Pasé demasiadas horas abriendo cada caja en la que se encontraba tu nombre, sin percibirte en esencia.
Fue la que guardaba todas tus fotos la que me reveló que tú eras blanco y negro y yo combinaba los tonos en sepia y algunas veces en romántico falso rosa.
El otra, infestada de pequeñas manecillas, encontré el revuelo del tiempo negado.
Las cortas manillas que marcan las horas llevaban mi nombre grabado en perfecto relieve, las finas manitas dueñas de algunos segundos apenas mostraban en caligrafía borrosa el tiempo que tú a mi persona volcabas.
La gélida caja que guarda la intensidad del pensamiento me arrojó en la cara la obsesión de mi alma, aquella tan necia que desde el amanecer te pensaba
La cruda verdad de tu pensamiento, la encontré vacía al no tener rastro de tu obsesión sumido en mi causa.
La peor. La más dolorosa es aquella que guarda el puñal del amor no usado por ti sin piedad.
Esa caja oscura y sangrante en la que encontré los jirones de mi corazón destrozado.
Aquella que tiene las lúgubres notas que atan tu vida a un pasado perdido, al futuro necio, vacío y desvalido que tendrás sin mí.
Y queda una sola vacía y brillante con una etiqueta que tiene mi nombre gritando el mensaje:
«¡Llénala!
Con tus días vacíos de él y saciados de ti
Con los amores sellados por las estrellas en donde juntos podrán estallar
Con nuevas ansias, con nueva vida
Con paisajes de plena luz y certera alegría.»
Abandonar, es mi senda
Dejar atrás aquello que huele desde la esencia a ti
Atarme a la vida nueva
A los colores benditos de la ilusión
Amarrar mis días al olor pleno de las flores
Al canto del ave matinal
!A mí!
Atar mi vida a la felicidad de tenerme a mí