Gritar al cielo, escupir hacia arriba, luego vivir

GRITAR AL CIELO, ESCUPIR HACIA ARRIBA, LUEGO, VIVIR

Había días

bastantes días

más que suficientes

“Gritar al cielo” titula y vertebra mi última novela.

me salía al balcón, a la terraza, a Marte, a mitad del desierto

Había tantos días que sabía que no pertenecía

me cago en mi vida

a ninguna parte

y me echaba a andar, me desnudaba, me revolcaba en los zarzales

Cuando me salía al balcón, a reclamarle al cielo que me mandara lo mejor que tuviera

cuando gritaba, no es figura literaria, “échame más … ¿eso es todo? … ¿no tienes nada mejor?”

en esos días, demasiados días, si hubiera sabido que esto era lo que me esperaba

no me habría costado nada, nada, explicar

 

Carlos Bueno-León

No vivamos en una jaula hecha de miedos

 

No importa qué nombre tiene ella, lo que importa es esta larga lista de miedos, cimentando una jaula,  que han ido poniendo sobre su esplendor.

Al perecer, esto pasa en la Ciudad de México; sin embrago, al entrar en las redes y comentar con personas de otros lugares, ella se fue enterando poco a poco que es un fenómeno que ocurre en todo el mundo.

Es algo que ocurre en muchas ciudades, en muchos pueblos y en muchas casas.

Ella, acostumbra salir a trabajar cada mañana.

Muy temprano tomaba el transporte público y llegaba a su oficina; pero hoy se ha quedado encerrada en una jaula que aprisiona su cuerpo y su corazón.

Es una mujer, que puede ser mexicana, latina, española, es simplemente una mujer que teme salir de su casa y no volver, pues se ha puesto la maldita moda de ver cómo se les va arrancando la vida.

Y ahora están en una jaula, construida con las cadenas del miedo. De ese miedo que es real y de ese que todos van erigiendo alrededor; de ese que se monta en las redes y le causa temor incluso de su misma sombra.

Se encuentra metida y sumida entre el hierro doloroso que arrastra a los hermanos, a los padres, a las madres y a las personas, y eso es lo más triste de cada una de las historias; el gozo de unos cuantos por encerrar al mundo en una jaula de temor.

Justo al amanecer, se encuentra un grupo de gente que lucha por romper las cadenas y derrumbar cada uno de los fierros de la jaula de temores; porque extienden la mano y andan el camino erguidos con la mirada llena de luz bajo el deseo de cobijar a cada alma que se siente en peligro.

Hoy, a través de las sombras que entran en su jaula, ella ha visto que la gente lleva pulseras moradas como símbolo de apoyo; pero eso no la convence a salir de la prisión.

Porque es el miedo el que nos mantiene encerrados. El miedo de ser atacada, el miedo de que nuestra amada no regrese, el miedo a ser nosotras mismas las que no volvamos. Es el miedo lo que más nos acaba.

Y entonces, cada una ve una pequeña luz colándose por una rendija, viene de la ventana y nos aclara los pensamientos; es esa luz que nos lleva a llenarnos de fuerza, la que nos impulsa a seguir y salir cada día y nos va llevando de nuevo a vivir los días.

Es esa fuerza que ha perdurado desde nuestros ancestros, la fuerza de la madre que partió, la de las abuelas y las sabias del pasado.

Es esa fuerza que hoy, no permitirá que ella y todas mueran encerradas dentro de la jaula del miedo; que puede ser mayor que el peligro que con tristeza sabemos, existe en las calles.

La niña en la perrera de Krauss

LA NIÑA EN LA PERRERA DE KRAUSS
Con los pantalones por las rodillas y la cara ensangrentada, Jael saltaba desde lo alto del corroído muro, desesperado, y caía sobre un montón de arbustos gritando: ¡Libre! ¡Ya soy libre! Tragó saliva y empezó a repetirse el número cuatro una y otra vez.
– Es la cuarta trampilla… -se decía zarandeándose. Tengo que llegar…
Aún se podía escuchar en eco el silbido de saurios que precedía a la niña.
– ¡Dios, la voz de esa niña me está matando!
A toda velocidad, atraviesa la puerta de la gruta y se estampa contra algo parecido a una trampa egipcia.
– ¡Socorro! ¡Socorro! –grita.
En ese momento, la mano ensangrentada de otro desgraciado como él le araña la espalda:
– ¡Corre! –Le grita cómplice- ¡Nunca podremos discernir una vez nos mire la niña! ¡No podremos escapar de la perrera de Krauss si se cruzan nuestras miradas con las de ella!
– ¡Espera! -le interpela asustado- ¿La viste?, ¿tú la viste? -pregunta enfermizamente.
– ¡No!, ¡no la vi!
Unas ratitas violáceas comienzan a escurrirse ente los dedos de sus descalzos pies. Se miran a los ojos fijamente, helados, pensando lo mismo: Eso quiere decir que no se haya en su sitio sino vagando por el resto del laberinto.
Corren ahora como locos.
– ¿Por qué entraste? –le pregunta con ávida curiosidad.
– Pues como todo el mundo, para recoger la piel que deja cada dos semanas… ¡Espera! ¿Esa piel es mágica, no? –pregunta alterado.
– Sí. Yo la usé para curarme de la mordedura de uno de esos monstruos… Por eso aún estoy vivo. Y, de repente, le agarra en silencio del cuello como si fuera a matarle, señalando con el índice hacia arriba el sonido perceptible de una jauría enloquecida: ¡Escucha! ¡Ya han soltado a los perros…!
– ¡Nos encontrará! ¡Maldita sea! –solloza resignado Jael.
– ¡Basta! –Interpela- ¿Ya ha cambiado de piel la niña, no?
– Sí.
– ¿De qué color es ahora?
– Verde…
– ¡Dios, tenemos poco tiempo! ¿Qué dice tu boxner?
– ¡Este! ¡Este lleva a dos puertas! –señalando hacia un estrecho túnel- ¡Por aquí! ¡Corre!
Luchan contra el tiempo, porque saben que la única salida posible es una de esas dos puertas polimórficas.
– ¿Cuál te lloro la niña? – pregunta nervioso, contemplando ambas puertas frente a sí.
– ¡La derecha no! -contesta Jael recordando los llantos terroríficos de la niña: “La derecha lleva a la muerte…” “… a la muerte”
– ¿Qué? ¿Pero qué dices? –Y estalla en llantos desesperados, cayendo al suelo completamente derrotado.
– ¿Dónde?, ¡Por Dios!, ¿dónde lleva la otra? –Grita Jael, agarrándole de la cabeza y mirándole a los ojos fijamente.
Y, articulando bien cada palabra, le contesta éste con la vista ida:
– A la Nada. A mí me lloraba que la izquierda llevaba a la Nada.
Eduardo Ramírez Moyano
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