Los amados y odiados bancos.

Me veo obligada, finalmente, a polemizar un poco sobre un tema que, dada mi profesión, me persigue: los bancos, esas entidades amadas y odiadas a partes iguales por unos y otros, dependiendo de la necesidad que se tenga de ellos y del resultado que obtengamos con la consulta realizada. Antes de empezar, quiero dejar claro que no pretendo con este artículo crear un debate ni molestar a nadie; simplemente, es mi opinión acerca de un tema que conozco y sufro a diario.

Este negocio (sí, negocio, como cualquier otro) se ha basado desde tiempos inmemoriales en el intercambio de necesidades, entendiendo estas como necesidades económicas del consumidor, persiguiendo el banco, lógicamente, un beneficio pecuniario al igual que el panadero, el lechero o el carnicero. Cada cosa en su nivel, claro está, y sin ánimo de molestar a nadie, faltaría más.

 

Los que nos sentamos tras las mesas de las oficinas bancarias tenemos que seguir unas pautas, unas reglas, una normativa, cuyo incumplimiento consciente o desobediencia inconsciente puede causarnos muchos problemas. Al igual que todos los empleados de cualquiera de los trabajos existentes en el mundo, defendemos nuestro trabajo con ímpetu y responsabilidad, no siendo de nuestro gusto algunas de las cosas que forman parte de nuestra labor, pero que tenemos que hacer porque es lo que nuestros jefes nos ordenan. No estamos aquí sentados para discutir lo que se nos dice que hay que hacer (no en mi nivel, desde luego), estamos aquí para trabajar según las normas de cada entidad, nos guste más o menos. Porque, por ejemplo, una cosa es mandar a todo el mundo a actualizar la libreta al cajero (tema muy polémico y de gran actualidad), porque es lo que nos mandan hacer, y otra cosa muy diferente es estar de acuerdo en determinados casos con esa medida. Pero hacerlo, hay que hacerlo. Sí o sí. Lo mismo sucede con un montón de cosas más que hoy en día han cambiado mucho y que, nos gusten más o menos, tenemos que hacer.

Al hilo de esto, quiero romper una lanza a favor del empleado de una entidad competencia de la mía que hace unas semanas fue el causante de una gran polémica. Parece ser que alguien, un señor creo que fue, no cliente de este banco en concreto, fue a realizar un ingreso por ventanilla en una cuenta de un tercero, y cual fue su sorpresa cuando este colega le dijo que ese ingreso tenía una comisión de diez euros. Esto, si es verdad, que no sé yo, porque diez euros son muchos euros, debió dejar al señor no cliente con la boca abierta; es cierto, es un abuso. Pero, ¿alguien se ha parado a pensar en el pobre chaval que tuvo que tragarse lo que pensaba de esta medida y soltar así, de golpe y sin anestesia, semejante barbaridad? Pues yo sí que me he puesto en su lugar, quizá porque me imagino a mí diciendo aquello a mis clientes o a mis no clientes y siento con total exactitud lo que sintió el pobre empleado de ese banco. Vergüenza es poco.

Luego está la parte, nada desdeñable, en la que el cliente / consumidor nos pide cosas imposibles o que no podemos hacer. Por ejemplo, hace unos años, en la zona en la que yo trabajaba, era costumbre de los grandes hombres de negocios acabar las interminables sobremesas con las que agasajaban a sus clientes en un lupanar que por allí había, de gran éxito por cierto entre este colectivo. Sucedió entonces que uno de esos grandes hombres de negocios pagó la cuenta a altas horas de la madrugada con su tarjeta de crédito, llegando el cobro a su cuenta al mes siguiente. La esposa del susodicho, cliente también del banco y titular con su esposo de la cuenta en la que se había cobrado el recibo descomunal de la noche de negocios en cuestión, se personó muy enfadada una mañana en la oficina del banco de la que eran clientes y pidió el extracto de la tarjeta de la que sólo era titular el marido. El compañero al que le tocó lidiar con semejante marrón, no se atrevió a contradecir a la señora e indicarle que las tarjetas son personales y que sólo el titular puede acceder a esa información o venir a pedirla al banco en persona, sino que, intimidado por el disgusto de la esposa, le facilitó el movimiento donde quedaba claramente reflejado el desliz del negociante y su generosidad. Podéis imaginaros la que se armó, tanto en casa del susodicho como en la oficina bancaria, cuando el titular de la tarjeta se presentó allí para pedir responsabilidades por haber facilitado información personal y privada. Está claro que el señor marido metió la pata pagando con la tarjeta de crédito la fiesta en el burdel, pero fue realmente mi compañero el que cometió un tremendo error; error que casi le costó el puesto por no querer quedar mal con la esposa. Nunca llueve a gusto de todos, está claro. Todas estas equivocaciones las van curando los años y la experiencia, aunque siempre se te quedan clavadas esas ocasiones en las que has hecho todo lo posible por ayudar a tu cliente, pero no ha sido suficiente. Eso es algo que no cura el tiempo, aunque haya quien piense que sí.

Os cuento esto, no para que os riais (aunque sé que tiene su gracia), sino para que os deis cuenta de que hay cosas que al usuario le parecen una tontería de nada, pero que pueden costarnos el puesto a cualquiera. Si decimos “no puedo facilitar esa información” o “eso no puedo hacerlo”, es, ni más ni menos, la realidad. No lo hacemos por fastidiar, ni porque ocultemos nada, lo hacemos sencillamente porque es lo que nos dicen las normas que hay que hacer; es, porque lo primordial en este trabajo es la protección de datos de carácter personal e incumplir esa ley puede causarnos el despido.

No existe el banco perfecto, ni el empleado perfecto, al igual que no existe el colegio perfecto, ni la peluquería perfecta, ni el médico perfecto. Todos somos PERSONAS, todos cometemos equivocaciones y todos nos vemos obligados en algún momento a hacer en nuestro trabajo algo que no es de nuestro agrado.

Bss.

El jardín de la iglesia

 

En el pequeño jardín de la iglesia
se agradece el murmullo
de las hojas.
Rezuman vida  en mil tonos de verde
danzando al son del aire

En este silencio
su algarabía de color
es risa de niños inexistentes
compañía bienvenida
en  ausencia de mi gente

El pueblo prepara fiestas.
Me toca recluirme en casa
el  único ruido que agradezco
es  el de la hojarasca

Mil veces prefiero ausencia
al bullicio de la verbena.
del que huyo encerrada en mi patio

Sólo el campo, el monte,
la dehesa
me resarcen de la nada
en la que  envuelvo mis letras
y las sello con lacre
para que nadie las lea

Pena, los sentimientos
ahogados en el pozo,
mejor escondidos
que causando burlas de extrañas

Ellas, mis letras, son tímidas.
Se sonrojan al mirarlas,
y hasta la más leve sonrisa
las ahuyenta y amenaza.

Vuelven a su caparazón
para no ser encontradas.

Retraen su fluidez,
si se sienten engañadas.

Las letras, al fin y al cabo,
si las dejas,
son las palabras del alma.

 

@carlaestasola

Extremadura, día 6/10/2016 a las 16:00

Equis

 

 

Ser escritor no significa nada. Eres un trozo de carne con sangre dentro, igual que todos. Lo único que puede salvarte de la quema es la integridad. Bueno, en realidad nada puede salvarte de la quema, para qué vamos a engañarnos. Ser escritor es una manera de alimentar el ego como otra cualquiera. Escribir descarga tu mente, pero también lo hace la música, el deporte, caminar o ir al baño. La única diferencia entre escribir y el resto de cosas es que tus ideas, fantasías e idioteces quedan plasmadas en un papel, o documento digital, para la eternidad, y eso te ilusiona. En realidad eres un idiota que quiere morirse de hambre. Empleas todo tu tiempo en esto. No tiene sentido. Te veo ahí sentado y me das un poco de pena: en esa silla de cuero que iban a sustituir, delante de la pantalla, con el cenicero lleno de colillas y una lata de cerveza aplastada. No te voy a mentir, tu imagen me recuerda que ambos pertenecemos a la maldita Generación X. Hemos crecido con el progreso, con la destrucción masiva, con la lucha de clases, con la nueva clasificación del sistema, con las subidas y las bajadas, con la nueva crisis financiera, con la gran estafa mundial, con el hundimiento total del ser humano como especie dominadora y con una sociedad carente de recursos útiles. Sí, puedes decirme lo que quieras, pero te advierto que estás dentro de mí y no puedes engañarme como al resto. Te va a costar un poco más. Esa sonrisa, ese fingimiento continuo. Eres un infeliz. No digo que seas como el resto de infelices, no. Tú eres consciente de la cruda realidad que te rodea, sabes leer entre líneas, reconoces a un cocainómano a diez metros de distancia, y a un mal profesional y a un alcohólico y a un maltratador. Eres escritor, te sientes escritor, y observas tu entorno con esas gafas de rayos X que posees. Me gusta eso. La única pega es que me estás matando. Cada minuto que pasas ahí sentado es un minuto que me robas. Deja esa silla unos días. Lee esto y hazme caso —no he encontrado otro modo de decírtelo—. Joder, pareces inmune a la ansiedad con la que llevo torturándote todos estos años. Ser escritor no significa nada. Olvídalo. Nadie te toma en serio. Tendrás que ponerte en forma y mostrar tus abdominales junto a los textos que publicas en la red si quieres hacer algo grande —carcajada inevitable—. Ya no estamos en los años 40. Igual en aquella época hubieses hecho algo —que lo dudo—, pero ahora lo tienes complicado. El mercado es una cloaca. ¿Qué puedes hacer por ti que no tenga que ver con el suicidio social? Nada, joder. Y no te digo esto para que te vengas abajo. Tienes alguna obra que no está mal del todo, eres buen poeta —pasable, a fin de cuentas—. Solo te digo que me des algo de vida. Descarga tu auténtica mierda ya de una vez y descansa un poco, ha llegado el momento. Mándalo todo al carajo. Escribe tus fantasías más oscuras ¡Sal de ahí dentro, maldita sea! Deja de matarme con tu cobardía. ¿Crees que conteniéndote ganas lectores? No, nada de eso. Ser escritor no significa nada. Eres tú el que tiene que dar sentido a lo que haces. Entonces lograrás ser auténtico.

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