Ojalá

Siento el dolor desgarrarse por mi vientre
Quiero un abrazo de esos que se dan con el alma
Ojalá viniera a abrazarme desde el más allá
Ojalá me amarás con la fuerza que yo te amo
Ojalá entendiera mi poesía y mis flores
Ojalá besará mis labios prohibidos para ti
Quisiera estar en Santiago, donde la primavera
yace estragos
Los orgasmos cósmicos
Vienen en cascadas
Con la fuerza de mis ríos navegando
Por entre mis venas
Amando entre un día y otro
En cada poesía de Neruda
Callando
Que tú me oigas el pensamiento
Abriendo cada puerta de tu melancolía
Dejando
Entrar tú mirada por cada travesía
Ojalá me vieras salir de mi alma,
Acostarme en tu cama fría
Erotizada solamente con tus manos trémula
Nerviosas,
Con tus meditaciones,
Que alcanzan mi mirada,
Ojalá
Llegues con la osadía
Fingida
Ojalá llegues un día
Para decirme te amo
Vida mía.




Karem Suárez

Ojalá
Santiago de Chile

 

Sin espera

Sin espera

 

Quiero tu palabra

en la erguida dulzura de mi sensualidad;

sólo tus labios

podrán dejar su verbo

en mi inquieto amanecer.

Dibuja una estela

en la fragua de esta noche

y bajo la inmortalidad del espacio

inventa mil senderos

para recorrerlos lentamente…

Suspende, sólo una mirada, en la luna,

conviértela en potente resplandor

que con su intensidad

venza la fragilidad

del tiempo y la realidad…

Rompe mi yugo,

álzame en tus brazos

y mantenme sólo para ti.

Y si se quiebra el respiro

y la infinidad se apodera de lo que soy,

mantendré en la libertad de mi alma

la inmensidad del universo

que me regalan los espejos de la tuya;

en esa eternidad,

sólo seremos tú y yo.




Allí yo seré el verbo

que cobijará tus pesares,

he de amamantar la vida

que florezca de esta gran verdad…

Y entonces,

mientras noches y días se suceden,

amémonos sin espera.

Viviana Lizana Urbina

Un Pollino en el Sol y otro en la Tierra

Un Pollino en el Sol y otro en la Tierra

 

El burro
luego de algunos rebuznos desesperados,
se ha marchado al sol
y es una bestia enorme y brillante que rueda airosa por las laderas lejanas
y ha dejado en el sendero este pollino testarudo
que se niega a llevar la carga sin saber
si son mis doblones de oro o la comida de los pobres; sin saber
si te llevo a ti misma en las alforjas,
dividida y descalza,
para desenvolverte con cuidado cuando lleguemos al pueblo
y hacerte el amor en la cama del siglo catorce
que perteneciera al cura. Ahora
la única realidad es el burro que se niega a marchar
y que a la vez ocupa una porción del cielo
mostrando al sonreír los dientes gigantescos
mientras la pelambre gris flota en las cumbres.
Me aparto.
Me concentro en las mariposas azules
que se extienden como palmas en el aire de la mañana
y pienso que el tiempo de los relojes no existe mientras tarareo la novena sinfonía
y recuerdo al viejo Bergson, con su barba blanca,
explicando la diferencia entre el transcurrir de los minutos
y la duración,
mientras elogia el hermoso cabello de la señora Leclerc y la esposa del sabio
arde de celos frente al Choucroute garni y los criados sonríen entre ellos,
y el anciano Bergson sigue mirando extasiado
los ojos de la señora Leclerc,
sintiendo en esa fascinación el vértigo de la duración verdadera.
Con voz suave,
explico al borrico la diferencia entre los tiempos
y los meandros del pensamiento del autor francés. El animal
me escucha distraído mordiendo una brizna de pasto y cuando pasa el mediodía
el otro burro, el celeste, el que bebiera el fuego de los cielos
se une a su rezago testarudo,
arrastrando el hambre
que también desciende de las cumbres
como una niebla tibia.
Ya no hay testarudez. El borrico
Avanza por los desfiladeros. Abro levemente las alforjas,
constato tu piel desnuda, acurrucada,
te guiño un ojo y te acaricio el hombro
con la suavidad de las alas
de una de las gigantescas y azules mariposas,
que llenan la mañana
y que llegan al sol.

GOCHO VERSOLARI

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