con el fin de ahorrarse las largas horas de espera en las taquillas.

Con fervoroso entusiasmo se adentró en la Galería de los Ufizzi de pronto de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de emoción como si de dos surtidores se tratara. Tenía ante sí las maravillas que tantas veces admirara en los libros de arte.

La primavera de Botticelli, la Adoración de los Magos de Leonardo, las esculturas de Miguel Ángel y tantas y tantas que era imposible acordarse, solo sabía que estaba delante de todo lo mejor del Renacimiento italiano.

Transportada aquella época lejana donde las nuevas ideas sobre la concepción de la vida se basaba en la vuelta a los clásicos griegos. Era un renacer del pensamiento, las artes y las ciencias.

Cuando salió a la calle se encontraba un poco mareada cerró los ojos mientras se apoyaba en la pared. Respiró profundo durante unos segundos los abrió lentamente para cerciorarse que todo estaba donde debía.

Influida por el ambiente de la ciudad encaminó sus pasos hacia la Piazza Della Signoria su imaginación volaba, escuchaba el blandir de las espadas de los partidarios de la familia Albizzi que gobernaba Florencia y sus enemigos los Médici que intrigaban y controlaban la ciudad hasta que Cósimo de Médici consiguió el poder.

Lorenzo protegió las artes y a los mejores artistas convirtiendo Florencia en el mayor centro de arte de las repúblicas adyacentes. Leonardo, Miguel Ángel, Botticelli y ahora su vista se recreaba con todas las maravillas que salieron de sus manos, el museo al aire libre tan bello con sus esculturas tan perfectas y suaves que apetecía acariciarlas.

El Palazzio Vecchio con el David de Miguel Ángel a un lado de la puerta principal dando la bienvenida a los turistas que todos los días se acercan a contemplarlo. Pero también las leyendas de fantasmas pululan por una ciudad donde tanta sangre se derramó. Las había leído en unos folletos cogidos en el hotel pero ni se molestó en buscar la cara que decían, pero ¡si estaba en una pared del Palazzio!.

Levantó la vista para admirar la construcción ingeniosa con la que unieron los dos palacios sobre todo la gran altura que tenía era un como un gran pasillo cerrado y comentan que los regentes acudían a los oficios religiosos sin ser vistos gracias a los pasadizos que recorrían los edificios y los almacenes que cubren los puentes sobre el río Arno.

Estaba cansada apenas le quedaban fuerzas pues con tanta belleza se le olvidó comer, pero aún así prefirió pisar los aledaños de la catedral, el baptisterio y desde allí volver al hotel. Mañana terminaría su último día en Florencia y todavía le quedaba muchos rincones que descubrir. Finalizaría con la visita a la iglesia de la Santa Croce donde reposan los restos de los hombres más ilustres del Renacimiento, todos, menos Leonardo que se halla en Francia al sorprenderle la muerte durante un viaje.

Se levantó más tarde de lo acostumbrado el día se presentaba relajado lo dedicaría a degustar los platos de pasta y los helados y los célebres capuchinos.

Con su máquina fotográfica colgada al cuello y la mochila a la espalda paseaba por las callejuelas para impregnarse de la arquitectura de los edificios.

Entró en los diminutos comercios de camisetas y recuerdos, aprovechó para comprar algunos detalles para la familia y los amigos. Deseaba empaparse del ambiente florentino grabar en su memoria cada edificio, cada escultura y  de las maravillosas pinturas renacentistas.

Anochecía los últimos rayos de sol reflejando en las piedras les daba un color maravilloso, un paisaje diferente. Al día siguiente se despediría de Florencia por una larga temporada. Llena de melancolía y aunque pasó su mano por el hocico de la escultura de bronce que hay en la entrada del mercado, (que según cuentan te hace regresar a la ciudad), aún así ella prometió volver.

Dulce tentación 1.

 

Todavía era de noche cuando Norah Stuart salió de su casa por la puerta del garaje, conduciendo su nuevo coche, un BMW 118, para dirigirse a la oficina. Hacía frío y estaba nevando, lo habitual de un mes de enero en aquella ciudad, por lo que Norah se había abrigado bien antes de salir.

Para ser las seis de la mañana de un lunes, estaba más despierta que nunca. Al parecer, un tipo misterioso había ido comprando acciones de la empresa en la que trabajaba hasta lograr convertirse en el accionista mayoritario y había convocado una reunión esa misma mañana.

Norah había quedado a las siete de la mañana con Bill Mason, el director general de “Events”, la empresa de organización de grandes eventos de la que Norah era la directora ejecutiva, para prepararse la reunión con el desconocido accionista mayoritario del que ni siquiera habían podido saber su nombre.

Norah llegó a la oficina veinte minutos después de salir de casa y no se sorprendió al ver la oficina completamente vacía dada la hora que era.

–  ¡Qué ironía! – Pensó Norah en voz alta. – Ahora me levanto a las seis de la mañana y vengo a trabajar y hace tres años me acostaba a esta hora y me pasaba la mañana durmiendo.

Se sentó frente a su escritorio y actualizó los gráficos de productividad y beneficios, ordenó y archivó todas las facturas de la empresa y revisó algunos de los presupuestos que tenían pendientes de confirmación del cliente antes que Bill llegara a la oficina.

–  ¿Desde qué hora llevas aquí? – Le preguntó Bill mirando su reloj, pareciendo más un padre que un jefe. – ¡No son ni las siete!

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Tocar el cielo

Tocar el cielo.
Cualquier día de estos seremos algo grande.
Cualquier día sin nombrarte, sin mirarme, sabrás que seremos uno solo. En un mismo texto.
Cualquier día de estos no lamentaremos tan poco descanso, y estaremos sonriendo y decidiendo que hacer con nuestras vidas. Porque será todo nuevo y habrá que pensarlo mucho, discutir y pensar en el fracaso como algo efímero, como un imposible entre tanto sueño.
No contemplo la derrota. En mi mente no entra el hundimiento. Sólo una inmensa alegría que llevaremos pintada en nuestras sonrisas y será el reflejo de lo que sentimos por dentro.
Cualquier día de estos, tú aun no sabes ni cómo, pero llegaremos lejos.
Y serán tus manos, sin llegar a vernos, imaginándote cerca, aun estando tan lejos, las que darán la fuerza, agarrarse a la ilusión para seguir avanzando, para que cuanto soñamos se haga realidad, y cuanto anhelamos llegue al mundo. Nos veremos recompensados de tanto esfuerzo y habrá sido duro, pero a la vez expléndido, haber luchado a vuestro lado y llegar juntos, a tocar el cielo.
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