Retrato abstracto

Hoy me senté a dibujar un cuadro en blanco.

De esos que sólo veamos tu y yo.

De los abstractos.

De los que la historia mataría en el recuerdo.
Hoy decidí recrearme en el tiempo.

E idealicé cómo sería todo en otro mundo, en otra época, en otro cuerpo.
Y me repito ya demasiado en eso de que en otra vida te besaría y te lamería entero.

Y nada pasaría, no sería un consejo de guerra, ni siquiera un lamento.
Pero no es coherente imaginarlo lejos.

No es constituyente, si lo deseo en este momento.

Aquí y ahora.
Realmente, dime: ¿cómo podemos hacerlo?
Si me deseas.

Si me estremezco.

Si no existe otro trazo más directo, que el de mis manos, dejándose llevar, pintando a lo loco, todo lo que siento.

No será para tando, dirán muchos.

Lo que creo es que no es para ellos.

Ingratos, sin sentimientos.

Que ¿para qué? perder mi tiempo en explicarlo.

Si no lo entenderían.

Si me ahorcarían en mitad del pueblo.

Y quemarían mi alma, por esconder el reflejo, de ese rostro feliz, que les corroe observar, cada vez que llego por el sendero.

No te aprueban.

No eres de los de ellos.

Prefiero callar.

Yo dejé de serlo hace tiempo, cuando decidí perderme en tus labios, en tus brazos, en tu piel, enfermera de esas cicatrices, que te hicieron prisionero.

Y fuí considerada la espia, la traidora.

Enfrentada a todos, casi sin aliento, huimos lejos, plantamos la vida en otros huertos, construimos cimientos en otros climas.

Hoy me senté a dibujar nuestra historia.

Para que quede en el recuerdo.

Para que cuelgue algún día, en el hogar de mis nietos.

Para que siempre entiendan que ante todo, prevaleció el amor, a las guerras, a los demonios del tiempo, a las disputas sin sentido de los mandatarios sin sentimientos.

Hoy me senté a recordar como en un tiempo la vida estaba dividida en dos, y tu y yo decidimos no serlo.

By Miriam Giménez Porcel.

Aullidos

 

Doy vuelta al redil y no encuentro el agujero, me paro a escuchar.

¿De quién es ese lamento?

Una noche más, si pienso no me encuentro, ¿Que me pasará? La luna ya se acerca.

Noto correr mi sangre a borbotones, me rompe la piel, me desgarra el equipaje y desnuda mi coraje.

Me enfrento a la vida que de día pensaba que no tenía, y vuelvo a escuchar la flor de los suspiros acercándose, cada vez más cerca, gritándome en silencio.

¿Que me vas a hacer?

¿Aún no me recuerdas?

Y siento el perfume de tu frágil risa , noto el aliento de tu sábana fría  revolcándome en ella y relampaguean las estrellas. No dejo de pensar en lo que tuvimos, quizá no lo perdimos.¿O sí?

Ladridos y aullidos se escuchan tan cerca, mordiscos lascivos que no encuentran fronteras, para terminar con el alba arrastrada por tu mirada canina taconeando al andar, de formas irresistibles que manejan mis dilatadas pupilas, ¿me he vuelto a drogar?

¿Qué dices?

No pienses que no estamos cerca, que todos tenemos un poco de coraje para decidir viajar con tu equipaje, fardos negros que esculpen parajes solapados por la soledad de tu mirada fría, de la divinidad de las noches de luna que te hacen más fuerte, cada noche más, y dejas quererte, que eso es mucho más, antes indolente hasta la saciedad.

Son sueños remotos que siento tan cerca ya del final de toda esa maldita carrera por ganar a la soledad, que la locura invade mi conciencia y en las noches de blanca luna llena, la fiera brama y aúlla persiguiéndome amenazadoramente. Y sucumbo.

Mi corazón en tus manos 17.

Después de lo que ocurrió en el baño de la habitación de Juan, Mía se había mantenido en el más absoluto de los silencios. Trataba de aclarar sus sentimientos y se recordaba una y otra vez que solo se trataba de sexo y que todo terminaría en cuanto ella regresara a su casa. Por un lado, quería regresar a su casa de inmediato para no terminar enamorándose de Juan y llorando por él; pero por otro lado, quería disfrutar de cómo se sentía cuando estaba con él, al menos mientras todo aquello durara.

“Encuentra lo que amas y deja que te mate” Charles Bukowski, pensó Mía.

Juan estaba alterado y Vladimir se dio cuenta. Además de ser su mano derecha y su guardaespaldas personal, Vladimir era su amigo y lo conocía a la perfección. Desde que la chica había entrado en su vida y en su casa, su mejor amigo estaba de mejor humor y parecía más relajado, pero desde que había salido de la redacción para buscar a Mía estaba nervioso y, cuando entró en su despacho y se lo encontró, decidió preguntar:

–  Pareces nervioso, ¿va todo bien?

–  El comandante Swan exige que vayamos a cenar a su casa, quiere que Mía se traslade a la base militar o a su casa y tengo que tratar de convencerlo de lo contrario. – Le respondió Juan malhumorado. – Ella me dice que no quiere causarme más molestias, pero sé que no dice toda la verdad. – Suspiró sonoramente y añadió resignado: – Creo que me voy a volver loco.

–  Es el efecto que causan las mujeres cuando te enamoran. – Se mofó Vladimir. Juan le fulminó con la mirada y Vladimir se puso serio, su amigo no estaba para bromas. – Si quieres un consejo, lucha por lo que quieres, pero antes asegúrate de que ella quiere lo mismo.

Dicho eso, Vladimir se dio media vuelta y salió del despacho. Juan miró su reloj y, al ver que ya eran las ocho de la tarde, decidió subir a buscar a Mía, lo último que le faltaba era llegar tarde a casa del comandante.

–  Mía, ¿estás lista? – Preguntó tras llamar a la puerta de su habitación. – Vamos a llegar tarde.

Mía abrió la puerta de la habitación y, forzando una sonrisa, le dijo a Juan:

–  Estoy lista.

Vladimir se encargó de llevarles a casa del comandante Swan y su esposa y Juan le pidió que no se alejara demasiado, temía que en cualquier momento el comandante terminaría por echarles de su casa. Una vez bajaron del coche, Juan colocó sus manos sobre la parte inferior de la espalda de Mía y le susurró al oído:

–  Todo va a salir bien.

Malena Swan salió a la puerta del rellano para recibir a su hija y su acompañante mientras su marido refunfuñaba en el salón.

–  ¡Hija! – La abrazó Malena con ternura. – ¡Un día nos vas a matar de un disgusto!

–  Mamá… – Le advirtió Mía.

–  Este chico tan apuesto debe ser Juan Cortés, ¿verdad? – Malena saludó a Juan con una de sus sonrisas encantadoras.

–  Encantada de conocerla, señora Swan. – Saludó Juan amablemente.

–  Por favor, llámame Malena. – Le dijo Malena. – Chicos, pasad. – Se volvió hacia a Mía y le dijo: – Tu padre está en el salón, tratemos de tener una velada tranquila.

Juan y Mía entraron en el salón y Robert fulminó con la mirada a ambos, no entendía nada de lo que aquellos dos pretendían ni de lo que se traían entre manos, pero tampoco quería saberlo. Lo único que le importaba a Robert era que su hija estuviera a salvo y, dado el historial que tenía en cuanto a quebrantar las normas, Robert prefería que estuviera en la base militar, donde estaría vigilada las veinticuatro horas del día y a salvo.

–  Buenas noches, comandante Swan.

–  Cortés. – Le saludó Robert con un leve gesto de cabeza.

–  Papá. – Le advirtió Mía. – Juan, siéntate donde quieras, iré a por un par de cervezas. – Se volvió hacia a su padre y le dijo: – Vamos a tu despacho, quiero hablar contigo papá.

–  Tienes la suficiente confianza con él como para instalarte en su casa pero, ¿no puedes hablar con tu padre estando él delante? – La retó Robert.

–  Me voy a quedar con Juan hasta que todo esto termine, no pienso trasladarme a la base. – Sentenció Mía sin opción a réplica.

–  ¿Tengo que reprocharte lo que pasó con Pablo Mendoza? ¿Se te ha ocurrido que todo esto podría ser obra suya? – Le espetó Robert furioso.

–  No voy a dejar de vivir, papá. No puedo esconderme cada vez que tenga miedo, prefiero arrepentirme que pasarme la vida preguntándome qué habría pasado. – Trató de que su padre la entendiera y añadió: – Quiero equivocarme y aprender de mis errores, hasta ahora se me ha dado bastante bien.

Robert echó una rápida ojeada a la cara de Juan y finalmente le dijo:

–  Al menos esta vez no te has escondido con un narcotraficante. – Se volvió hacia a Juan y añadió: – He seguido de cerca los movimientos de mi hija y no te has separado de ella excepto cuando Mía ha estado trabajando en la redacción y tú te has ido a tu oficina, pero dejando a dos hombres en la redacción custodiándola. – Miró un segundo a su hija antes de continuar: – No sé cómo lo haces y tampoco quiero saberlo, pero has conseguido que Mía cumpla las normas durante más de una semana. Si tú estás dispuesto a seguir cuidando de ella y te comprometes a mantenerme informado no tendré motivos para oponerme, siempre y cuando Mía quiera seguir refugiada en tu casa.

Juan miró a Mía y cruzó su mirada con la de ella esperando una respuesta. Vladimir le había aconsejado que antes de mover ficha se asegurara de lo que Mía quería y eso era lo que pensaba hacer.

–  Si a Juan no le importa, me gustaría quedarme en su casa. – Les confirmó Mía.

–  Le haré llegar un informe diario y le llamaré si surge algún contratiempo, Mía estará segura en mi casa, comandante Swan. – Le aseguró Juan.

–  Espero que seas tan profesional como estás haciendo creer, Cortés. – Musitó Robert.

–  ¡Papá, se acabó! – Exclamó Mía levantándose del sofá. – Será mejor que nos vayamos y ya regresaremos otro día, si es que puedes contenerte y comportarte. – Le reprochó Mía a su padre.

–  ¡Robert, no me lo puedo creer! – Le reprochó Malena a su marido al escuchar a su hija furiosa.

–  No te molestes, mamá. – Le dijo Mía besando a su madre en la mejilla. – Pásate un día por la oficina y comemos tranquilas.

–  Mía… – Empezó a decir Juan hasta que su mirada se cruzó con la de Mía. Ambos se desafiaron con la mirada y finalmente Juan le dijo con voz firme: – Si trabajamos juntos todo será más rápido y seguro, podemos discutir o podemos tratar de entendernos y llegar a un acuerdo.

–  Ahora mismo te odio. – Le dijo Mía a Juan rodando los ojos.

–  Creo que ahora estamos poco receptivos y bastante a la defensiva, pero debemos pensar en ello y volver a hablar del tema. – Sentenció Juan poniéndose en pie. – Nos mantendremos en contacto, comandante Swan. – Se volvió hacia la madre de Mía y se despidió: – Un placer conocerla, Malena.

–  Lo mismo digo, Juan. – Le dijo Malena con complicidad.

Mía salió malhumorada de casa de sus padres y Juan le dejó su espacio para que se calmara, su expresión no era nada amigable e incluso Vladimir fue consciente de ello cuando le abrió la puerta del coche para ayudarla a sentarse.

El camino de regreso a casa apenas duró veinte minutos en el que el silencio reinó.

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