EL OLOR DEL VERANO.

 

 Desde entonces, los veranos tienen olor. Un olor que se pega a las tardes y recorre la memoria trayendo instantes de sol, de baños de mar en La Herradura, arena y carpas de lona a rayas azul, rojo y verde.

 

 

Ese entonces se remonta a muchos años atrás cuando mis primas Eliana y Francisca vinieron a veranear de Santiago a Lima. Eran dos de las cuatro primas chilenas, a quienes más que conocer intuía por las historias que mi madre y mi tía Lucila me habían contado sobre el tío Héctor, su hermano menor, que estuvo preso por aprista y pudo salir del Perú hacia el vecino país del Sur, para vivir con su esposa, mi tía Nana y sus hijas Ximena, Eliana, Francisca y Maricruz.

 

 

El hecho es que en ese verano del 61 vinieron mis primas con la alegría de la estación y el nuevo año. Se hospedaron en casa de los tíos Lucila y Juan, en la avenida Petit Thouars,  pero para dos “chiquillas” como ellas mismas se decían, no parecía un buen plan estar todo el día en casa con dos señores mayores y una empleada llamada Isidora, que a pesar de tratar de colmar todas sus expectativas no podía olvidar que él era coronel retirado del ejército y ella la hija mayor de don Francisco Gómez de la Torre y Pereira; con una meticulosa vida que incluía lectura de “El Comercio” por las mañanas, escuchar la radio en un inmenso Philco y conversar mirando fotos y tomando lonche por las tardes…

 

 

Su absoluta independencia me admiraba, especialmente en ésa época en que la adolescencia hacía sus primeros estragos en mi parroquial pasar barranquino. Supongo que hacían la vida de cualquier chica de su edad (un poco mayores que yo), de vacaciones y lejos de sus padres.  Salían a la playa, algún conocido las invitaba a bailar y listo. Pero mis tíos extremaban su celo protector y la casa de la calle Ayacucho resultó para ellas el refugio perfecto al cual ir luego de la playa, para ducharse, cambiarse y almorzar.

 

 

Recuerdo claramente que un día fuimos a La Herradura con un amigo de ellas, que era propagandista médico y tenía un automóvil Peugeot; al volver nos dejó en casa, Nana y él quedaron para salir ésa noche.

 

 

El olor del verano, que nunca más se separó para mí de esa estación del año, era el olor a crema bronceadora que traían al volver de la playa. Un cierto aroma a coco, dulzón y extraño en ése entonces, que descubrí tiempo después en algún bronceador Hawaiian Tropic.

 

 

Ése fue el año de mis primas, de fijar el olor del verano y en el que repetí año escolar, no por causa de ellas, sino por la aversión que sentía a todo lo exacto, es decir física, química y matemáticas, tránsito doloroso que compartí con uno de los cuatro inseparables: Carlos Blancas.

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