Ya

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

Te dedicas a observar la vida pasar, creyendo que ya no hay más. Que hiciste todo y que te sientes bien.

Te dedicas a criticar que lo de los demás puede mejorar y que tu lo hiciste bien.

Te dedicas a observar y no entiendes, ¿a quién debes analizar?

Tus costumbres, tus sentidos, tus latidos, tus deseos, sueños y lamentos. Todo eso sigue ahí, pendientes de cumplir, pendientes de salir al exterior. Y no los dejas. Vives ajena. Permaneces en la zona de confort.

Piensa realmente si deseas seguir dedicandote a observar a los demás, porque es ahora o nunca cuando todo lo puedes cambiar.

 

 

 

Mi corazón en tus manos 6.

Mía entró en el ascensor y Juan entró tras ella. Juan pulsó el botón de la planta baja y las puertas del ascensor se cerraron. Mía tuvo que recordar cómo se respiraba para no desmayarse al verse encerrada con él en esas cuatro paredes metálicas de tan solo tres o cuatro m2. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, las puertas se abrieron y Mía dio gracias en silencio.

Salieron del edificio bajo el asombro y las miradas de todo el personal de la empresa con los que se cruzaron, pero Juan actuó con normalidad y volvió a colocar su mano sobre la espalda de Mía para guiarla hacia a la salida. Mía se sentía rara con todas esas miradas centradas en ellos y, cuando estuvieron fuera de aquel majestuoso y elegante edificio, las miradas de las personas que por la calle caminaban también se posaban sobre ello. Los hombres le miraban con respeto, las mujeres le miraban tratando de seducirle.

Al volver la esquina, cruzaron la calle y entraron en un elegante restaurante, donde uno de los camareros les atendió nada más verles y les acompañó hasta una de las mejores mesas del lugar. Allí donde fuera, Juan era tratado como un rey y Mía no podía entender cómo podía comportarse con tanta naturalidad sabiendo que todo el mundo estaba pendiente de él, por lo que se acercó un poco y le preguntó en voz baja:

–  ¿No le resulta incómodo ser el centro de todas las miradas a donde quiera que vaya?

–  Supongo que estoy acostumbrado. – Le respondió Juan encogiéndose de hombros. – Y por favor, trátame de tú.

–  De acuerdo, Juan. – Le dijo Mía sonriendo. – ¿Te parece bien si grabo la conversación mientras empiezo a hacerte preguntas?

–  Me parece bien. – Le confirmó Juan.

–  ¿Cómo surgió la idea de montar una empresa de seguridad? – Comenzó a preguntar Mía. – Viniendo de una familia de médicos, supongo que todo el mundo esperaría que tú también lo fueras.

–  Desde pequeño tuve claro que no sería médico, no sirvo para eso y mi familia lo sabe. – Respondió Juan. – Me alisté en el ejército después del primer año en la universidad y acabé la carrera a distancia. Tras cinco años en el ejército, decidí crear mi propia empresa de seguridad privada. La seguridad es algo que me gusta y de lo que entiendo, una buena forma de ganar dinero.

–  ¿Cómo fue el principio?

–  El principio fue duro. – Reconoció Juan mientras bebía un trago de su copa de vino. – Mis padres pensaban que era una idea descabellada y una forma rápida de perder dinero, mis amigos simplemente creían que me había vuelto loco. Invertí todos mis ahorros en la empresa y poco a poco fui teniendo más clientes y aumentando la cantidad de empleados.

Mía continuó haciendo preguntas y Juan las respondió todas prestando atención y sin mostrar ni un solo gesto de impaciencia.

Pasaron más de dos horas sentados en aquel restaurante comiendo mientras charlaban. Juan pidió la cuenta y se empeñó en pagar pese a que Mía insistió en que no era necesario. Al salir del restaurante, Juan no quería separarse de ella tan pronto y, tratando de disfrutar un rato más de su compañía, le dijo:

–  Bueno, pues ya tienes tu entrevista, siento haberte hecho esperar.

–  No te preocupes, ya lo he olvidado. – Le respondió Mía sonriendo. – Pero aún falta que Roberto te haga la fotografía que acompañará el reportaje, tendrás que quedar con él.

–  ¿Tenéis estudio fotográfico en la redacción? – Preguntó Juan.

–  Sí, por supuesto. – Le confirmó Mía.

–  El viernes por la mañana tengo un hueco libre, puedo pasar por la redacción y hacerme esa foto, ¿te parece bien? – Le propuso Juan.

–  No los sé, depende de la agenda de Roberto, él es el fotógrafo.

Juan sacó de su bolsillo una de sus tarjetas de presentación y un bolígrafo y apuntó por detrás de la tarjeta su número de móvil personal. Se guardó el bolígrafo de nuevo en el bolsillo y le entregó la tarjeta a Mía al mismo tiempo que le dijo:

–  Habla con el fotógrafo y, cuando tengas una respuesta, llámame para confirmarlo. – Le dedicó una amplia sonrisa y añadió: – Te he apuntado mi número de móvil personal detrás de la tarjeta, así podrás localizarme directamente sin necesidad de hablar con Berta.

–  Me gusta hablar con Berta, ¿cuál es el problema?

–  No hay ningún problema, puedes hablar con Berta cuando quieras. – Le aclaró Juan. – Tan solo trataba de decir que me gustaría que me llamaras a mí directamente para comunicarme si el fotógrafo estará libre el viernes por la mañana.

–  Descuida, lo haré. – Le confirmó Mía. Le estrechó la mano para despedirse y añadió: – Te llamaré mañana y te confirmaré la cita con Roberto para el viernes.

Juan vio como Mía alzaba el brazo para coger un taxi y, sin querer separarse de ella, la agarró del brazo con suavidad y le dijo:

–  Tengo el coche en el parquin de la oficina, puedo llevarte a donde quiera que tengas que ir.

Mía se quedó realmente sorprendida por aquel ofrecimiento, nunca hubiera pensado que un tipo como Juan Cortés se ofreciera a llevarla a casa teniendo en cuenta lo valioso que debía ser su tiempo y lo insignificante que era ella en comparación con sus ricos y famosos clientes.

–  Te lo agradezco, pero cogeré un taxi. – Logró contestar con una sonrisa tímida. – No quiero causarte ninguna molestia.

–  No es ninguna molestia, te acompañaré. – Sentenció Juan aferrándose a lo único que podía para pasar un rato más con ella. – ¿A dónde he de llevarte?

–  A casa, la loca de mi hermana está en plena crisis de psicosis y, tras darme una ducha y quitarme estos zapatos que me están matando, tendré que tratar de calmarla. – Bromeó Mía.

Ambos se dirigieron al parquin del edificio de Cortés para subirse al Audi R8 de Juan. Tras darle la dirección de su casa, Juan condujo hasta el barrio y aparcó frente al edificio donde Mía vivía.

–  Ya hemos llegado, ¿has visto que rápido? – Le dijo Juan en cuanto aparcó.

–  Gracias por traerme a casa, Juan. – Le agradeció Mía.

–  No tienes nada que agradecerme, ha sido un placer. – Le aseguró él. – Espero tu llamada para confirmarme si finalmente tu fotógrafo me puede atender el viernes.

–  Mañana por la mañana te llamaré para confirmarlo. – Le aseguró Mía. Le dio un beso en la mejilla a modo de despedida y salió del coche para encaminarse a la portería de su edificio bajo la atenta mirada de Juan, que solo podía pensar en que aquel barrio era demasiado peligroso para que una mujer viviera sola.

Entonces se dio cuenta de que no sabía nada sobre la vida de Mía, podía estar casada felizmente o incluso tener hijos y él no saber absolutamente nada. Pensar en ello le hizo sentir mal, deseaba que Mía solo fuera suya, que los hijos que tuviera fueran hijos suyos y que el único hombre que tuviera derecho a tocar y acariciar su piel fuera él.

Se despidió con una amplia sonrisa en los labios sabiendo que al día siguiente hablaría con ella y que el viernes próximo la vería, y regresó a su oficina. Pese a que le había dicho a Mía que se iba a tomar el resto de la tarde libre, Juan tenía muchas cosas en las que pensar relacionadas con el trabajo y otras muchas más relacionadas con ella, que acababa de poner todo su mundo patas arriba.

Ahora o nunca.

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

 

Diana estaba nerviosa, caminaba de un lado a otro de la habitación y de vez en cuando se le escapaba una risita nerviosa. Su madre sonrió con ternura al verla y, creyendo que esos nervios se debían a los nervios típicos de horas antes de la boda, se acercó a ella y le aseguró:

−Estás preciosa, cariño. Rubén se quedará sin palabras cuando te vea entrar en la iglesia.

Diana trató de forzar una sonrisa, pero solo logró hacer una pequeña mueca. Su madre la besó en la mejilla y la dejó a solas unos minutos para que se calmara. Esperó a que su madre se hubiera marchado y se miró de nuevo en el espejo.

Se suponía que aquél tendría que ser el día más feliz de su vida, iba a casarse con el hombre con el que tantas veces había soñado: un hombre bueno, responsable, trabajador y, lo más importante, con un hombre que la adoraba. Sin embargo, no se sentía feliz. Entre ellos no existía esa magia especial, no sentía mariposas en el estómago cuando lo miraba ni se le aceleraba el corazón cuando lo besaba.

Quería a Eduardo, pero no estaba enamorada de él. Eduardo lo sabía, pero confiaba en enamorarla con el tiempo y con eso se conformaba. Habían pasado dos años desde el inicio de su relación y hoy era el Gran Día, pero Diana tenía más dudas que nunca.

−Si te casas con Eduardo, no serás feliz.

Dio media vuelta y se encontró a Estela, su mejor amiga. Diana suspiró abatida y se sentó a los pies de la cama, jugando con su anillo de compromiso. Estela nunca había aprobado aquella relación, Eduardo era un hombre perfecto, pero no era el adecuado para Diana. La conocía mejor que nadie y sabía que su amiga solo estaba con Eduardo por la comodidad que le daba, pero no porque lo amara. Además, durante los dos últimos meses había podido observar cómo Diana coqueteaba con Rubén, el vecino policía. Entre ambos existía una tensión sexual no resuelta que era palpable en el ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso: él porque sabía que ella estaba prometida; ella porque su vida era demasiado cómoda y no quería fastidiarla.

−Rubén fue a verme anoche al apartamento –comenzó a decir Diana, iniciando una de esas terapias de amigas que tanto detestaba pero que en aquel momento necesitaba.− Me confesó que estaba enamorado de mí y que, aunque no pretendía arruinar nuestra amistad, tampoco podía quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada cuando yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Y me besó y le correspondí, pero se separó de mí a los pocos segundos, me deseó que fuera feliz y se marchó. Minutos después oí cerrarse la puerta de su apartamento, miré por la mirilla y lo vi entrar en el ascensor cargando con una maleta. Se ha ido –añadió conteniendo las ganas de llorar.− Creo que estoy enamorada de él y estoy a punto de casarme con otro hombre.

− ¡Por fin lo reconoces! –Exclamó Estela aliviada de ver que su amiga entraba en razón.− Aunque ya lo podrías haber hecho un poco antes. ¡Joder, has tenido que esperar a tener el vestido de novia puesto!

− ¡No me presiones más! –Le reprochó Diana a su amiga y añadió sollozando: − No sé qué voy a hacer…

−No quería decírtelo tan tajante, pero tienes que cancelar la boda –opinó Estela.− No puedes casarte con Eduardo si estás enamorada de Rubén.

−No puedo cancelar la boda sin más, tengo que hablar con Eduardo.

−Y, ¿qué piensas hacer con Rubén? ¿Vas a dejar se marche? Él ya ha hecho todo lo que está en su mano, ha dejado la pelota en tu tejado y te toca mover ficha.

−Me caso en tres horas y estoy a punto de cancelar la boda, creo que ya es bastante.

−Te equivocas, estás cancelando la boda porque Eduardo no es el hombre con quien quieres pasar el resto de tu vida. Rubén te ha confesado que está enamorado de ti, pero tú no le has dado una respuesta –insistió Estela.

−Necesito tu coche.

−Voy contigo, no puedes conducir así –dijo señalando su vestido de novia.

−Ya me apañaré, tú tienes que quedarte aquí y evitar que descubran que me he marchado, al menos el tiempo suficiente para salir de aquí sin que nadie me vea. Dame las llaves del coche y tu móvil, tú quédate el mío y, cuando descubran que me he marchado, di que he dejado mi móvil aquí.

Estela hizo lo que su amiga le había pedido. Bajó al salón junto a la familia de Diana y los entretuvo mientras Diana salía a hurtadillas de la casa, se subía al todoterreno de Estela y, tras arremangarse el vestido, arrancó el motor del vehículo y salió de allí sin ser vista.

Diana se dirigió directamente a casa de Eduardo. Sabía que le había dado el día libre al personal de servicio y que había quedado con su familia una hora antes de la boda, así que estaría solo en casa. Aparcó el todoterreno frente a la puerta principal y entró en la casa. Caminó hacia el despacho donde intuyó que lo encontraría y no se equivocó.

−Diana, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó sorprendida al verla con el vestido de novia y a falta de tres horas para la boda.

−No puedo hacerlo, Eduardo. Lo siento.

Diana se echó a llorar y Eduardo la abrazó. Sabía que ella no lo amaba, pero confiaba en lograrlo con el paso del tiempo. Durante las últimas semanas la había notado distraída y distante, sospechó que algo no iba bien y confirmó sus sospechas cuando una noche el vecino de al lado fue hacerle una visita. La notó incómoda e intuyó que algo sucedía, pero tampoco le dio demasiada importancia. Hasta que la noche anterior, el vecino decidió hacerle una visita y le confesó que estaba enamorado de su prometida. Le pidió que la dejase ir, que no arruinara la vida de ella atándola de por vida a un hombre del que no estaba enamorada porque la haría infeliz. Eduardo sabía que aquel hombre tenía razón, Diana no sería del todo feliz a su lado, pero no iba a ser él quien la dejara el día antes de la boda.

−No lo sientas, solo promete que serás feliz y ve a buscarle –la animó Eduardo.

Diana agradeció aquellas palabras de comprensión, le dio un abrazo de despedida y subió de nuevo al todoterreno. Ahora tenía que encontrar a Rubén. Llamó a Estela por teléfono, quién la informó que ya habían descubierto que se había fugado, también había llamado a un compañero de Rubén con el que se veía de vez en cuando y le había dicho que Rubén había pedido unos días libres en el trabajo y se había marchado al pueblo de sus padres, situado a dos horas en coche de distancia.

Diana no se lo pensó dos veces y, tras insertar la dirección en el GPS del vehículo, se dirigió hacia allí. Toda la valentía y seguridad que sentía se esfumó en cuanto aparcó frente a la casa de los padres de Rubén. Se sintió estúpida y ridícula vestida con el traje de novia, no sabía qué decir y se avergonzaba al imaginar lo que pensaría la familia y los vecinos de Rubén.

−Ahora o nunca –se dijo para armarse de valor.

Bajó del coche decidida a encontrarse con el hombre que la hacía feliz. Atravesó la puerta del jardín y lo vio jugando a la pelota con dos niños pequeños. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron paralizados. Él la miraba sin poder creerse que estuviera allí, pero rápidamente sus labios esbozaron una enorme sonrisa que ella le devolvió al instante. Rubén se acercó a ella, la agarró por la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

−Yo también te amo –le confesó Diana con un hilo de voz cuando sus labios se despegaron.

A %d blogueros les gusta esto: