La gran hetaira de Atenas (Continuación)

imagesnayzcxm1                                    images3ejhnur8  Eran terrazas superpuestas regadas por canales y adornadas con fuentes primorosamente esculpidas. Ninguno debía superar en altitud y grandeza al del rey.

El gran río Eúfrates que atravesaba la ciudad se abría en numerosos brazos para abastecerlos y refrescar el ambiente demasiado caluroso.

Las demostraciones sensuales eran abiertas en extremo comparadas con las de mi ciudad, así se lo comenté a Nicosia la cual respondió que Babilonia era conocida por su libertinaje.

Las artes amatorias no tenían secretos para ellos pues desde niños los mejores maestros se las enseñaban en las escuelas.

Debería asistir a las clases como ella hizo en Atenas y aprender el idioma con tal perfección como si hubiese nacido allí.

La hermana mayor era sacerdotisa en el templo de Deméter, ella aspiraba a prepararse con ahínco para ser una de las elegidas antes de cumplir los dieciocho años.En las primeras clases amatorias me sorprendí al ver nuestros cuerpos desnudos, nunca había visto un miembro viril, los observé los observé  y me sorprendió la variedad de tamaños.

Mi rostro ardía ante tanta exhibición sexual que lo tapé con mis manos, Nicosia me ayudó a salir de la clase con la disculpa que ella no se encontraba bien y pidió que la acompañara a casa.

Se lo agradecí en grado sumo era una visión que revolucionó todo mi cuerpo con sensaciones nuevas y desconocidas hasta entonces.

Fuimos al templo a ver a Lampito para pedirle información de lo nos esperaba en las próximas clases, así evitar se burlaran de mí como hicieron con Nicosia en Atenas.

Era franca y directa en su lenguaje, de modo que nos dijo: Lo primero que tenéis que saber es la forma de evitar el embarazo.

Nicosia y yo nos miramos interrogantes en espera de su información.

Muy seria continuó: Después de un baño de hierbas aromáticas y antes de abandonar el agua debéis tener una bola de lana impregnada con resina de cedro y untada en aceite de oliva.

Os abrís de piernas y la bolita la introducís taponando la matriz. Luego os perfumáis la piel con aceites aromáticos y os vestís con el peplo más hermoso que resalte vuestro cuerpo.

También podéis alternar la bolita de lana impregnándola con resina de pino untada con miel y vino.

Aunque a veces si vamos con prisa puede no estar bien colocada y corremos el riesgo de quedar embarazadas, entonces acudimos a mujeres especializadas en realizar un aborto.

Creo que a partir de ahora vuestras clases os la darán por separado a los niños un hombre que en pocos días finalizarán, y a vosotras una de las mejores amantes de la ciudad.

­—Yo quiero ser como tú- le dijo Nicosia—

-—De acuerdo, pero tienes que estar preparada como cualquier mujer que desee ser libre o ejercer su libertad como le plazca-

Tranquilizadas por Lampito nos fuimos a casa donde nos esperaba la clase de música que después tocaríamos a los invitados—

Pasaron dos primaveras cuando Nicosia fue aceptada en el templo de Demeter, yo por mi parte le pedí a mi padre mi dote para fundar una escuela de mujeres, bajo la influencia de Safo de Lesbos.

Una vez en Atenas comencé a buscar una casa apropiada para mis deseos, debería tener un gran patio ajardinado con una o varias fuentes para aliviar el calor del verano para crear un ambiente relajado para las confidencias.

Un hermoso atrio y dos salones para tertulias de política y filosóficas, el otro para la música el baile con los efebos y mis discípulas más jóvenes.

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En la planta superior mi despacho al lado de mi aposento.

Los cuartos de las hetairas superiores en el otro lado del pasillo y en la parte trasera del edificio las habitaciones donde las alumnas practicaban con los efebos.

Mientras remodelaba la casa iba contratando a los mejores profesores en las artes, la filosofía, sin olvidar la cortesía y oratoria.

Por las mañanas practicaban la música y el baile de los siete velos, aquellas que casi rozaban la perfección en belleza y dominio de las enseñanzas se quedaban en la escuela el resto trabajaban en otras casas o en otras ciudades.

El precio que pagaban por su educación era muy alto, a pesar de ello cada día venían más adolescentes a mi casa y mi economía subía como la espuma.

La llamé “Escuela de mujeres” pero no tardo en ser conocida como “la casa”.

Mi influencia se notaba en las opiniones que vertían cuando se debatían las leyes, pues las tertulias de mis salones surtían su efecto.

Una de las veces asistió la cabeza visible de la democracia y antes de finalizar me llevó a parte para pedirme yacer con él. Subí delante para indicarle el camino a mis aposentos, él me seguía en silencio.

Nunca hasta entonces había sentido tan intensamente, lo miré y por su expresión deduje que él tampoco. Nos vestimos y salimos al jardín trasero donde platicamos en la placidez de la noche.

Quedé maravillada con su voz , sus ideas de la vida que eran similares a las mías. Al marcharse observé que su corpulencia, calvicie y las arrugas de la lucha le hacían envejecer deprisa. Pensé que me doblaba la edad y no me equivocaba.

La defensa de Atenas y de sus pequeñas islas hacían que sus hombres pasaran la mayor parte del tiempo en el mar unas veces como entrenamiento y otras en las batallas contra los espartanos que aliados con las islas competidoras querían hacerse con el control y la supremacía de Atenas.

Pasó bastante tiempo sin tener noticias de Orestes y mis sentimientos hacia él desde aquella noche crecieron de forma insospechada hasta el punto que no volví a estar con ningún hombre.

Me ofrecían cantidades inmensas de dinero y las joyas más deslumbrantes, pero mi cuerpo tenía dueño aunque él no lo supiera.

Una noche a punto de cerrar mis salones apareció en el umbral de mi casa sin decir palabra me agarró por la cintura y subimos a mis aposentos.

Después de yacer varias horas se vistió metió la mano en su bolsa sacando un papel me dijo: Es un contrato en el cual nos comprometemos a ser el uno del otro, no necesitamos firma pero quiero que lo tengas y a partir de ahora mi casa será tu casa como si estuviésemos casados.

Comencé a preparar unas pocas cosas y nos fuimos en el carro que nos esperaba en la puerta.

Pasaban las estaciones y siempre juntos con un amor a prueba de todos los inconvenientes que cada día nos mostraba.

Atenas registró la mayor sequía en muchos años, los alimentos comenzaban a escasear y el agua para beber se infectaba. Para colmo los espartanos aprovecharon nuestra debilidad para asediarnos.

La lucha encarnizada y las enfermedades minaron nuestras fuerzas. Por la noche carros llenos de cadáveres los sacaban de la ciudad para prenderlos fuego.

En nuestra casa la enfermedad tardó en aparecer pero al fin entró, las fiebres altas y los delirios de apoderaron de Orestes. Estaba a su lado refrescándole y dándole la medicina que el médico nos trajo.

Por primera vez ví el terror reflejado en sus ojos en sus pocos momentos de lucidez me apretaba la mano mientras decía que no le dejara. Le dije que si éramos uno donde quiera fuese estaríamos los dos.

Llamé al médico para tranquilizarlo pero sabía que su final estaba próximo, mientras tanto fuí a por unas copas vertí en una unas gotas de un macerado de hierbas calmantes y añadí agua. En la otra puse una buena dosis de otra maceración para mí.

Al llegar a su lado me desnudé y acostada a su lado le abracé diciéndole cuanto le amaba, le refresqué con el líquido de la copa y se lo pasé por los labios y metí el resto en su boca.

Cogí la mía la bebí de un sorbo me volví hacia él lo besé y abrazados le dije: No tengas miedo navegaremos juntos hacia el Hades.

Toñi

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Dos desconocidos.

Una taza de café reposa humeante sobre una pequeña mesa situada junto a una ventana. La mesa, una de esas viejas mesitas de sobremesa redondas, necesita, sin duda, que alguien le pase un paño y retire de ella los restos de ceniza que se han ido acumulando al caerse del cenicero de cristal que comparte el reducido espacio con la humeante taza de café. Pero él no parece darse cuenta de ello. Permanece sentado en la butaca color chocolate que hay junto a la mesa, desde hace horas, sin moverse, quieto, como si el fin del mundo dependiera de ese movimiento que retrasa; solamente se ha levantado una vez para prepararse el café. Viéndolo desde fuera (su imagen se cuela sin compasión a través de la ventana que hay situada frente a él), diría que hoy ha tenido un mal día. Su rostro, impasible, deja asomar, sin embargo, un rastro melancólico de dolor y sueños rotos; su mirada, cristalina, se ha tornado dura y gris, triste; sus ojos pasean despacio por un infinito que parece alejarse de él desgarrando su ser. Una mueca estremece ahora su cara, inmóvil hasta este momento, como si de repente hubiera recordado algo que le hace reaccionar bruscamente. Enciende otro cigarrillo y arruga el paquete tras comprobar que es el último. Coge la taza olvidada sobre la mesa y da un corto trago al café, que ya se ha enfriado.  Alza la mano derecha para mesarse los cabellos, mientras en sus labios comienza a dibujarse una tímida sonrisa, algo ha hecho que reaccione. Me pregunto qué habrá sido mientras continúo sentada en el banco frente a su ventana. Él se ha levantado de la oscura butaca y ha apagado el cigarrillo en el atestado cenicero; despacio, se ha ido acercando a la ventana, mientras su mano continúa, olvidada, sobre su cabeza: la palma abierta, los dedos largos, estirados, como si estuviera simulando llevar una gorra. La imagen me resulta cómica, a pesar de la dureza que enmarca las últimas horas, y ahora soy yo, la que, divertida, sonrío. Entonces él se aleja de la ventana, dejándome allí, sentada, sin saber qué hacer. Saco de mi bolso mi cuaderno de notas, mientras me apresuro a inmortalizar en unas breves líneas las horas que he pasado observando al desconocido de la ventana.

-Hola.

Su voz es dulce, tranquila, sosegada.

-Hola, le contesto sorprendida.

Mi voz suena metálica, entrecortada, avergonzada. El hombre de la ventana, el desconocido triste e inmóvil, está plantado delante de mí; tiene las manos en los bolsillos de un vaquero gris, desgastado, “como su mirada”, pienso. Su cabello, despeinado, se mece al ritmo de una ligera brisa otoñal, testigo invisible de este inesperado encuentro.

-Hace horas que te observo- dice el desconocido-. Durante un rato me dio la impresión de que eras tú la que me miraba a mí, pero me dije que era una tontería pasar tanto tiempo mirando a alguien a través de un cristal. Aun así, no he podido evitar preguntarme qué harías aquí durante tanto tiempo, sentada, inmóvil, con la vista fija en el infinito. Hasta que me sonreíste…

Noto cómo se me seca la boca y pierdo la capacidad de hablar. Mi corazón late desbocado y siento cómo mi cuerpo entra en una espiral de sentimientos encontrados al descubrir el motivo de la inamovilidad del desconocido. Me doy cuenta entonces de que toda la atención del desconocido durante las horas pasadas iba dirigida a mí, a la desconocida que, sentada en el banco frente a la ventana, parecía triste. Lo miro y sonrío. Cierro el cuaderno de notas que aún permanece abierto por la página en la que he apuntado apenas dos palabras y lo guardo en mi bolso.

-¿Te apetece un café?, le digo con voz temblorosa.

Maria y Miguel – continuación

 

 

Definitivamente no había sido una buena idea quedar con Miguel y romper la barrera física que hasta ese momento, había conseguido mantener, a raya, entre sus amigos y amigas de esa red.

Al menos esa era la idea que no dejaba de repetirse en la vuelta en metro a su casa, desde aquel parque, aquel día.

Se auto convenció de que no volvería a ocurrir nunca más, se propuso al menos en ese instante. Obcecada por la contrariedad de una situación para nada esperada. Había imaginado mil maneras en su mente de cómo sería aquel encuentro, pero desde luego nada habría tenido nada que ver con la realidad. Por otro lado la posición ventajista de él, aun le dolía un poco, no lograba entender porque él, que siempre le pareció tan sincero, había obviado un detalle tan importante de su físico. Y se interrogaba, ¿cómo era posible que ella no hubiera caído nunca en la cuenta a tenor de las fotos que habían intercambiado?. Hizo un recuento mental de las pocas que había visto y todo comenzó a cuadrar, ¡que boba había sido!, nunca había visto una foto en la que se le viera de pie. En todas aparecía en un primer plano o de medio cuerpo para arriba. Conocía sus manos, sus ojos, pero nunca había visto sus piernas. “Que boba he sido, que ingenuamente infantil…”, pensaba.

Pasó al modo oculto en su wasap el teléfono de Miguel, y se dispuso a no enviarle ningún mensaje más, permanecería a la espera. Tenía curiosidad por saber cómo el intentaría comunicarse de nuevo con ella. Pero de todas, todas, ella no iba a ser quien diera el primer paso. Con un poco de suerte, pensó, pasaremos unos días echando de menos nuestras conversaciones y luego retomaremos nuestros caminos por separado, si acaso un saludo de vez en cuando, algo informal que no les comprometiera a un nuevo encuentro desde luego.

Miguel se dirigió a la estación, debía tomar el tren de vuelta, pero se sentía tan culpable de no haber sido del todo sincero con ella, pensó que quizás debiera intentar hablar antes de marcharse, para que ella fuera capaz de ponerse en su piel y comprender el porqué de su secreto. Contarle que había tenido ya unas cuantas decepciones en ese sentido con otras chicas de la red, con las que finalmente había quedado. Algunas realmente traumáticas le habían marcado lo suficiente como para pensar que era mucho mejor, no desvelar su falta de movilidad hasta que no llegaran a una confianza plena, incluso después de ese primer encuentro físico, tal y como había decidido experimentar en esta ocasión.

Con María todo había sido tan especial que temía poder perder su amistad, esa que luego poco a poco se había convertido en cariño, y al transcurrir de los meses en pasión enfervorecida, tanta que le urgía conocerla físicamente. Anhelaba aquella piel que a veces acariciaba en la distancia, y la ternura con la que ella respondía a sus caricias, le animó a seguir adelante con mayor ahínco cada vez, según iban pasando los días. Llegó a pedírselo varias veces y casi a perder la esperanza de que algún día finalmente se encontraran. Pero insistía porque nada cambiaba después de las negativas, ella seguía siendo cariñosa, lo que indicaba que también había algo de sentimiento hacia el de vuelta, o al menos eso parecía. Ansiaba que no fuera tan sólo un espejismo, algo fingido para alejar las soledades cotidianas.

En el andén, ya a punto de subir al tren, paró en seco su silla… No estaba dispuesto a dejar pasar esta oportunidad, la vida le había regalado tan pocas que no estaba acostumbrado a sentirse tan feliz y pleno, pero por encima de todo, por nada del mundo quería que ella pensase que no le importaba, porque ella, se había convertido en la razón primordial de su permanente sonrisa. Desde luego no sabía si aquello podría o no ser amor, pero lo que si era, era mucho cariño, y un deseo irrefrenable de acariciar y besar a María.

Volvió sobre las rodadas de su silla en sentido opuesto hacía la estación de nuevo, cambió su billete y pidió que le buscaran un hotel cercano para pasar lo noche. Al menos dispondría de unas horas más para intentar desenredar el lío.

Llego al hotel enseguida, pues estaba apenas cruzando la calle de la estación. Su habitación adaptada por supuesto, era muy grande y estaba situada en la primera planta. Las vistas de la ciudad eran preciosas, las pequeñas luces blancas sobre el cristal de su ventana semejaban estrellas, apagó la luz y encendió el ordenador. María no se había conectado aún.

No podía llamarla, no quería molestarla en su cena con su marido, seguramente estaría ya en casa y no debería llamarla. Cayó al fin, claro el wasap… La luz del móvil de María parpadeaba en morado, leyó el mensaje… “Cuando puedas, por favor conéctate al chat, tengo que hablar contigo, es muy importante para mí. Gracias mi niña, un beso.” Estaba preparando la cena, pero respondió enseguida. “Estaré en una hora más o menos” le sorprendió un poco aquella urgencia de él. Pero continuó con sus quehaceres.

Una hora después. Ahí estaban ambos conectados, el no sabía cómo pedirle disculpas por no haber confiado completamente en ella y hasta alguna lágrima furtiva resbaló por su mejilla… Ella y su ternura, siempre comprensiva, siempre cariñosa…Le contó cómo había decidido quedarse a pasar la noche allí, y que por supuesto le gustaría mucho verla de nuevo.

Al día siguiente era uno de esos días en los que ella estaría sola en casa todo el día, hasta por la noche. El quería invitarla a desayunar en su hotel para hablar. Había sacado su billete en el tren de vuelta para las siete de la tarde. Le encantaría que todo surgiera para poder pasar el mayor rato con ella, porqué no, hasta soñaba con estar todo el día en su compañía, pero no quería hacerse ilusiones, habría que esperar a las reacciones de ella.

El hotel no estaba lejos de casa, quizás un café aclarara un poco las cosas, definitivamente era la de Miguel una amistad de esas que a ella no le gustaría perder. ¡Ojalá!, pensó, podamos seguir siendo amigos.

Quedaron en la cafetería del hotel donde se alojaba. Ella llegó a la hora en punto, el había comenzado a tomar su café, pues debía ingerir algunas pastillas y no debía hacerlo con el estómago vacío.

Cuando María llegó ambos desayunaron, zumo, tostadas, café con leche, y como era de esperar ambos entendieron la postura del otro como si nada hubiera pasado, rieron y bromearon largo rato. Surgió, cómo no toda esa ternura que llevaban practicando, alguna caricia fugaz, brillo intenso en las miradas. Complicidad, y todo aquello que ya habían vivido en sus charlas se fue haciendo palpable, cada vez alcanzaba mayor intensidad el fulgor de sus miradas.

La cafetería estaba a punto de cerrar y Miguel la invitó a subir a su cuarto para seguir hablando un rato más… María dudó, permaneció en el pasillo donde se encontraba el ascensor sin saber que camino escoger, el de la salida o subir en el ascensor con él. Sospechaba que si lo hacía, la cosa no iba a quedar simplemente en miradas y charla, porque ya la intensidad en ese momento estaba alcanzando un nivel de no retorno.

Su curiosidad, el morbo que la situación le brindaba, situaciones nuevas para ambos que les excitaban y les avocaban irremediablemente a un encuentro de pieles, tacto, labios, que ambos habían largamente deseado.

La tensión subió más aun en el ascensor, el acarició su mano, y ella se agachó para decirle al oído que la estaba excitando… El acarició su muslo por la parte interior, y aunque su vestido actuaba de barrera, el enorme calor que María sintió le provocó un leve suspiro, mientras cerraba los ojos. La puerta se abrió y salieron al pasillo. Caminaron hasta el fondo, entraron.

Él le pidió que se sentara en la cama, acarició su cara, su pelo, sus hombros, mientras ella decía una y otra vez su nombre. Miguel estaba tan excitado. Ella temblaba, el desabrochó su vestido, mientras lo hacía ella le acariciaba el pelo, la cara, bordeaba sus labios con los dedos… Esos que tantas cosas hermosas le habían dicho. El ansiaba ver sus pechos, tocarlos, le pidió que desabrochara su sujetador negro de encaje. Y ella obediente lo hizo… Tendrás que ayudarme Miguel, es la primera vez, no sé que puedo hacer para que tu… Calla, déjame a mí, todo surgirá de forma natural, intentaba tranquilizarla…

Sus pechos eran preciosos, pequeños pero modelados por ángeles, pensaba el… Hacía tanto que no había tocado unos, comenzó a acariciarlos, a circundarlos, a presionarlos levemente… María disfrutaba respondiendo con suspiros agradecidos, el bajó una mano a sus piernas, y comenzó a acariciar sus muslos por la zona interna, ella siguió temblando. Después de un rato, cuando ya notaba la humedad incipiente, le pidió que se quitara las bragas. Mientras le acariciaba los pechos, sus labios dejaron momentaneamente el pecho para introducirse desde sus rodillas hasta su sexo.

Lento, suave, despacio, constante… Túmbate y relaja la espalda María por favor. Obediente siempre ell,a se tumbó. La lengua de Miguel la estaba volviendo loca, pedía más suspirada, se corría, volvía a comenzar el ciclo, una y otra vez la subía al éxtasis total, y luego la tranquilizaba… Deseaba con todas sus fuerzas que nunca terminara aquel instante mágico en el que se sentía fuera del espacio y el tiempo. Miguel era perfecto para dar placer, más del que nunca hubiera sentido. Deseaba que esa lengua y su boca entera se quedaran ahí , pegadas a su clítoris, succionándolo como si no hubiera un mañana. Como si las horas no existieran.

Agotada, quería hacer algo para que él se sintiera tan agusto como ella, y pensó que ante su desconocimiento, lo mejor sería preguntarle qué era lo que le excitaba. El con un poco de pudor le respondió que sus pezones eran casi electricos, como si fueran los de una mujer, le harían llegar a algo equivalente al orgasmo. María necesitaba verle tan excitado como ella se encontraba y no dudo en comenzar a acariciar sus areolas. Fue casi instantáneo. Miguel comenzó a gemir, leve primero, dandole las instrucciones precisas después, “chúpalos, muérdelos despacio, más fuerte, vuelve a lamer, si, sigue cariño, si…” Mientras convulsionaba en su silla ella le hablaba al oído, susurraba todo lo que le había deseado durante tanto tiempo.

Las horas pasaron tan rápido… No habían comido nada y ni siquiera fueron conscientes de ello. Excepto el uno al otro… Miraban de vez en cuando el reloj, sin embargo.

María se duchó delante de él, él quería verla, disfrutar cada luz reflejada en las hendiduras de su cuerpo. Necesitaba esa imagen para recrearla en su cerebro durante mucho tiempo por venir.

Se dirigieron a la estación en silencio, la emoción no les permitía hablar. Había sido mucho más maravilloso de lo que nunca hubieran podido imaginar, pero ahora, todo debía terminar. Se besaron comedidamente antes de que el iniciara camino al andén. Ella le abrazó tan fuerte que casi le deja sin respiración.

Podía verla allí arriba, su preciosa cara pegada al cristal, mirándole con toda la ternura de que era capaz… Y sus ojos llovieron como el otoño, lento y húmedo, imparables, nublados, con toda la tristeza de quien ha cumplido un sueño.

El tren partió.

@carlaestasola

Extremadura 13:30 del día 8/09/16

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